Coronavirus en la Argentina. El Gobierno, frente a un experimento social inédito

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
El cansancio por la cuarentena y la preocupación por los efectos ya evidentes de la crisis económica se suman a un déficit de representación y generan efectos subterráneos
El cansancio por la cuarentena y la preocupación por los efectos ya evidentes de la crisis económica se suman a un déficit de representación y generan efectos subterráneos Crédito: Rodrigo Néspolo
(0)
28 de junio de 2020  • 02:29

Esta vez no hubo margen para sonrisas cómplices ni momentos de distensión. El anuncio de la extensión de la cuarentena reflejó la preocupación profunda que invade al Gobierno. Quienes frecuentan al presidente Alberto Fernández reconocen que nunca lo vieron como esta semana desde que se inició la pandemia. Detrás del tono tranquilo y confiado que transmite en la intimidad, anida su convicción de que se está ingresando en territorio desconocido. Es la primera vez que siente que no controla la dinámica de la peste y que tiene dificultades para encontrar explicaciones a la expansión del coronavirus en el país. Debió resignarse para pasar de las medidas preventivas a las reactivas. Ahora empezó a correr desde atrás.

El termómetro más claro del cambio de temperatura en el poder fue Horacio Rodríguez Larreta, quien hasta ahora ejercía la mayor resistencia al momento de restringir la circulación. El viernes anterior había estado en La Plata con Axel Kicillof y a partir de sus estadísticas sostuvo la postura de que aún no había razones para retroceder. "Todo se modificó fuertemente en una semana; los datos son otros. Pasamos de 500 contagios diarios a picos de 1000", justificó en conversaciones informales. Pero lo más complicado de todo es que no encuentra una razón científica para semejante salto. Aunque sea previsible, la curva de infectados de la Argentina es muy inusual, con una extensa meseta inicial y un súbito repunte. La inquietud imperante fue tal que hasta el gobernador bonaerense dejó de lado sus habituales pases de facturas y se concentró en generar empatía.

Cien días de cuarentena en la Argentina

01:46
Video

El trío cuarentena había destinado el día anterior tres horas a pulir las medidas. Hay una extraña dinámica interna que empieza a gestarse. Alberto Fernández se dedica horas a su especialidad, buscar acuerdos, mientras Rodríguez Larreta entretiene con detalles estadísticos a Kicillof, una debilidad de ambos. Se familiarizaron con el intercambio, un misterio casi antropológico. En el fondo hay una convergencia de intereses mutuos. Los tres se sienten solos ante un experimento absolutamente inédito: el de una sociedad sofocada, con una economía en proceso de desmembramiento y una situación global desesperanzadora. Por eso esta vez dedicaron mucho tiempo tanto a revisar los datos de contagios como a evaluar el posible impacto de las medidas en la gente. Salud y psicología social en la misma mesa. Le temen al "efecto Sampaoli", de quedar dando indicaciones ante la indiferencia.

El otro interrogante sanitario que dejó la semana fue el abrupto nerviosismo por el nivel de ocupación de camas críticas, que según se explicó está en el 54% en el AMBA. El primer empinamiento severo de casos desnudó las limitaciones del sistema sanitario, aun después de 100 días de una cuarentena que tenía entre sus objetivos fortalecer la estructura de atención. Según advierten los especialistas, a este ritmo de contagio en 20 días el sistema entraría en colapso. Omar Sued, uno de los médicos que asesoran al Gobierno, asegura que "siempre es difícil controlar el virus solo desde el sistema de salud, sin frenar la circulación". El infectólogo también asegura que en dos semanas de aislamiento estricto se puede reducir entre un 60 y un 70% el ritmo de circulación. Del éxito de esa estrategia depende que la Argentina no vaya en el camino de Chile, después de ser uno de los países de la región con tasa de mortalidad más baja. Los especialistas confían en que todavía es posible evitarlo.

Un movimiento subterráneo

Sociólogos, politólogos y encuestadores admiten que la Argentina experimenta un movimiento social subterráneo que es muy difícil de auscultar. Mucho más complejo aún es pronosticar cómo se va a expresar. En la confluencia del hartazgo por el encierro, la desesperación por los efectos ya evidentes de la crisis económica y las dudas sobre el verdadero liderazgo político del Presidente, parece emerger un interrogante sobre el nivel de representación del Gobierno. El miedo al contagio inocula por ahora el riesgo de estallidos o reacciones populares significativas, pero el malestar se puede canalizar a través de la sumatoria de pequeñas desobediencias individuales o de actitudes anómicas, especialmente en las clases media y media-baja del AMBA, que se sienten menos contenidas. La Argentina atravesó muchas crisis, pero nunca desde que existen las redes sociales.

Rodrigo Martínez, de Isonomía, tiene medido, como otros consultores, que Alberto Fernández mantiene un alto índice de aprobación gracias a la pandemia (en general, alrededor de los 70 puntos) y, también, que decayó en las últimas semanas (unos 12 puntos). Pero lo más interesante es que sostiene que "es un error pensar que se rompió la grieta gracias a la pandemia. La pandemia fue una excusa que le sirvió al Presidente para diluir el escenario binario, y su gestión exitosa en materia sanitaria lo llevó a pensar que así podía lograr una tregua con el kirchnerismo duro y una alianza con los opositores moderados".

