
De la Rúa cuenta ya con sus "sombras", los nuevos edecanes
Saludo: junto con el jefe de la Casa Militar, el Presidente se reunió con sus flamantes ayudantes y despidió a sus antecesores.
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Nadie pasa más tiempo que ellos con el Presidente. Están pendientes de cada paso, cada palabra y de cada necesidad expresada o adivinada del primer mandatario. Y viven a su lado las 24 horas. Literalmente.
Son los edecanes presidenciales, mudos testigos de anécdotas muy jugosas de la historia nacional desde 1810 y cultores de la discreción. Aunque son militares y acompañan al Presidente en su calidad de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, cumplen con funciones insospechadas.
Ayer, en un acto en la Casa de Gobierno, el presidente Fernando de la Rúa se despidió de tres de ellos -cada uno en representación de cada fuerza-, y dio la bienvenida a sus reemplazantes. Se fueron el teniente coronel Gustavo Gorriz, el capitán de fragata Juan Gabriel Urchipía y el vicecomodoro Antonio Mauad.
Llegaron el teniente coronel Mario Fernando Troncoso, el capitán de fragata Carlos Bartolomé Madero (tataranieto del fundador del puerto de Buenos Aires Eduardo Madero) y el vicecomodoro Juan Alberto Macaya.
Luego del acto, recibieron a La Nación en la Sala de Edecanes, un sencillo despacho en el segundo piso de la Casa de Gobierno.
Un pan dulce y un par de botellas de champagne fueron las municiones de una despedida sobria. Simpáticos y extrovertidos -todo lo contrario de la imagen del militar imperturbable que muestran las cámaras de televisión-, sólo pusieron una condición para dialogar con La Nación : mantener el bajo perfil.
"Tenemos que salvaguardar nuestros valores: lealtad y discreción. No revelar lo que presenciamos, ser merecedores de la total confianza del Presidente", explicaron.
"De absoluta confianza", subraya un veterano ex edecán que acompañó a Alfonsín en sus últimos años de gobierno y a Menem en sus primeros pasos en la Casa Rosada. Rico en experiencias y anécdotas, es uno de los que colaboran en dar las puntadas finales a un libro escrito por ellos mismos, que se publicará el año próximo y que, por ahora, llaman "De los edecanes".
En el capítulo "Raíces históricas" se explica que los edecanes son una tradición institucional desde 1810. Por ese entonces se los llamaba "Edecanes del superior gobierno".
El olvido los amenaza, pero ellos están en todo. Cuando un presidente quiere comunicarse con sus pares de otros países, con ministros u otras figuras, se encargan de marcar los números. Van de un lado para el otro con los celulares personales del mandatario. Y nadie, o casi nadie, llega hasta el primer mandatario sin pasar por ellos. "Somos el embudo para llegar a él", aseguran. Sus agendas son la envidia de los periodistas, y sus memorias, alcancías de secretos de Estado.
Siempre listos
No llevan una vida fácil. Cada tres días -se manejan por turnos-, dejan de existir para familiares y amigos y se internan por 24 horas en el vértigo de la vida presidencial.
Deben asegurarse de que nada falte. "Vas con el Presidente a todas partes, en el automóvil, el avión, el helicóptero. Conocés sus fases política y personal. Es imposible no escuchar cosas importantes", confió uno de los edecanes que ayer se despidieron de Balcarce 50. Durante los viajes de Menem al exterior, el edecán sólo se alejaba cuando aquél jugaba al golf.
"Era su momento social. No queríamos molestarlo con teléfonos ni recados. En las cenas, sí. Nos sentábamos a dos mesas del Presidente, junto con el secretario privado, el jefe de la custodia, el médico. No le sacábamos el ojo de encima", recordó. Cuentan que a Menem era casi imposible seguirle el ritmo. Pero allí estaban para rec0darle cuándo terminar una reunión, para sugerirle cómo y en qué orden saludar a la personalidad durante un acto o para contarle detalles del funcionario con el que iba a reunirse.
Con De la Rúa, comenta uno de los novatos, el ritmo también promete ser intenso. "Llega (a Balcarce 50) a las 8 y se va pasadas las 23". Pero no se queja. Asegura, con sus compañeros, que ser edecán de un presidente es un destino de privilegio. "Sabés que cada cosa que te pasa será parte de la historia", reflexionan.
Aunque ningún día es igual para ellos, los edecanes también tienen una rutina: todas las tardes, cuando los secretarios privados terminan la agenda de actividades del Presidente y éste la aprueba, pasa a manos del edecán. Esa será su hoja de ruta para coordinar las áreas de Prensa, de Ceremonial, de Audiencias.
Recuerdo risueño
Nada puede quedar librado al azar porque puede ser el prólogo del desastre. Como cuando un edecán, distraído, no retiró el discurso del presidente de la Bolsa de Cereales del atril donde también estaba el mensaje de Menem. "Es tan interesante que si quieren se los leo de nuevo", superó con una sonrisa el entonces presidente al darse cuenta de que había a comenzado a leer el mensaje equivocado.
Los edecanes se miran y sonríen al recordar el episodio. Y piden que no se revele el nombre del responsable. "Lo peor que te puede pasar es que el presidente esté disconforme con el edecán y pida su reemplazo", confesó uno de los que se iban.
No cualquiera puede alcanzar el privilegio de convertirse en el "aide-de-camp" (tal es el origen del término, que significa, en francés, ayuda de campo). Deben tener un rango no inferior al de teniente coronel, capitán o vicecomodoro, según la fuerza. Se los selecciona mediante minuciosos exámenes, incluidos de modales y buena presencia, aunque no reciben una formación especial.
El diccionario militar, un clásico en su género, escrito por José Almirante, define así a los edecanes: "El ayudante de campo -o edecán- debe ser apto para comprender un pensamiento desenvuelto a medias por su jefe (el presidente); debe saber traducir un lenguaje rápido, apasionado o distraído; leer en su mirada y debe estudiar lo que le rodea".




