Cuando la necesidad tiene cara de hereje
Durante casi cien días, Néstor Kirchner actuó como un jugador empedernido, redoblando permanentemente su apuesta ante cada revés.
El ex presidente de la Nación siente que no necesita dialogar. La palabra no es, en su concepción de las relaciones de poder, un vehículo para el encuentro, sino un instrumento de desencuentro. Está acostumbrado a construir poder a partir de antagonismos, jamás de consensos.
Convencido de que ese método le ha dado óptimos resultados en los últimos 16 años, desde que asumió la gobernación de Santa Cruz, en diciembre de 1991, en los pasados tres meses vino cometiendo el viejo vicio del jugador empedernido: creer que es alguien capaz de ganar empedernidamente.
Fue necesario un cacerolazo de inusitadas proporciones en varios puntos del país para que los Kirchner advirtieran que la táctica de redoblar siempre la apuesta podía llevarlos a la ruina.
Por una vez, el ex jefe del Estado decidió retroceder un casillero y admitió la alternativa por la que debió optarse el 11 de marzo: el envío del proyecto sobre retenciones al Congreso. Claro que no aceptó, como hubiera sido preferible, que se suspendiera la vigencia de la controvertida resolución ministerial que sembró la discordia con el campo. Y tampoco espera del Poder Legislativo otra cosa que la aprobación de la iniciativa oficial sin que se modifique ni una coma.
Fuentes legislativas del kirchnerismo admiten que, en un caso extremo, podrían aceptar modificaciones en el proyecto enviado por la Casa Rosada, aunque no piensan tocar las alícuotas de las retenciones que fijaron las dos resoluciones del Gobierno. En cambio, diputados oficialistas más cercanos al sector rural bregan por partir las diferencias entre la pretensión del campo de volver al 35 por ciento de retenciones y los nuevos valores impulsados por los Kirchner.
Después de años de ser visto como una mera caja registradora de los actos del Poder Ejecutivo, el Congreso está ante una oportunidad quizás histórica de exhibir su independencia. Y, contrariamente a lo que se piensa, la introducción en el Parlamento de cambios sustanciales en la norma impulsada por el Gobierno no debería ser vista como una derrota de la primera mandataria, sino como el primer dato de que la efectiva división de poderes puede ser una realidad con el kirchnerismo. Sin buscarlo, los Kirchner encontrarían un buen argumento contra los ataques vinculados con la falta de calidad institucional.
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No obstante, tal hipótesis será calificada por ahora como lo más parecido a una utopía. Cuesta creer que, después de todo lo que hizo en estos últimos tres meses, Néstor Kirchner se resigne con facilidad a abandonar su deseo de poner de rodillas al campo.
Insistió en que la protesta rural era contra las retenciones, cuando lo que se objeta es el último aumento de esos derechos de exportación. E insinuó que, si se diera marcha atrás con la medida, el kilo de pan se iría a 15 pesos y el de carne, a 60; algo que no es factible por el solo hecho de que las retenciones vuelvan al 35 por ciento. Hasta fue capaz de retornar a la liturgia peronista de la cual el matrimonio presidencial se había alejado en los últimos años, síntoma de un estado de necesidad que tiene cara de hereje.
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