
Cortocircuitada
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Todo estaba dispuesto para un día perfecto, pero tuve que verme en una maldita foto para que mi neura se activara y echara por la borda mi programa feliz del sábado. "¡Qué fea estoy, por dios!, ¡qué cara de galleta!, ¡que rara!"
Es cierto que últimamente me miraba poco al espejo, y las pocas veces que me detenía en él lo hacía muy comprensivamente, sin mucha exigencia y a sabiendas de que el embarazo es una época para lucir redondita y feliz. Así y todo, no sé qué me pasó el sábado, pero cuando me ví en esa foto, enloquecí. "¡¿Esa soy yo?!, ¡pero qué cambiada, qué extraña!"
No sé qué me molestó más: si saberme "fea, gordita, distinta" o reconocerme tan vulnerable al qué dirán. ¿No era que en este estado todo te importaba un bledo? ¿No era que estabas más allá de las apariencias, de la imagen, de la frivolidad? ¿No era acaso la maternidad -y sobre todo el embarazo- una puesta en paréntesis de las exigencias hacia afuera?
Para colmo (o por suerte digo hoy), mi marido no paraba de decirme: "estás hermosa, sos hermosa, simplemente estás sensible". "Buááá, vos me lo decís porque me querés", le replicaba yo, en tono de víctima fatal. Y así durante toda la tarde, durante todo el día.
Qué destreza para arruinar una salida en familia. ¿Por qué me angustié tanto frente a una pavada? ¿A qué le tengo tanto miedo? ¿A qué no me acepte el mundo, los otros, quiénes?!
Ya lo sé, ni me lo digan: me tengo que relajar. Lo sé hasta el hartazgo y lo practico casi a diario, pero a veces la psique es intrincada y te juega una mala pasada.
¿Qué piensan Uds.? ¿No les agarra cada tanto un ataque de inseguridad planetaria que no pueden controlar? ¿Cómo lo pilotean?




