El conscripto que cantaba rock nacional en las islas

María Fernando Araujo, con fotos de su hermano Eduardo
María Fernando Araujo, con fotos de su hermano Eduardo Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro V. Rizzi
Fernando de Aróstegui
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4 de febrero de 2018  

María Fernanda Araujo recuerda con nitidez una noche de julio de 1982, ya terminada la guerra, en que fue a buscar a su hermano Eduardo a un regimiento en La Plata, adonde debía llegar tras la rendición. De pronto se abrieron las puertas del cuartel y los soldados salieron a la oscuridad densa en que esperaba una multitud de familiares ansiosos. Todos se mezclaron en una confusión nerviosa. María Fernanda, entonces de 9 años, sentada en hombros de su padre, Elbio, gritaba en todas direcciones: "¡Soldado Araujo, soldado Araujo!" Cuando el gentío se dispersó comprobaron que Eduardo no estaba.

Volvieron al regimiento varios días seguidos. Hasta que un oficial les confirmó que Eduardo estaba en Campo de Mayo: ¡vivía! Pero allí revisaron la colmada sala de terapia intensiva con una minuciosidad infructuosa. Pasaron más de veinte años sin que la familia Araujo consiguiera ninguna precisión oficial y confiable sobre el destino de Eduardo. Hasta que en 2003, María Fernanda obtuvo detalles de un excombatiente: su hermano había caído en la Batalla de Monte Longdon herido por una explosión.

Cuando empezó la guerra, Eduardo ya había sido dado de baja del servicio militar hacía algunos meses, pero decidió que se presentaría como voluntario: "La patria me necesita", le dijo a su madre. Ella le respondió: "Si te necesita ya te va a llamar". Antes de que dirimieran la disputa familiar, en efecto, llegó la convocatoria estatal.

El 9 de abril llenó un bolsito azul con algo de ropa, y vestido con un jeans y una chomba beige marca Penguin se fue al Regimiento 7 de Infantería Mecanizada Coronel Conde, de La Plata.

Aunque su nombre era Elbio Eduardo, todos lo conocían como Edu. Había nacido en Colón, Entre Ríos, pero su familia se mudó a Buenos Aires cuando él tenía cuatro meses. De temperamento extrovertido, tenía muchos amigos. "¡Era muy payaso!", lo retrató con candor su hermana.

De chico, en sus vacaciones en Colón, hacía changas y juntaba hierros y botellas para reunir unos pesos. Sabía tocar la guitarra y le gustaba mucho el rock nacional: Moris, Sui Géneris, León Gieco.

En las islas, a falta de guitarra, se acompañaba marcando el ritmo con una lata de dulce de batata. "En Monte Longdon sonó mucho 'La colina de la vida', de Gieco", contó María Fernanda.

Cuando en 2017 se difundió la noticia de que se harían las identificaciones, los Araujo se mostraron refractarios. Es que circuló mucha información falsa: como que los cuerpos serían repatriados, algo que ellos rechazaban con énfasis. La familia ya había sufrido el flagelo de las inexactitudes durante 35 años: por ejemplo, que a Eduardo le habían cortado la cabeza los gurkhas. Pero cuando se aclararon las condiciones de la identificación, accedieron.

"Eduardo volvió a nacer", dijo María del Carmen, la madre de Eduardo, que durante años durmió con la chomba beige marca Penguin de su hijo sobre su cara.

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