
VERDE ESPAÑA: el camino del Norte, entre mar y montañas
Del País Vasco a Galicia, pasando por Cantabria y Asturias, una seguidilla de paisajes notables y ricas tradiciones
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LA CORUÑA.- Los ojos no dan abasto. Uno gira hacia un lado y otro en el asiento del ómnibus a riesgo de una tortícolis. Y si puede cambia de lado porque desde aquí se ven los bosques y desde allá el desfiladero hacia las rías donde el mar invadió los valles enamorándose de los ríos.
Con la ñata contra el vidrio, nos sentimos tan seguros entre las montañas o los caminos que bordean el mar desde la Cornisa Cantábrica como las aves migratorias que marcan allá arriba la ruta de Groenlandia a Africa. Y al no tener que estar atentos al manejo, no nos perdemos ningún detalle.
La obra vial es una maravilla, con túneles de hasta 4 kilómetros de largo para atravesar las cumbres en viaductos tan altos que nos recuerdan a nuestro Tren a las Nubes.
Con la telaraña de caminos se llega rápidamente a todos lados y sin sobresaltos, aunque estemos cruzando los Picos de Europa.
Durante siglos fue más fácil ir por mar de un lugar a otro de la costa que hacerlo por tierra. Y lo mismo ocurría para llegar al Sur, al centro de la península, por la barrera de colinas que aisló a sus pueblos.
Hoy es simple y por demás placentero recorrer la costa norte desde el País Vasco hasta Galicia, pasando por Cantabria y Asturias. O en dirección opuesta, porque depende del gusto de cada uno empezar por un lado u otro. El trayecto es de unos 800 kilómetros, prácticamente como un viaje a Mar del Plata de ida y vuelta.
Para recorrer a su aire
Un viajero, con un auto alquilado o cubriendo las etapas con los abundantes medios de transporte colectivos, podría armar la recorrida a su aire, como dicen los españoles, y detenerse donde más le plazca por el tiempo que se le antoje. En uno u otro caso será una experiencia inolvidable cubrir, en una extensión de 50 mil kilómetros cuadrados, esta España verde, marinera y agrícola.
Y donde he visto más grúas de construcción que en ningún otro lado de Europa. Estos aparatos se ven por todas partes, tanto en lugares grandes como en sitios chicos, colaborando en el mantenimiento de antiguas catedrales o levantando nuevos edificios contra el horizonte.
El progreso notable que se ha experimentado aquí en los últimos años no alteró el carácter profundo de pescadores y campesinos. La gente se mantiene aferrada a lo propio y es amiga de la soledad. Si por ellos fuera, muchos pobladores preferirían vivir en sus aldeas o villorrios antes que amontonarse en las grandes ciudades.
El visitante, aunque sea de paso, comparte la consagración eterna de lo verde, desde los valles del interior donde nació San Ignacio de Loyola hasta el borde mismo de los acantilados o los pequeños puertos de los que partieron navegantes legendarios como Juan Sebastián Elcano, el primero en dar la vuelta al mundo en una nave de sólo 25 metros.
Que las hay, las hay
Su historia se mezcla con tiempos remotos en los que dejaron testimonio los celtas, ahora tan de moda, junto con los vikingos, que también anduvieron de correría como los fenicios y los normandos.
Los habitantes (astures, cántabros, vascos, gallegos) mantienen orgullosamente al día su riquísima tradición cultural que, en una brevísima lista, ha dado escritores como Camilo José Cela, Ramón del Valle Inclán o Castelao, que murió en Buenos Aires, considerada la quinta provincia gallega por el gran número de inmigrantes. En la Capital Federal, en las recientes elecciones españolas, votaron tantos gallegos como en Santiago de Compostela.
A sus puertos, ahora, como antes, llegan las lanchas con la carga de pescados y mariscos que superan la imaginación del gourmet más exigente. Dicho sea de paso, la merluza, para nosotros la especie más común, es una de las más apreciadas en los restaurantes de lujo de las muchas playas que compiten en elegancia con Biarritz.
Las rías altas y bajas, un capítulo aparte en este catálogo de atracciones, contribuyen notablemente a esta riqueza en una danza de mareas que trae percebes y angulas.
Si bien en su geografía tienen muchos puntos en común, las cuatro regiones autonómicas son claramente diferentes en sus costumbres y supersticiones. Porque uno puede no creer en las brujas, pero que allí las hay, no tengo dudas.
Tienen su propio idioma en el País Vasco, lo mismo que en Galicia. Y hay acentos muy especiales en el castellano que se habla en Cantabria y en Asturias. La naturaleza aisló a estos pueblos tan especiales, que al convertir el defecto en virtud, mantuvieron su personalidad.
El color de San Patricio
De los celtas se habla mucho más de lo que se conoce. Pueblo centroeuropeo, fue empujado por otros guerreros hacia el costado occidental del continente, sobre el Atlántico, 500 años antes de Cristo.
Lo cierto es que los paralelos entre Galicia e Irlanda son muy marcados, desde el uso de gaitas en sus bandas musicales hasta al predominio del verde en la celebración de San Patricio. En ambos pueblos, lo mismo que otros con los que se asocian (Gales, Escocia, Bretaña, Normandía o, en la misma España, Asturias y la vecina León) tienen un profundo respeto por los bosques y las montañas, tanto como la poesía, la magia y sus pócimas con conjuros.
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