
El general que nunca descansa
Aunque sufrió menos traslados que el de Eva Perón, el cadáver del ex presidente tampoco encuentra un descanso definitivo Fue embalsamado Le amputaron las manos
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Si en el costado necrofílico de la historia argentina el de María Eva Duarte fue un cadáver dramáticamente itinerante, el de su esposo Juan Domingo Perón también lo fue, aunque en menor medida.
Sus restos no fueron secuestrados sino mutilados, no se los escondió sino que se los llevó de una sepultura a otra; se lo embalsamó sin su consentimiento en vida, y ahora se lo exhumaría para su restauración.
Icono de la política argentina, línea divisoria para unos y otros, Perón murió a los 79 años, mientras ejercía por tercera vez la presidencia de la Nación.
Su muerte ocurrió a las 13.15 del 1° de julio de 1974, en la habitación de la quinta presidencial de Olivos donde había pasado sus últimos días. Estaba rodeado por sus médicos y su tercera esposa, María Estela Martínez, quien lo sucedería en el cargo, y desde el instante de su fallecimiento sus restos iniciaron un periplo que aún no parece haber terminado.
Al principio, los traslados del cadáver obedecieron a razones de protocolo. Tras ser velado durante tres días en el Congreso, a cajón abierto, con uniforme de gala y las manos entrelazadas sobre el pecho, el cuerpo fue llevado a un salón de la Cámara de Diputados, y allí fue despedido por su rival de la UCR, Ricardo Balbín.
El primer entierro
El primer entierro del cadáver se produjo en la capilla de Nuestra Señora de la Merced, en la residencia de Olivos, en un recinto bajo nivel y junto al ataúd de Eva Perón.
La idea del gobierno era llevar los dos cadáveres ilustres del peronismo a un monumento funerario, que se pensaba construir en los jardines de Palermo, pero el golpe de Estado de 1976 alteró los planes.
Tras el golpe, a menos de dos años de su muerte, los restos de Perón fueron separados de los de su esposa, y a ambos se les encontró destinos distintos: el de Eva Duarte fue llevado a una bóveda de la Recoleta, y el de Perón trasladado a otra de la Chacarita, donde quedó hasta hoy.
El 29 de junio de 1987, poco más de diez años después de aquel traslado, una noticia conmocionó al país: la bóveda de Perón había sido violentada, su cuerpo había aparecido profanado y sus manos habían sido amputadas.
La profanación fue descubierta por un familiar del ex presidente, y, tras la intervención policial, se hizo cargo de la causa el juez Jaime Far Suau.
En cartas que recibieron en días siguientes dirigentes peronistas como Vicente Saadi, Carlos Grosso y la propia María Estela Martínez de Perón, los profanadores procuraron identificarse como un grupo esotérico y reclamaron una suma cercana a los 8 millones de dólares para devolver las manos amputadas.
La causa judicial que se abrió entonces se fue sembrando de pistas falsas, callejones sin salida y muertes dudosas, como la del propio juez Far Suau en un accidente automovilístico, y desde entonces hasta hoy es poco lo que se ha avanzado.
Desde 1987, el féretro que contiene el cadáver de Perón sigue en esa bóveda donde fue profanado, pero ahora blindado y protegido por losas de cemento y vidrios antibalas.






