
Eduardo Oviedo: “Los países grandes no frenan la exportación”
Habla el estudioso del crecimiento chino
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Lo ocurrido en la plaza de Tiananmen fue el primer hito –en ese momento, frustrado– de un proceso de democratización que pronto se repetiría con éxito en la Unión Soviética, en los países de Europa oriental y en la imagen del Muro que caía y dejaba atrás, para siempre, el mundo de la Guerra Fría.
Frente al vertiginoso ascenso de la potencia asiática, entender el fenómeno chino se convierte en un punto de interés. El politicólogo Eduardo Daniel Oviedo cree que la Argentina debe aprovechar este fenómeno para reposicionarse en el mundo y exportar más. Las recientes medidas adoptadas por el Gobierno respecto de la carne le parecen muy negativas: “Los países grandes no suspenden ni frenan sus exportaciones”, dice.
Oviedo era estudiante en Pekín, en 1989, cuando aquel movimiento pacífico y netamente urbano liderado por profesores y estudiantes terminó en masacre. Desde entonces sintió crecer la inclinación que siempre había sentido por China y por otras naciones del este asiático.
Es licenciado en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario y doctor en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Córdoba. Realizó dos posgrados en la Universidad de Pekín, desde donde regresó al país en 1993, ya casado con Lina, de origen chino. Con ella tiene cuatro hijos. Es investigador del Conicet y profesor titular en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario, además de traductor oficial del chino mandarín.
Ha publicado "La Argentina y el este asiático. La política exterior de 1945 a 1999"; "Corea. Una mirada desde Argentina", y el más reciente, "China en expansión", además de diversos capítulos en libros y artículos especializados. A su entender, a partir del crecimiento de la relación bilateral, derivada de los acuerdos suscriptos en 2000, ha crecido el interés por lo argentino en China. También ha influido positivamente el reconocimiento argentino de China como economía de mercado y una historia común sin desencuentros desde que iniciamos relaciones diplomáticas, en 1945.
"Cuando se produjo la revolución de Mao, en 1949, la Argentina mantuvo el reconocimiento que había hecho de la China Nacionalista de Chiang Kai-Shek. En 1972, el gobierno de facto de Lanusse reconoció al gobierno de la República Popular China. Nunca hemos tenido enemistades ni conflictos de ninguna índole, y esto juega a nuestro favor", asegura.
La Argentina también se ha convertido en un atractivo turístico y en un destino importante y competitivo para estudiar español. "China tiene institutos y universidades para la enseñanza del idioma español, pero estamos hablando de un Estado con una burocracia muy importante, con una fuerte demanda de profesionales bilingües para el nivel nacional, por lo que no cubre la necesidad de personas que dominen el idioma", afirma Oviedo.
-¿Están creciendo del modo esperado nuestras exportaciones a China?
-El comercio argentino, con el conjunto del sudeste asiático, representaba el cuatro por ciento del total en 1970. Hoy está en el orden del 20 por ciento. Mientras tanto, las exportaciones a la Unión Europea hoy están en el orden del 17 por ciento, contra un 60 por ciento de la década del 70. Esto da una idea del viraje experimentado. En 2004, cuando se firmó el memorando de entendimiento con China, nosotros exportábamos 2500 millones de dólares. La Argentina le reconoció el estatus de economía de mercado y ellos, como contrapartida, se comprometieron a incrementar sus compras a nuestro país en 4000 millones de dólares. Al finalizar 2005, según los datos estadísticos de China, ya habíamos exportado por 3700 millones de dólares, 1200 millones más que un año antes. Se estima que estaremos en los 6500 millones de dólares en 2009. Obviamente, también hay un incremento de las importaciones chinas. Según el ministerio de comercio chino, crecieron un 50 por ciento respecto de 2004.
-¿Hay una buena predisposición de la sociedad argentina a este intercambio?
-En 2004 hubo un sondeo de opinión que demostró que casi el setenta por ciento de la población aprobaba los acuerdos firmados con China. Es decir, había una visión positiva del desarrollo de vínculos con ese enorme país. En mi opinión, la Argentina tendría que continuar profundizando las relaciones con todos los países del mundo, pero teniendo en cuenta que en el mapa estratégico, fundamentalmente del ámbito económico, el epicentro va a estar en el Pacífico norte. Por lo tanto, a esa región hay que prestarle la mayor atención.
