
Para alquilar alfombras voladoras
Por Eduardo Gudiño Kiefer para LA NACION
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Cuando yo tenía 30 años, era bastante más lindo y mucho más tonto que ahora (verdad de Perogrullo).
Por el milagro de una beca del gobierno francés, vivía en París y me iba todo lo bien que le va a los jóvenes en esa ciudad más deliciosamente penumbrosa que luminosa (pese a que estaba allí recién casado, cosa que fue como llevarse un sándwich de mortadela a un banquete).
Pero quiero hablar de Estambul, y lo de París me sirve como punto de partida.
¿Usted es griego?
Cierta vez fui al Mercado de las Pulgas en la capital francesa, y una anciana vendedora de cualquier cosa (aún poseo lo que le compré) me preguntó: "¿Usted es griego?" Juro que por un momento me sentí como el Apolo de Belvedere, y en mi mejor posición de hoja de parra púdicamente bien puesta le contesté: "No. ¿Por qué?" A lo cual ella me respondió, derrumbando todas mis ilusiones: "Porque tiene cara de turco".
Hace unos cinco años, viajé con mis dos hijos mayores (de unos veinte y pico cada uno) de Madrid a Atenas y de allí partimos rumbo a Estambul.
Casi turcos
Debo decir que tanto yo como mis chicos heredamos caras de ancestros gallegos, cejas tipo Manolito, tez mate y algún otro detalle comprobable por la experiencia.
Como tales, en la capital de Turquía podíamos pasar naturalmente como nativos, y además nos preocupábamos por no parecer turistas (nada de máquinas fotográficas, nada de "¡Oh! ¡Ah!", aunque cayéramos de admiración ante mezquitas y palacios y el Cuerno de Oro ).
Salimos a todas partes mil veces sin que nos pasara nada. Tres más en la multitud. Pero los turcos poseen una curiosa y admirable cualidad para descubrir extranjeros, quizá porque (como los griegos), tienen la de poder hablar todas las lenguas.
Y, sin duda, aquel hombre que me abordó oyó que hablábamos en español.
Los chicos se habían adelantado, no fueron testigos del caso.
Intercambio
El señor me tocó suavemente el hombro, sin ningún asomo de agresión, y cuando me volví me dijo en castellano: "Tengo tres mujeres divinas para usted y los dos jóvenes que van allí adelante".
Entre desconcertado y falsamente virtuoso le contesté: "¡Pero, señor! ¿No se da cuenta de que esos jóvenes son mis hijos?" A lo cual me respondió con dignidad de sultán: "Y usted... ¿no se da cuenta de que le estoy ofreciendo a mi mujer y a mis hijas?" Estambul, Estambul... Cuento una anécdota graciosa quizá para disimular (y no sé por qué) la impresión de belleza y de grandeza juntas, la sensación de ser alguien distinto y, de alguna manera, pertenecer a ese mundo en el que, sin duda, deberían alquilarse alfombras voladoras para los visitantes con imaginación.
Porque chicas en oferta hay en todas partes.




