Fuerte Apache, donde hoy hay más pobreza que delincuencia
La presión ahuyentó las bandas a otras zonas
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"Departamento de 4 ambientes en buen estado. Es muy económico por pertenecer a un barrio carenciado, pero tiene buena accesibilidad y mejor seguridad que sus alrededores por la presencia de Gendarmería y la comisaría ubicada en su lateral, al contrario de la publicidad periodística."
El aviso clasificado de Roxana es elocuente sobre la realidad que hoy se palpa en la zona y, también, acerca de lo que piensan los que viven ahí, en "Fuerte Apache".
Ubicado en Ciudadela (partido de Tres de Febrero, al noroeste de la Capital), el barrio Ejército de los Andes, tal su nombre oficial, es el ícono de la inseguridad para millones de argentinos que ni saben dónde está ni cómo se vive, hoy, allí.
Porque en el enorme complejo, formado por torres, monoblocks y la Villa Matienzo, la policía no entraba o, cuando lo hacía, miraba para otro lado, y las bandas se repartían territorios y delitos –drogas, desarmaderos, secuestros, entre otros–, con resultados contundentes.
Como el de Juan, un joven que contó que, de sus 20 compañeros, sólo 4 -contándolo a él- no están presos o bajo tierra. Pero eso fue antes, hasta hace unos años. Ahora, dicen los lugareños, la situación cambió. Poco o mucho, pero repuntó. Lo peor se marchó, dicen, a otras zonas del conurbano, y el gobernador Daniel Scioli lo muestra como ejemplo de su "política de seguridad", aunque la mejoría comenzó a gestarse antes, en los tiempos de Felipe Solá y León Arslanian.
"Había pandillas, pero no quedó nada. Eran los Backstreet Boys , pero eso fue antes de que llegara la Gendarmería. Ahora mejoró mucho", cuenta Roxana, la del aviso clasificado, a LA NACION. Se apura por aclarar algo: vende, sí, pero no piensa marcharse del barrio, sino apenas mudarse más cerca de su madre, dentro del complejo mismo donde el 85% de sus habitantes no completó sus estudios primarios o secundarios o, más duro aún, no tiene instrucción alguna.
LA NACION recorrió todo el barrio durante horas junto a otro veterano del lugar, el pastor Andrés Arrojo. La diferencia se palpa, aun cuando todavía arrastra serios problemas edilicios, sociales y, sí, de seguridad. Allí conviven la calesita para los chicos y la venta de helados de chocolate, como el que disfrutan Adrián (37) y su hija, con las drogas, y los basurales y un cementerio de autos desguazados, con los juegos que instalaron justo para una visita de Scioli con cámaras de televisión.
Los residentes agradecen, sin embargo, la presencia de Gendarmería, algo que se repite en otros lugares complicados del conurbano, como José C. Paz o La Cava, en San Isidro. Un agradecimiento que contrasta con los insultos que esos mismos vecinos dedican a la Policía, a la que acusan de connivencia con el tráfico de drogas y los desarmaderos de autos, entre otros delitos.
Recitan, sin saberlo, la denuncia que lanzó el ex viceministro de Seguridad bonaerense, Marcelo Sain, años atrás, cuando enfiló contra los intendentes, "dirigentes del peronismo bonaerense" y policías. "El delito organizado de la provincia de Buenos Aires, secuestros, tráfico de drogas, robo de autos, prostitución, tiene una fuertísima connivencia policial y política", planteó.
"Dejen que se maten"
En Fuerte Apache recuerdan cuando llamaban a la comisaría por algún tiroteo. "Dejen que se maten entre ellos", era la respuesta. Los patrulleros sólo salían cuando concluía la balacera, rememoran. Ahora, durante la recorrida de LA NACION, los gendarmes también caminaban por el predio, mientras que la policía sólo pasó una vez y a bordo de un patrullero que no se detuvo.
Cuentan, también, cómo la Gendarmería cortó de cuajo con algunos delitos. Le bastó con instalar controles en los puntos de ingreso y salida de vehículos, por ejemplo, para terminar con los desarmaderos y los aguantaderos para secuestros que imperó antes, durante años.
El complejo exhibe muestras de esa relación antagónica con la policía. Como los caños incrustados en las veredas para impedir el ingreso de los patrulleros y tanquetas, los agujeros de bala y los grafitis en las paredes, o los recelos de los adolescentes para dar sus apellidos o aparecer en las fotografías. Una imagen fue, precisamente, la causa del único incidente durante la recorrida de LA NACION: dos jóvenes que exigieron explicaciones por una foto. Pero el anonimato también mejora sus oportunidades laborales.
"Yo trabajé como guardia en un barrio privado, pero tuve que decir que vivía en otro lugar. Si no, ¿te creés que me iban a tomar", cuenta Juan, uno de los cuatro que quedan de su aula de la escuela. Aun así, él no piensa en mudarse. "Ahí vivía mi abuela", dice, señalando el segundo piso de la torre en la que dialogó con este cronista. "Acá están mis hermanos, mi tía, mi abuelo."
El pastor Arrojo conoce a cientos de ellos, o a sus padres o a sus hijos. Más de 30 años después de pisar el predio por primera vez junto a su mujer, Silvia, cuenta que jamás le pasó nada. "Hay mucha gente buena y trabajadora", dice, mientras presenta a un muchacho. Lo introduce de un modo inolvidable: "A su socio lo cosieron de 14 balazos, ¿no? Pero Cristo te cambió a vos, ¿eh?". El muchacho sonríe y asiente.
Arrojo vive de sus ahorros como arquitecto, una profesión en la que le fue muy bien, pero que postergó para concentrarse allí. Prefiere no hablar de política. Ni de Scioli ni de Néstor Kirchner ni de Hugo Curto, protagonistas del único cartel político que se ve en el complejo, en el comedor social y salita sanitaria que abrió el municipio. El resto, ausente.
El pastor al que muchos apodan "Roberto Galán" ("porque todo el que caía en la iglesia, al final, se quería casar", explica) sí habla de los dilemas de quienes quieren progresar. Junto a un basural nauseabundo, saluda al hijo de Alejandro, un ex presidiario que vende autos usados. "Trabajan por 500 pesos al mes cuando podrían agarrar 1000 pesos por una sola venta de drogas. El decidió cambiar. Por eso es que insisto en que el cambio comienza por dentro", dice, mientras cae el sol en Fuerte Apache. "Que Dios te bendiga", le dice a una chica, que le devuelve el saludo. "Quiero crearles inquietudes, que estudien; nivelar para arriba. Es posible."