-¿Por qué no hay aquí entusiasmo por el ALCA, a la hora de comerciar con el mundo?
-Desde la reunión de Mar del Plata, el gobierno nacional entiende que no están dadas las condiciones para el diálogo sobre el ALCA. Sin ese diálogo, es imposible la mayor colocación de alimentos y productos primarios, e incluso industriales, en el mercado más importante del mundo. Además, hay una decisión política gubernamental de asociación estratégica con Brasil, que perturba la relación con Estados Unidos. Los 4000 millones de dólares que tuvimos de déficit en el comercio bilateral en 2005 provienen de la importación de bienes industriales. Gran parte de esos bienes podrían obtenerse de los Estados Unidos a cambio del acceso de los productos argentinos... Se trata, por lo tanto, de una decisión política más que económica. Entre la hegemonía continental estadounidense y la hegemonía sudamericana del Brasil, la orientación política prefiere esta última. La Argentina es funcional al proceso de industrialización brasileño. Una política efectiva sería no asociarse con nadie, como lo han hecho Chile y Japón, que abrieron sus economías a todos los países sin tener preferencia por ninguno.
-¿Cómo se ha sostenido el crecimiento de China desde hace más de dos décadas?
-Básicamente, a través de una política económica estable, con condiciones jurídicas que garantizan las inversiones en ese país y la radicación de empresas extranjeras utilizadas como plataforma exportadora hacia el exterior.
-¿Qué ventaja significa para América latina el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio?
-La situación es muy dispar. En el caso de la Argentina, donde los productos agrícolas y del complejo sojero representan entre el 70 y el 80 por ciento de las exportaciones, el hecho de que China esté pidiéndoles a los Estados Unidos que bajen las protecciones arancelarias a los productos primarios chinos sin duda puede favorecernos. También nos beneficia la potencialidad china para recibir productos de nuestra ganadería. Las condiciones mundiales actuales respecto de la sanidad, tanto de vacunos como de aves, es muy delicada en el mundo. La Argentina no tiene, por lo menos hasta el momento, ni el mal de la vaca loca ni la gripe aviaria. Por lo tanto, es enorme la posibilidad de vender, no sólo a China sino a todo el mundo, productos cárnicos argentinos.
-¿Qué opina de la suspensión de las exportaciones de carne para que baje el precio en el mercado interno?
-Los países que buscan transformarse en grandes potencias jamás aplicarían este tipo de medidas. Son anacrónicas, pensadas para alcanzar efectos electorales, y no resisten el largo plazo. O reabrimos las exportaciones, o nos quedamos sin vacas. Pero explicar esto a la sociedad argentina, que acaba de votar por el nepotismo en provincias como Santa Cruz y Buenos Aires, resultaría estéril e improductivo en este momento de consolidación del liderazgo presidencial.
-¿Puede imaginar a países como Chile suspendiendo las exportaciones de vino, fruta o salmón para favorecer el consumo interno?
-La diferencia fundamental entre Chile y la Argentina no está en sus políticas económicas -que, de hecho, son distintas-, sino en su tipo de democracia. La chilena emerge como una democracia de elite, aristocrática y racional, mientras que la democracia argentina, si es que la podemos seguir llamando así después de diciembre de 2001, es una democracia de masas. Las políticas son adoptadas a través de las encuestas, que expresan el humor social antes que la razonabilidad. Pero, además, la decisión de suspender las exportaciones de carnes contradice el esfuerzo realizado por este mismo gobierno para expandir las ventas de las pequeñas y medianas empresas. En 2005, aproximadamente el 70 por ciento de las exportaciones a China se concentraron en los productos primarios, como la soja, derivados del petróleo y minerales, y alcanzaron más del 90 por ciento si le agregamos el aceite de soja. Los lácteos, que tuvieron un fuerte crecimiento en 2005, los vinos y las carnes bovina y aviaria, junto con otros productos, tienden a desconcentrar las ventas, suman valor agregado y diversifican la oferta exportable. Desde esta perspectiva, la suspensión es funcional al modelo tradicional y elimina la posibilidad de transformar la composición de las exportaciones a China.
-¿Los chinos nos ven como un país exportador de commodities?
