
Madre e hija en un viaje sin fin
La argentina Candelaria del Azar y Pau comenzaron el periplo hace 16 años, cuando la beba tenía tres semanas e hicieron del nomadismo su forma de vida
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Entre los genes que heredó Candelaria del Azar de su familia recibió uno absolutamente dominante. Un gen viajero que le da impulso a su vida prácticamente nómade y que es tan fuerte y poderoso que también marcó a su hija Pau, de 16 años.
Las dos, madre e hija, viven la vida viajando desde que Pau tenía apenas tres semanas. No son de aquí ni son de allá. Se sienten extranjeras en todos lados, incluso en la Argentina, donde Candelaria nació y vivió más de 20 años y donde vuelven de tanto en tanto.
Viven con lo justo, en una micro economía. De la venta de artesanías, traducciones, clases de idioma y hasta algún tour turístico. Se las rebuscan. Tampoco necesitan más para ser felices.
No pueden quedarse quietas en una misma ciudad, aunque la escuela de Pau las obliga a tener una base temporaria, que desde hace unos años está en Marruecos.

"Hay que animarse a perder el miedo a la seguridad que te da la estabilidad. Confiar que todo va a estar bien. Es sólo largarse y largar los miedos y preocupaciones por el camino. No todo es color de rosa, pero tampoco para los que se quedan en su casa. Lo mejor que le puedo dejar a mi hija es la sensación de libertad, de autonomía y el gran conocimiento del mundo, de idiomas", dice Candelaria por teléfono desde Chefchaouen, el pequeño pueblo de montaña marroquí donde Pau va a la escuela y del que salen corriendo minutos después de que termina el ciclo lectivo. Durante el año, claro, también aprovechan para hacer viajes cercanos y ya prácticamente conocen hasta el último rincón de Marruecos.
"Lo más lindo de todo esto es ampliar los horizontes mentales, abrir la cabeza y comprender distintas vidas, es muy enriquecedor".
Un padre muy viajero, una madre aventurera y un tío escalador que la inspiraba con sus historias increíbles por los picos de Asia hicieron que Candelaria empiece a viajar de muy chica.
A los diez años prácticamente ya había recorrido toda la Argentina y bastante de América del Sur. En el 89 fue a Asia por primera vez tentada por su tío: "En Nepal hubo algo que me hizo dar cuenta de que no podía quedarme en la Argentina", recuerda y comenzó su gran viaje por el mundo, sin final a la vista.
Y llegó la nena
Vivió en Estados Unidos un tiempo. Trabajó para una productora de cine norteamericana con la que recorrió medio mundo.
Luego, junto con otros argentinos que conoció en el camino compraron un camión que bautizaron La Chiva, para recorrer América latina. Cada uno hacía algún trabajo para ganar plata y seguir: circo, artesanías. Candelaria tiraba cartas de tarot en una tienda.
Viajaron hasta que el camión se rompió en Costa Rica. Allí se quedó un tiempo, conoció al padre de Pau, un español tan viajero como ella (de ahí el nombre catalán de su hija) y allí nació la beba.
Al poco tiempo se separaron y con Pau de apenas tres semanas, volvió a la ruta nuevamente, sin plantearse demasiado cómo sería la aventura. Esta vez con una compañera inseparable, que se crió de país en país y que habla siete idiomas a la perfección.
"Viajar con un bebe es más fácil de lo que se piensa, todo el mundo te ayuda. Viajar con un chico te cambia la onda del viaje. Es más, son viajes de descanso, porque las necesidades del bebe te hacen ir muy despacio. Fue buenísimo. Me daba mucho más miedo quedarme en la zona selvática donde vivíamos las dos solas en Costa Rica que estar en el camino".

