
El viejo juego del teléfono descompuesto
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En los años en que había que arreglarse con poco, el teléfono descompuesto era una diversión asegurada para los niños inquietos. El que empezaba la frase se mataba de risa cuando el último de la hilera repetía el concepto que, indefectiblemente, había sido pervertido en el boca a boca por el resto de los pequeños actores. Aquello era un juego.
El Presidente hizo saber ayer por enésima vez que no reabrirá el canje para los acreedores privados en default que no suscribieron a la oferta argentina. Fue tajante. Y, desde Alemania, poco antes de abordar el avión para Buenos Aires, dejó una incógnita: "Esperemos a octubre; no está dicha la última palabra".
Casi al mismo tiempo, el ministro Roberto Lavagna tenía que verles la cara en Washington a los hombres que no vacilan cuando presionan para que la Argentina entregue una propuesta viable para solucionar la situación del 24 por ciento de los bonistas que no entraron en el canje.
Una fuente calificada del equipo económico había asegurado que había un borrador que abría el paso a un acuerdo. Había voluntad -y hasta se dejaba ver de qué modo se concretaría- de ocuparse del tema. En la comitiva que acompañaba a Kirchner por Europa también había una medida efervescencia que vislumbraba un arreglo cercano con el Fondo.
Atrás quedaban, con esto, los dichos tajantes: eso de que la cuestión debía arreglarla el gobierno siguiente, después de 2007; de que el acuerdo podría ser extrajudicial o de que, simplemente, el esfuerzo ya se había hecho y el que no tomó la oferta estaría desahuciado.
¿Qué tiene que decir Lavagna cuando se siente, mañana, a la mesa de negociación del Fondo?
Se supone que dirá que no se reabre el canje: es lo que le ordena el Presidente; que la Argentina no está estudiando ninguna alternativa, como también dice el Presidente.
El equipo económico en Washington tomó nota y se alineó con el discurso presidencial. Se difundió un comunicado con membrete del Ministerio de Economía en el que se ratifica que el canje no será reabierto, que el esfuerzo del Gobierno está abocado a atender con carácter prioritario al 86 por ciento de la deuda que se encuentra normalizada y que no acepta tratos discriminatorios.
Pero, al mismo tiempo, la alta fuente reiteró a LA NACION que se trabaja para no dejar afuera a los que, en febrero, no tomaron el ofrecimiento: en buen romance, continuar con la negociación para allanar el camino al acuerdo lo antes posible. Octubre no sería una utopía.
Aparece entonces un nuevo elemento: ¿el Presidente quiere, en verdad, que no se haga una nueva oferta? ¿Quiere que el acuerdo se postergue sin límite, o busca, simplemente, no tener que desdecirse mientras su ministro negocia con paciencia oriental un acuerdo que capitalizará la Casa Rosada en un año electoral? ¿Hay un bueno y un malo sólo para los ojos del Fondo?
Para volver al viejo juego del teléfono descompuesto, Kirchner parece estar en un extremo de la hilera y el ministro Lavagna en el otro. No se puede establecer todavía quién mandó el mensaje y quién lo tergiversó, ni tampoco si responde, apenas, a una estrategia muy bien ensamblada para ganar tiempo: esta vez, al final, quizá los que se mueran de risa y festejen sean los dos.
Mientras todo esto ocurre, eso sí, la confusión es lo único claro.