-Nos ven como un país productor de alimentos. China generalmente importa desde Medio Oriente, pero, teniendo en cuenta la situación de tensión creciente en aquella región del mundo, la Argentina se les presenta como una fuente de abastecimiento. Sin duda, nuestro país debe explorar otras posibilidades más allá de los productos agrícolas primarios. Un campo posible es la cooperación en materia nuclear. Otro es el de la alta tecnología genética. Y los servicios: consultorías, asesorías, gastronomía, turismo. También, todo lo relacionado con las industrias culturales. Ante el interés chino por conocer obras literarias de autores nuestros, por ejemplo, se abre un campo para la industria editorial. En China no hay tirada de libros especializados de menos de 5000 ejemplares, cuando aquí, en la Argentina, se están imprimiendo 500. Hay interés por los productos de calidad. El chino es un gran consumidor y, cada vez más, hay avidez por productos de alto refinamiento. Los argentinos tenemos mucho para ofrecer en ese sentido.
-¿Qué debemos esperar en América latina de este impresionante y sostenido crecimiento de China?
-La influencia china en América latina es un dato de la realidad desde fines de la década del noventa. Esta irrupción en la región preocupa a Estados Unidos y a Europa, tanto política como comercialmente, aunque las grandes potencias también cooperan entre sí. Por eso, los gobiernos latinoamericanos afrontan el desafío de determinar políticas exteriores prestando atención a la puja y a la cooperación entre potencias hegemónicas, y detectando resquicios en el equilibrio gestado entre la dominación estadounidense, la influencia decreciente de Europa y el ascenso de China.
-¿Debería preocuparnos, en un escenario de mayor simetría entre las grandes potencias, el reciente aumento del presupuesto militar chino?
-El aumento del 15 por ciento en el presupuesto militar es consecuencia del papel de gran potencia que China viene ejerciendo desde fines de la década del noventa. Cuando una potencia intermedia se transforma en gran potencia, sus responsabilidades internacionales son cada vez mayores. Por ejemplo, las Naciones Unidas le demandan a China una mayor participación en las fuerzas internacionales de paz, como en el caso de Haití, y eso sólo puede cumplirse con un mayor presupuesto. Además, China tiene varios conflictos sin resolver, entre ellos la cuestión de Taiwan. Esto hace que su sistema de seguridad se mantenga en estado de alerta, a pesar de que lleva adelante una política exterior pacífica.
-¿El ingreso de China en América latina erosiona la hegemonía norteamericana sobre la región?
-Los Estados Unidos pierden capacidad de persuasión y consenso. Entonces queda al descubierto la relación asimétrica que mantienen con América latina. Es cierto que durante los últimos años, y, más concretamente, desde septiembre de 2001, la atención de Estados Unidos se dirigió hacia Oriente. El período coincide con el salto importante que China ha hecho en América latina. Pero paralelamente Estados Unidos está ingresando en la periferia de la zona China: Afganistán, Irak, y también en áreas que preocupan a los chinos, como Mongolia. De modo que el ingreso en los patios traseros del otro es recíproco.
-¿La reciente visita de Bush a la India y la luz verde para que reciba tecnología nuclear puede entenderse como un intento norteamericano de que esa nación asiática se convierta en un contrapeso de China en el nivel mundial?
-La aproximación de Estados Unidos a la India siempre se entiende como parte de la política de contención de la superpotencia hacia China. Sin embargo, en los últimos años las relaciones en la región han sufrido modificaciones importantes, como producto del surgimiento del terrorismo internacional. Estados Unidos, India, China y Paquistán cooperan en esta materia a pesar de sus diferencias bilaterales, que también han cambiado. El diálogo chino-indio, tendiente a buscar una forma de resolver el histórico problema de límites y el desarrollo de las relaciones económicas, ha hecho menos rígida la tradicional alianza de China con Paquistán, aunque los chinos, muy pragmáticamente, la mantienen por el solo hecho de serle funcional a su relación con India. Estados Unidos es el principal socio comercial de China. Ambos cooperan en el mantenimiento del statu quo en la península de Corea y otras cuestiones que hacen a la administración conjunta del orden internacional. Por eso, asistimos a un momento de paz entre estos cuatro actores, donde prima la competencia económica y nuclear, perturbada cuando China y Estados Unidos deben tomar posición frente a la erupción del conflicto indo-paquistaní, como fue el caso de la guerra de Kargil en 1999. No olvidemos, por otra parte, que entre China y la India se concentra el 40 por ciento de la población mundial.





