
De película: la CIA se queja de que la SIDE espía a sus agentes
La central norteamericana protestó por la falta de cooperación de los argentinos
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Hasta hace 10 meses, Fernando de Santibañes era un rico banquero retirado que disfrutaba en su bella finca de Pilar de los millones que aún administra un consorcio suizo.
Su vecino y amigo, Fernando de la Rúa, lo convenció entonces de que sólo a él podía confiar la conducción de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), un rubro en el que no tenía experiencia alguna.
Santibañes sufre las consecuencias de aquella decisión. No sólo tiene que enfrentar las sospechas por el caso de los sobornos del Senado y las peleas internas de gabinete: también las intrigas del espionaje internacional.
Ross Newland, jefe de la estación en Buenos Aires de la Central Intelligence Agency (CIA), el servicio de espías norteamericano, se presentó en su oficina a denunciar que agentes de la SIDE seguían a uno de sus más importantes colaboradores.
Fue la última de una serie de expresiones de malestar que Newland desparramó por círculos bien informados de la ciudad por lo que considera falta de cooperación de la SIDE para con la CIA.
¿Cómo acabó un economista formado en la Universidad de Chicago, admirador a ultranza de los Estados Unidos, enfrentado con uno de sus instrumentos más sensibles y aliado estratégico, hasta hace muy poco, de la secretaría a la que ahora cuestiona?
La respuesta al enigma mezcla la política internacional, los intereses burocráticos y orientaciones internas de la nueva SIDE, y tiene en el centro a un protagonista inesperado: el nuevo poder político ruso.
Nadie podía sospechar esta tensión en los primeros días de la gestión de Santibañes. Si alguna definición repitió hasta el cansancio sobre sus planes para la SIDE -además de disminuir el presupuesto- fue que quería convertirla en un reflejo de la CIA.
Heredaba, además, una alianza forjada por su antecesor, Hugo Anzorreguy, quien ganó la confianza de los norteamericanos con el trabajo realizado en la triple frontera entre la Argentina, Brasil y Paraguay.
En la Operación Centauro, montada tras el atentado a la AMIA, en julio de 1994, agentes argentinos se infiltraron en las redes de apoyo del Hezbollah, el grupo libanés chiita, en Ciudad del Este y Foz de Iguazú, en colaboración y con el apoyo de la CIA.
Servicios prestados
Este trabajo no sólo rindió gran cantidad de información a los norteamericanos, sino que redundó en dos servicios concretos y semipúblicos.
En enero de 1995, la CIA insistió en que siete "libaneses" -sólo tres de ellos lo eran- estaban involucrados o sabían del atentado contra la AMIA.
El juez federal Juan José Galeano no encontró elementos que lo certificaran. La inteligencia del Ejército -que colaboraba en el trabajo en la Triple Frontera- se negó a respaldarlo.
La Gendarmería Nacional, con el apoyo de la SIDE, tuvo que hacerse cargo y firmar un informe para que el juez federal de San Isidro, Roberto Marquevich, los hiciera extraditar de Ciudad del Este, en julio de ese año.
Lo que la CIAquería era interrogarlos. Cuatro días después de llegar, los siete detenidos fueron liberados y devueltos a su país de origen.
Más importante aún, la SIDE alertó a la CIA en 1997 que Hezbollah preparaba un atentado contra la embajada de Estados Unidos en Asunción.
Los sospechosos fueron detenidos y llevados a los Estados Unidos, donde Anzorreguy fue condecorado.
Los agentes argentinos vieron con desencanto cómo el control total del operativo era cedido a la CIA, que exigió hacerse cargo de todo, porque la amenazada era su embajada.
No eran celos profesionales. El pase de manos suponía tomar decisiones fundamentales sobre cómo tratar a uno de los informantes que habían permitido descubrir el atentado en marcha, según explicó un testigo directo de la operación a La Nación . Los norteamericanos querían apresarlo; los argentinos, darle una salida.
Pese a las objeciones, la conducción de la SIDE decidió que la alianza con Estados Unidos era más importante.
El otro descontento fue Newland, que había sido dejado de lado en la operación y la oficina central en los Estados Unidos. Por entonces, protestó ante la SIDE, pero la respuesta fue que la CIA no era sólo él, según recordó un ex funcionario ante La Nación .
Los descontentos de entonces protagonizan ahora la intriga que envuelve a Santibañes.
Rusos, rusos
Hace ya unos meses, Newland comenzó a quejarse de falta de cooperación por parte de la SIDE, relató a La Nación uno de sus interlocutores.
Según esta versión, Santibañes le había replicado que no podía atender sus pedidos porque estaba concentrado en otras prioridades.
El último mes, Newland se presentó ante Santibañes y denunció que uno de sus hombres había sido seguido por agentes de la SIDE.
Hay dos versiones del encuentro. Según una de ellas, que proviene de ex miembros de la secretaría, Newland habría mostrado un videocassette en el que se comprobaría el seguimiento.
Según la otra, de agentes en actividad, Newland argumentó que su hombre se había reunido con otro en un bar y la persona que estaba en la mesa de atrás se balanceaba en su silla para escuchar la conversación.
Los agentes argentinos se sintieron ofendidos porque les atribuyeran un método tan pueril.
Detrás del reclamo hay un conflicto de fondo: las prioridades de la CIA se han diversificado. Ya no sólo tiene interés en el terrorismo islámico; desde la llegada de Vladimir Putin al poder, ha enviado órdenes a sus agentes de incrementar la vigilancia sobre las actividades comerciales, militares y de inteligencia de Rusia en el mundo.
Newland quiere ayuda de la SIDE para su nueva tarea. Según la versión citada, tiene un plazo: una inspección de la oficina central llegaría a hacer un balance de su trabajo en marzo.
Aun con su admiración por Estados Unidos, Santibañes decidió confiar buena parte del manejo de la SIDE a algunos de sus agentes profesionales. Esta es su aspiración, según dice: llegar a constituir un servicio público administrado por profesionales.
Pero son los mismos que vieron con amargura cómo sus jefes cedían su operación paraguaya a la CIA. Y están convencidos de que los intereses de los dos servicios, aun en la cooperación, no son coincidentes.
A quién espiará la SIDE, ¿a la CIA o a los rusos? Santibañes y su segundo, Darío Richarte, no respondieron a las llamadas de La Nación .
Un fax con 12 preguntas sobre los reclamos de Newland y otros posibles conflictos de funcionarios de la embajada de Estados Unidos con la SIDE fue girada por La Nación a la oficina de prensa de esa legación el último martes.
Tras 24 horas de consultas, la respuesta fue que "la embajada de los Estados Unidos habitualmente no formula comentarios sobre las personas y/o instituciones con las cuales sus funcionarios tienen o no contactos".
La pregunta número 12 era "si existe preocupación en esa embajada por el estado actual de la cooperación en materia de inteligencia entre la Argentina y Estados Unidos, en particular por la política desarrollada por la SIDE".
Pero tampoco fue respondida.
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