
Ecuador: una visita a la verdadera zona rosa
Cerca de Quito, las haciendas floricultoras producen y exportan rosas a medio mundo y, de paso, muestran a los turistas los secretos del negocio
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CAYAMBE.- Dicen que en Ecuador enamorarse es más barato. Porque es uno de los países donde las rosas se consiguen a menor precio. Si en Argentina, por ejemplo, una docena cuesta un promedio de 300 pesos, en el país de la latitud 0, puede andar por los 30 o menos (dos dólares).
Ecuador es uno de los mayores productores de rosas. Sus más de 300 haciendas floricultoras exportan a medio mundo. Románticos en Moscú, Beijing, Ámsterdam o Buenos Aires regalan rosas ecuatorianas, que obviamente pagan bastante más caras que en su país de origen.
Las principales empresas del sector se concentran en Cayambe, cerca de Quito, y en los últimos tiempos encontraron una nueva actividad para generar ingresos extra: el turismo.
Haciendas como La Compañía de Jesús abrieron sus puertas a quienes quieran saber más sobre este negocio, que tiene algunos aspectos tan interesantes como poco conocidos.
La hacienda pertenece a la misma familia ecuatoriana que la adquirió en el siglo XVIII, seis generaciones atrás. Como se puede deducir por el nombre, se trata de un establecimiento fundado originalmente por los jesuitas. Está en Cayambe, a cincuenta kilómetros de Quito, una hora y media de viaje, a mitad de camino en la ruta a Otavalo, destino frecuente por su tradicional (y gigantesca) feria de artesanías, cada vez menos artesanales y más seriales.
Condiciones óptimas
Son 24 hectáreas de hileras de rosas muy altas, de hasta dos metros. "Estamos en la línea ecuatoriana por lo que tenemos doce horas de luz todo el año. Esa luz, además de abundante, es perpendicular, lo que hace que las flores crezcan bien rectas, sin inclinarse en busca de sol. El clima es muy parejo todo el año. Y el suelo volcánico es rico en minerales". Así enumera Martín Perujo, a cargo de la visita guiada, las condiciones que hacen a esta tierra tan propicia para la floricultura, negocio que algunas decádas atrás instalaron aquí jugadores colombianos, pesos pesados de Medellín.
Luego de un boom en la década del noventa, Ecuador exporta hoy catorce millones de rosas al año, principalmente a Estados Unidos (un mercado que demanda cabezas grandes y tallos pequeños), Europa (prefiere los tallos largos) y otros países, como la Argentina. El último año, el negocio con Rusia, uno de los principales clientes, experimentó una pronunciada caída, por lo que el sector redobló sus esfuerzos en la búsqueda de nuevos compradores. Los encontraron en China, pero allí los gustos son muy distintos: demandan rosas multicolores, "arco iris", de aspecto artificial, aunque sean naturales.
Garantía de dos semanas
En la Compañía se puede seguir el proceso artesanal desde la poda en la plantación, bajo amplios invernaderos, hasta el empaquetado en 25 unidades de unas setenta variedades de rosas, que, cadena de frío mediante, en menos de 24 horas estarán en las florerías y jarrones más remotos del mundo.
"Recién entonces se abren. Y así deben durar unos quince días, garantizados. Sin secretos. Ni vinagre ni aspirinas... Basta con cambiarles el agua e ir cortando el tallo periódicamente en diagonal", explica Perujo. Casi todas las tareas son realizadas por 270 personas, en su mayoría mujeres. "Son más delicadas y detallistas", admite.
La visita termina en la casa principal, construida en 1919, donde aún reside la familia propietaria. Como un casco de estancia, en estilo francés neoclásico, mantiene los pisos, techos y empapelados originales y ornamentada con abundantes rosas de todos los colores. Según el momento de la visita, habrá un desayuno, brunch o merienda. La casa se encuentra junto a una capilla, testimonio del origen jesuítico del establecimiento, con su imagen de San Ignacio de Loyola, y un antiguo granero.
Derechos de autor
"Detrás de cada rosa hay un autor", cuenta Martín Perujo, de la Compañía de Jesús. No es una forma poética de referirse a su producción sino a un dato muy concreto: cada rosa, tal como la vemos en la florería, tiene un diseñador genético, al que se lo llama breeder. Son los creadores de las diferentes variedades, con nombres como Movie Star, Mona Lisa, Queen Amazon o Latin Lady, que luego compran y producen haciendas como la Compañía. Eventualmente, el breeder (los más importantes suelen ser holandeses; hay varios de ellos radicados en Ecuador), cobra regalías o derechos de autor por las ventas de esas rosas, cuyo valor fluctuará según su performance en el mercado.