Sin embargo, las dudas sanitarias y el agravamiento económico empezaron a perforar esa burbuja y a reponer la incertidumbre sobre la capacidad de gestión. Por ejemplo, bajó 18 puntos la evaluación sobre las posibilidades de Alberto Fernández de controlar la inflación. Episodios como los de Vicentin demuestran que por abajo la fractura sigue vigente y que en una semana se puede rearmar la dialéctica "soberanía alimentaria" versus la "Venezuela chavista". Cierta fragilidad en la construcción de moderación albertista se expone en estas circunstancias.

Lo mismo le pasa a Rodríguez Larreta, quien también tiene un nivel de aprobación alto (bordea el 65%) y comparte con el Presidente un 30% del electorado. Ese 30% apoya la moderación de ambos mandatarios, muchos de los cuales probablemente votaron a Macri en 2015 y a Fernández en 2019, y hoy se encuentran en tierra de nadie. El politólogo Andrés Malamud está convencido de que "el enojo de quienes no se sienten representados por la oferta de partidos, en parte desencantados por la ilusión de la irrupción de un albertismo moderado, afecta especialmente a la oposición".

Por primera vez ni Cristina Kirchner ni Mauricio Macri son las figuras con mayor aceptación de sus espacios. Pero el diagnóstico es vidrioso porque la sociedad está organizada bajo un esquema polarizado y los dos expresidentes conservan un gran capital simbólico en esa matriz. Por eso ambos estuvieron muy activos.

La vicepresidenta desplegó en las últimas semanas en el Senado su menú de prioridades. Totalmente ajena a la pandemia, hizo aprobar las comisiones investigadoras de la deuda externa y del caso Vicentin. Además le sacó a la Corte Suprema el control de las escuchas. El tema del espionaje es crucial en su estrategia de aniquilar a su sucesor. "Es un alma en llagas", la retrata con bonomía un legislador oficialista, que admite que el juez FedericoVillena es funcional para ese operativo, aunque al mismo tiempo dude de sus credenciales técnicas ("se dice que la AFI siempre digita a los jueces de Lomas de Zamora porque desde allí se ejerce jurisdicción sobre Ezeiza, el aeropuerto y la cárcel", ilustra el diputado que conoce de cerca a "la señora").

"El Senado marca la política dura del Gobierno, que es de Cristina, el proyecto de poder hacia adelante. Del otro lado está la gestión, la agenda ejecutiva donde están Alberto y los ministros. Diputados es más intermedia, entre la gestión y la política", clasifica un operador muy cercano a La Cámpora. Cristina quedó encendida por el retroceso en el caso Vicentin y piensa utilizar la comisión parlamentaria como herramienta. Da por perdida la batalla de la expropiación y piensa que el Presidente no tuvo convicción para avanzar. "Cuando estatizamos YPF fuimos con todo y nos quedamos con la empresa", comentó esta semana para contrastar. Justo el ejemplo que el propio Alberto resalta en la intimidad para demostrar que él actúa con otros modales.

Del otro lado del espectro, Macri también está activo nuevamente. Consultó números de opinión pública, se interesó por la percepción de su imagen y cotejó con algunos interlocutores sus pensamientos. Dice que él puede ser un factor unificador para la oposición, aunque no aclara si como candidato o como elector. También sugiere que la crisis puede afectar severamente a Alberto y a Larreta. Y al pasar deja traslucir su enojo con María Eugenia Vidal.

El problema de arrastre para Cristina y Macri es que ya no tienen los números para ganar por sí mismos, porque el sector intermedio de la sociedad que define las elecciones rechaza los extremos. Y Alberto Fernández y Rodríguez Larreta construyen legitimidad sobre una pandemia, cuya dinámica ya no gobiernan. Por eso a la tremenda incertidumbre sanitaria y económica se sobrepone un problema de representación profundo.

Para Alejandro Katz, "hay una incertidumbre de lo que el Gobierno quiere hacer con este país. La sociedad no quiere un líder confrontativo ni autoritario, pero no está claro qué tipo de poder tenemos. No sabemos si el Gobierno busca mantener un real espíritu de acuerdo o si es una trampa. Hoy nadie parece estar en condiciones de liderar la enorme complejidad de este momento".

Alberto Fernández exhibió un estilo de conducción exitoso en la primera etapa de la pandemia, pero está sufriendo un desgaste prematuro. Y no solo por la percepción en un sector de la sociedad de que su poder es dependiente de Cristina (había bajado del 80% al 55% entre diciembre y abril, y ahora volvió a subir a 65%). También aparecen déficits de la gestión que se agravan con el tiempo. La dificultad para concretar es una característica preocupante. Después de la ley de emergencia de fin de año, acumuló proyectos inconclusos y postergó decisiones muy demandadas. Solo adoptó medidas paliativas, que también se van agotando. Empresarios y gremialistas están desesperados pidiendo una guía de transición para enfrentar la crisis, pero no reciben una convocatoria efectiva. En las últimas semanas se dedicaron a la práctica de la catarsis. Hasta la resolución de la deuda se atrasa peligrosamente, aunque dicen en el entorno presidencial que le ordenó a Martín Guzmán cerrar la negociación como sea en los próximos días. No está en condiciones de afrontar un revés en ese plano.

Un agudo y frecuente interlocutor del Presidente sostiene que Alberto Fernández "no cree en la conducción porque le cuesta definir un norte. En el fondo, sigue siendo un jefe de Gabinete, y por eso sigue la agenda que le va marcando la realidad". Un diputado amigo es más indulgente y dice que él "no toma decisiones, construye decisiones".

En las próximas semanas se expondrá al histórico desafío de cotejar la efectividad de su liderazgo con una de las crisis más severas que haya atravesado la Argentina. Enfrente lo observa una sociedad que da señales de autonomía.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Politica

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.