Sin redes: “Nada de prejuzgar antes de vernos cara a cara”

Amor. El amor nos rodea. En casi cada canción que nos moviliza, en cada libro, en cada película. Sin una historia de amor, aunque sea secundaria, el relato de alguna manera carece de encanto. Batman sería menos Batman, Darth Vader perdería su magnetismo y Jane Austen sería sólo una señora que solía sentarse a escribir sobre destinos románticos ajenos; pero ella tuvo su propia gran historia de amor y por eso nos conmueve más. Imagino que las investigaciones publicitarias deben ser contundentes en ese sentido: si no se muestra una familia amorosa, las ventas del queso crema bajan. Coca Cola dejaría de “sentir de verdad.”
Aunque no tengamos una pareja que nos diga que nos ama, queremos escucharlo, queremos vivirlo, queremos vibrarlo a través de otros. Supongo que nos da esperanza. Y aun cuando uno habla de desamor, está hablando del amor. Sí, el amor nos rodea. Sin embargo, pareciera que nos cuesta mucho; y cada vez más con los años. Es un aspecto complejo del volver a empezar.

Hace unos días, tuve una larga charla con una amiga al respecto: las dos vivimos solas, pasamos los treinta y cinco, aún no tenemos hijos y nos movemos por la vida de una manera absolutamente independiente. En la semana, si queremos, nos vamos a dormir a las nueve de la noche con nuestra serie favorita o, tal vez, tenemos una salida cada día: total nos podemos recuperar a la semana siguiente. Queremos encontrar el amor, sí, pero a veces pareciera que lo deseamos casi ya resuelto: detestamos la incertidumbre y anhelamos ese amor confiado, ese que se da con la convivencia y que ya te permite ir y venir sin estar absolutamente pendiente del otro, quedarte horas leyendo o probando fórmulas de belleza nuevas en el baño. Ese amor que no te hace correr, estar tenso, que no te cambia las rutinas de esos pequeños placeres secretos que uno lleva a cabo en soledad. Sí, a veces soy lo suficientemente tonta para querer lograr en un par de semanas un tipo amor que se construye con el tiempo.
Quizás por eso nos cueste tanto. Porque en esa manía contradictoria que tenemos, amamos y detestamos nuestra soledad.
Para lo que sigue, dejo este tema. Cuando lo escucho, siento que algo fantástico está por pasar:
“Cari, que te parece si vos juntas a tus amigas y yo junto a los míos y hacemos un “asalto”, como se hacía antes. Vamos a tu casa el sábado temprano.” El mensaje era de Ale, un chico que conocí hace unos ocho años, antes de casarme y divorciarme, antes de vivir en Tierra del Fuego, antes de mucho. Otra vida. Hoy Ale es un cirujano en ginecología oncológica, de treinta y largos, que supongo que apenas tiene tiempo para dormir. De sus veintipico, mantiene su fanatismo por el punk rock de los Toten Hosen y su obsesión por el estudio. En estos ocho años creo que nos debemos haber puesto dos like en fotos y habremos intercambiado tres “como estás” por Messenger. Raro, pero linda propuesta. “Vamos para adelante”, le dije.
Como ni Ale ni sus amigos conocían a mis amigas, y viceversa, la consigna era que lo coordináramos entre nosotros dos: nada de nombres, nada de investigar perfiles, nada de ver fotos, nada de prejuzgar sin conocer. Mis amigas estuvieron encantadas con la idea de encontrar caras nuevas por fuera de las redes sociales o un bar. Y con buenas expectativas: seríamos amigos de dos amigos entre sí. ¡En una hora junté a doce mujeres! Hace mucho que algo no me resultaba tan sencillo y me hizo reflexionar sobre la cantidad de amigas solteras, atractivas y exitosas que tengo disponibles. Tan extraño que sea así en un mundo que anhela el amor de pareja, ¿no?
La idea era comenzar tipo hora feliz: sábado, 18 hs, en casa. Si se ponía bueno, la noche podía ser larga, y si alguno no se sentía a gusto, podía rescatar su sábado por otro lado. Todas las chicas llegaron primero con la picada para tapear: quesos, almendras, panes caseros, salsitas, verduras en bastón, aceitunas y demás. A los chicos les tocaba las bebidas. Sí, muy “vintage”. Por suerte, ellas llegaron igualmente con vino bajo el brazo, porque ellos aparecieron casi a las nueve. Y de los más o menos diez que iban a ser, aparecieron tres. “El resto llega más tarde”, nos dijeron. Bien.

Más tarde se transformó en nunca. “Es tan difícil movilizar hombres de más de treinta y cinco. No sabés lo complicados que son”, se lamentaron. “Con razón estamos todos tan solteros”, pensé, “si los hombres no se mueven cuando les dicen que hay doce mujeres solteras, entonces no se mueven con nada. Sin dudas que están más complicados que nunca.”
La realidad es que nos divertimos muchísimo. Escuchamos buena música, tuvimos conversaciones diferentes y nos quedamos hasta tardísimo.
“Nada mejor en la vida que viajar solo por el mundo, conocer nuevas culturas, ser independiente y estar con distintas mujeres”, dijo uno de los invitados en un momento. Coincidimos en los placeres de la soledad y en la magia de viajar por el mundo. No hubo acuerdo en la idea de cambiar de pareja a cada instante. “Venías bien”, le dijo una de las chicas, “hasta que dijiste eso de las mujeres.”
Demás está decir, que no se ha formado ninguna pareja. Al menos no por ahora. Ale quiere repetir y promete más amigos. El problema es que miramos nuestras agendas y más o menos que recién coincidimos para el mes que viene. Quizás también por eso estemos todos tan solteros.

Sin embargo, hay algo de toda esta situación que merece un párrafo aparte: muchas de mis amigas no se conocían entre sí, dado que vienen de diferentes grupos. Entre todas, descubrimos un círculo humano fantástico. Ya nos volvimos a ver y estamos organizando nuevas salidas. Al descubrir lo que cada una hace de su vida, nos pusimos a disposición para ayudarnos.
Más allá de cualquier hombre, nunca me deja de maravillar lo que podemos lograr entre nosotras. Ese día ganamos mucho más de lo imaginado: logramos ampliar nuestra fabulosa red de mujeres. Por eso, ya le doy gracias a Ale y puedo decirles que un encuentro de ese tipo vale la pena.
¿Cómo viven ustedes o sus amigas el tema de encontrar el amor? ¿Están muy sumidas en lo virtual o también anhelan un poco más los encuentros cara a cara, sin prejuzgar?
Beso,
Cari
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