Viajando con Homero
Por Antonio Requeni Para La Nación
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Cuando viajo llevo siempre conmigo material de lectura para informarme sobre aspectos históricos y culturales de los lugares que visito.
En la década del 80, durante un viaje que hice por la costa oriental de Sicilia -la antigua Magna Grecia- llevé, a modo de guía turística, la Odisea , de Homero, cuyo protagonista viaja por esos sitios.
En el trayecto entre Catania y Taormina, sector al que se ha dado en llamar Riviera dei Ciclopi (allí vivían los cíclopes, monstruos de un solo ojo que trabajaban en la fragua de Vulcano, en el fondo del Etna), leí la aventura en la que Ulises y sus marineros son encerrados en una gruta por el cíclope Polifemo, así como el ardid mediante el cual el astuto Ulises logró reventar el único ojo de su captor y escapar con los suyos hacia la costa, donde habían quedado ancladas sus embarcaciones.
Polifemo arrancó pedazos de montaña y las arrojó, a ciegas naturalmente, contra los evadidos. Aquellos grandes fragmentos de piedra son los farallones que emergen hoy del agua, entre Acirreale y Acitrezza.
Homero, en su prodigiosa historia, define siempre al Mediterráneo como "el mar color de vino" o "el mar vinoso", pero yo nunca lo había visto de ese color hasta que una tarde, a la hora del crepúsculo, subí al castillo de Taormina y pude contemplar en el horizonte el famoso mar color de vino, el mismo que había contemplado Ulises tres mil años atrás.
Antes de cruzar el estrecho de Messina, el peligroso paso de Caribdis y Scila, de cuyas fauces Ulises y yo salimos ilesos, visité Lípari, en las islas Eolias, donde Eolo, dios del viento, regaló a Ulises una vejiga (la valija de entonces) con la recomendación de que no la abriese hasta llegar a tierra. Pero los marineros, curiosos, la abrieron en alta mar y de ella escaparon los vientos que hicieron naufragar algunas de las embarcaciones. En Lípari viví la experiencia de conocer a un viejo marinero con el rostro surcado por un oleaje de arrugas, llamado Eolo.
Regresé a Buenos Aires donde mi esposa me esperaba, como Penélope, corrigiendo las carpetas de sus alumnos. Buenos Aires no era Itaca pero yo, entonces, me sentí Ulises.
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