
Búnker con ex funcionarios, vedettes y clones de Zulemita
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El lobby del hotel Presidente fue escenario ayer del regreso de un estilo de exposición pública. Los centenares de seguidores de Carlos Menem que consiguieron traspasar el exigente control del vallado externo del edificio, en Cerrito y Paraguay, deshicieron con su presencia el paso del tiempo, seguros en su fuero íntimo del esperado retorno, de que "la tercera, la histórica", ya era una realidad.
Hubo de todo en ese lobby en el que, por cierto, cualquier escena, cualquier visión imaginable, fue posible. Ejemplos: a falta de la verdadera, llamaron la atención dos "clones" de Zulemita Menem. Ni siquiera eludió la fiesta del retorno el alter ego de Elisa Carrió, que se autodefinió como "la Lilita ultramenemista".
Causó sensación Moria Casán, de entrada triunfal a las 20.30, seguida, en un discreto segundo plano, por su peinador en problemas con la Justicia Miguel Romano. Y alimentó nostalgias Ethel Rojo, la primera estrella del espectáculo en llegar al hotel para dar su saludo a Menem.
No menos comentarios provocaron algunas conocidas presencias femeninas, por cierto, más ligadas que las otras con las luces del menemismo. Liz Fassi Lavalle fue la primera; Claudia Bello y Matilde Menéndez robaron, luego, no pocas miradas de aquellos que no olvidaban la promesa del "cierre de puertas" para los que ocuparon puestos públicos en las dos administraciones anteriores.
No dejaron de pasearse por ese lobby políticos que, no hace tanto tiempo, parecían en las antípodas del pensamiento menemista. Franco Caviglia, con un look casual de buzo polar azul y remera amarilla, fue uno de los primeros en analizar la victoria de la fórmula Menem-Juan Carlos Romero.
Herminio y la Hiena
A Herminio Iglesias le costó llegar. En rigor, debió apelar a la fuerza para pasar los controles. Hubo algún golpe al aire y ánimos que, finalmente, se atemperaron, con el "histórico" peronista que se afanaba por explicar que su presencia allí no tenía nada que ver con su nombre, sino con "el partido".
Justo cuando el púgil Rodrigo "la Hiena" Barrios entraba en el hotel, con su pelo rubio y al rape y la risa perenne, dos ex combatientes de Malvinas, uno con el uniforme de combate y un vaso de whisky en la mano, el otro con un sombrero tipo tejano con la leyenda "veterano" y provisión de cerveza en porrón, "levantaron la tribuna" menemista que ocupó en exceso todas las mesas de la cafetería de la planta baja del Presidente.
Eran las 22 cuando, a fuerza de cantos –procaces algunos, violentos otros, como ese "vamos a ver cómo se escapan esta vez"– dirigidos a los adversarios en la pelea electoral, arrastraron consigo las voces enfervorizadas de las huestes apostadas allí a la espera de la aparición de su guía político.
Afuera era otra cosa: en los bulevares de la 9 de Julio, medio millar de simpatizantes aguardaba, desde el lugar que les tocó en esta fiesta, alguna aparición de su líder. Ellos fueron, de hecho, los primeros que tuvieron recompensa a su vigilia, lejos del glamour de adentro, cuando pasadas las 20, Menem se asomó, sólo un minuto, para saludar.
Sin televisores a mano, sin la visión de esas largas melenas platinadas y labios con exceso de colágeno de mujeres que, habiendo dejado atrás los 40, lucían enfundadas con ropas de veinteañera, giraban y giraban por el amplio pasillo del lobby; a la "tropa", apostada afuera, le bastaba con los sones tropicales ejecutados por el bombo de Tula y el sexteto de bronces de camisetas argentinas.
Sólo la tripulación de un vuelo de Cielos del Perú no encajó en el desfile de conocidos y advenedizos que hicieron suyo el lobby. A ellos les franquearon el acceso a los ascensores los recios custodios de mirada torva.
En su discurso de victoria, Menem auguró que las urnas eran testigo de que en la Argentina había triunfado su fórmula para el cambio. De la promesa electoral nada puede decirse aún, menos antes de la segunda vuelta; de las presencias, en cambio, puede inferirse una certeza: el estilo público del menemismo ha vuelto.





