El sentido ético de los cargos electivos

Por Rafael Braun
(0)
22 de octubre de 2000  

La renuncia de Carlos Alvarez a la vicepresidencia sirve de ocasión para reflexionar sobre el sentido ético de las renuncias a los cargos electivos.

Hay que señalar, en primer término, la diferencia que existe entre la renuncia de un funcionario que ha sido llamado a colaborar con la administración del Estado y la renuncia de quien se ha postulado libremente a un cargo para el que ha sido elegido.

En el primer caso, se acepta un ofrecimiento no buscado. La permanencia en el cargo dependerá tanto de quien convoca y puede pedir la renuncia cuando lo estime conveniente cuanto de la voluntad de quien acepta y puede renunciar si estima que no están dadas las condiciones para seguir desempeñando el cargo de manera eficaz, por razones personales o políticas.

En el segundo caso, las personas elegidas para desempeñarse en un cargo electivo gozan de la seguridad jurídica en la permanencia del mismo de acuerdo con lo establecido en el orden legal. Ellas mismas han deseado ocupar dicho cargo, y para ello se han postulado como candidatos a servir el bien común desde el Poder Ejecutivo o Legislativo. Pueden ser destituidos por los mecanismos previstos por la Constitución, pero han contraído con la ciudadanía una obligación de permanecer en el cargo que se asemeja a un contrato que sólo puede ser no cumplido si median razones de orden público que justifiquen una renuncia (por ejemplo, la de Alfonsín en 1989).

Cuando se analiza la historia reciente del país se comprueba con qué desaprensión y falta de respeto a la ciudadanía se comportan quienes reclaman los votos del ciudadano para desempeñarse en cargos electivos a los cuales renuncian antes de término. Veamos algunos ejemplos. Fernando de la Rúa es elegido diputado en 1991, por cuatro años. En 1992 renuncia para ser senador por la Capital. En 1996 renunció para ser elegido jefe de gobierno porteño. En diciembre de 1999 renuncia para ser presidente.

Graciela Fernández Meijide es elegida diputada nacional, en 1993, por cuatro años por los ciudadanos de la Capital. En 1995 renuncia para ser elegida senadora por la Capital. En 1997 renunció para ser elegida nuevamente diputada, pero esta vez por los ciudadanos bonaerenses. Con mandato hasta el 2001, se postuló sin éxito para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, y ahora ocupa un ministerio.

Eduardo Duhalde es elegido, en 1987, diputado nacional. Dos años más tarde renuncia para desempeñarse como vicepresidente de la Nación. Dos años más tarde renunció para desempeñarse como gobernador bonaerense.

Conducta generalizada

Como se advierte por medio de estos ejemplos (seguramente se podrían proporcionar muchos más), la conducta analizada afecta a representantes de los principales partidos.

A mi juicio, en ninguno de estos casos ha existido una causa de orden público que justificara la renuncia. Lo que ha estado en juego es la carrera política personal y los intereses partidarios. La voluntad de los ciudadanos ha sido burlada, ya que votar por alguien para que se desempeñe en un cargo obliga a éste a cumplir su parte en el contrato implícito.

La renuncia de Carlos Alvarez se torna, para quienes lo votaron, algo inexplicable. El se postuló para ser vicepresidente, y antes de ser elegido sabía que prácticamente la única función que debía desempeñar era la presidencia del Senado. Como ex diputado y convencional constituyente, con largos años de militancia en la política, no podía ignorar cuáles eran las prácticas del Senado, que también existían en la Cámara de Diputados.

Esto lo sabíamos todos, especialmente los periodistas, los políticos y los empresarios. Las conductas en el ex Concejo Deliberante quedaron al descubierto muchas veces, más allá de que las prácticas corruptas pudieran ser juzgadas en sede judicial. El "robo para la corona", las "carpas grandes o chicas" existían en todos los partidos, como también el enriquecimiento ilícito que no se disimulaba.

Del mismo modo en que los ciudadanos no pueden alegar que desconocen la ley, tampoco pueden los políticos alegar que desconocen la realidad en la cual se van a desempeñar. Asumir una responsabilidad política desde uno de los cargos de mayor importancia en el orden constitucional, como es el de vicepresidente, implica asumir, sin renuncios, la responsabilidad ética de obrar en favor del bien común desempeñando con lealtad y patriotismo el cargo.

Viene a cuento recordar una oración de Jesús poco antes de su muerte. Dirigiéndose a su Padre ora por sus discípulos de este modo: "No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno" (Jn.17,15). En el mundo hay trigo y cizaña, como en el corazón de cada uno de nosotros. El desafío que enfrentamos es ser fieles al bien en medio de las tentaciones que cualquier situación de gobierno, pública o privada, conlleva. Convicción y responsabilidad son dos dimensiones inseparables de cualquier comportamiento moral".

Decía Pío XII, en 1948: "La tentación del momento es el cansancio de los buenos". Como ciudadano no me cansaré de pedirles a los políticos que me respeten cuando los voto.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Politica

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.