Empezaron por Costa Rica, cuando les quedó chico, cruzaron fronteras, llegaron hasta Ushuaia, donde vivieron una temporada y partieron a Europa, que la recorrieron entera, de arriba a bajo y en varias direcciones y varias veces.
Fueron modelo a seguir para muchas otras madres con hijos que se les sumaron en algunos tramos, que deseaban tener esa vida libre.
"Muchas madres me han dicho que les parecía increíble, que querían lo mismo, pero muy pocas se animan a cambiar de vida. Creo que es más fácil estar de viaje que ser ama de casa".
Se adaptan a cualquier situación y viven donde sea, menos en lugares sucios y en campings que no les gustan, pero sí acampan en la naturaleza.
Una pausa en árabe
Recorrieron de punta a punta el Viejo Continente hasta que Pau tuvo que comenzar la escuela.
Probaron con el sistema educativo a distancia argentino, pero no funcionó. Así que buscaron un sitio que se adapte a sus necesidades y encontraron en Marruecos el mejor lugar para hacer base en tiempos escolares.
"Sí, es una cultura distinta, pero justamente eso es lo que nos enriquece el viaje. Es la oportunidad para conocer algo diferente, para entender el islam y sus valores. Acá encontramos seguridad, amabilidad, generosidad y una calidad de vida increíble. A pesar de lo que se dice, me parece que respetan mucho más a las mujeres acá que en cualquier otro lugar. Nunca tuvimos problemas."
Primero alquilaron, después compraron una casita. Candelaria está montando una residencia de artistas en el pueblo para que puedan viajar y producir, lejos del circuito turístico.
También compraron una furgoneta que acondicionaron para viajar, con muebles que se hacen camas y todas las comodidades a bordo. Pau aprendió árabe clásico y árabe marroquí y es la mejor de la clase. Candelaria también está estudiando árabe clásico.
En el pequeño pueblo de Chefchaouen llevan una vida tranquila, de aire puro y buena comida. Un buen lugar para hacer una pausa en el viaje.
"Cuando Pau estaba en la primaria era más flexible. Podía faltar más y nos íbamos más tiempo. Ahora en el secundario no puede faltar, pero nos adaptamos".
Ahora tienen una rutina de viaje más estable. Durante el año, en los mercados de Marruecos compran artesanías típicas (alfombras, cuero, cerámicas, lo que sea) y en el verano se van al Ártico para venderlas. Las favorece el cambio, claro. Y con lo que recaudan y algunos otros trabajos tiran todo el año.
"Nos encantan los festivales alternativos que se hacen todos los veranos en el norte de Suecia y Noruega, algunos enfocados en la naturaleza, otros con conciencia étnica, otros contra la injusticia social. Hay música, se vive en carpas, se arman ferias y ahí montamos un puesto y vendemos artesanías. Son vacaciones y trabajo, lo pasamos fantástico y ganamos lo que nos hace falta".
Así, de jugar con otros chicos, de mirar dibujitos en la televisión y de más grande, de ayudar en el puesto a vender, Pau aprendió a hablar nada menos que noruego y sueco. Además sabe español, inglés, francés.

De Marruecos al Ártico van con su camioneta cargada hasta el techo para recorrer, entre ida y vuelta, 17.000 kilómetros. Aprovechan el viaje para visitar amigos por el camino y conocer algo más.
Así, con esta vida tan diferente, Pau se convirtió en una viajera experimentada.
"Ella también tiene el gen viajero. Es mi GPS en el auto. Sabe siempre qué camino tenemos que tomar, dónde parar, dónde doblar. Ahora, cuando viajamos descarta cosas muy rápido, sabe lo que le interesa y lo que no, tiene el ojo muy abierto".
La pausa se terminará dentro de tres años. Antes de que Pau empiece la Universidad, que seguramente será en Escandinavia para estudiar ciencias o matemáticas, tienen pensado un gran viaje de un año. Quieren recorrer América del Sur, África del Sur y Asia.
"No me imagino envejeciendo acá en Marruecos, tampoco viviendo en una gran ciudad, ya no podría. Le prometí a mi papá que algún día me iba a establecer... pero quién sabe...".
Candelaria y Pau nacieron para viajar, no hay dudas.
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