La escribanía kirchnerista sigue en pie
Martin Dinatale LA NACION
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El exacerbado presidencialismo argentino no permite demasiadas alternativas: desde hace muchos años el Congreso se ha convertido en una escribanía de diferentes gobiernos de turno. Nada nuevo. Sólo que con el tiempo a esta escribanía legislativa cada vez se le nota más la mediocridad, el desgaste y la falta de reacción frente a mecanismos de presión.
Si se observan los números con frialdad se podría decir que el gobierno de Cristina Kirchner le otorgó mayor importancia que otros presidentes al Congreso, ya que el mayor porcentaje de leyes votadas fueron promovidas por la Casa Rosada. Hasta se podría señalar a simple vista que, a diferencia de Néstor Kirchner, este año el Parlamento tuvo mayor peso en la toma de decisiones.
Sin embargo, los resultados hablan de un Congreso en el que el oficialismo impuso su mayoría en ambas cámaras para tratar, sin posibilidades de cambios, los proyectos promovidos por el Gobierno. Así, se votaron leyes tan complejas, como la de blanqueo de capitales, en el tiempo récord de dos semanas, o la expropiación de Aerolíneas Argentinas, en tan sólo diez días.
El rechazo parlamentario a la resolución 125 del campo con el voto "no positivo" de Cobos fue un punto de inflexión que pareció marcar el inicio de una nueva etapa en la historia legislativa. Pero la presión de la Casa Rosada por mantener el statu quo del Congreso como escribanía resultó ser más poderosa.
En los últimos meses, el Gobierno forzó su maquinaria al máximo para aprobar leyes poco digeribles para el propio oficialismo, hasta tal punto que sufrió un importante éxodo de legisladores que le podría costar caro en los próximos comicios.
Cuando la Presidenta llegó al poder, el kirchnerismo tenía 160 diputados y 46 senadores, entre aliados y propios. El oficialismo hoy araña 127 votos en Diputados y cuentan con un ajustado número de no más de 38 votos en el Senado. Pero la escasez de votos del oficialismo sigue siendo inversamente proporcional a la ausencia de debate y poder de imponer cambios de los legisladores. Una clara muestra de que la escribanía funciona, aunque permanezca en banca rota.
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