
"La opción no debe ser comer o educarse"
Lo sostiene el pedagogo y escritor Alfredo van Gelderen
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“Los argentinos todavía no hemos comprendido que la Argentina va a ser lo que sea su educación”, dice Alfredo van Gelderen.
Como apasionado de un tema al que le ha dedicado su vida y su vocación, este maestro de alma y destacado pedagogo plantea sin medias tintas lo que debería estar, a su entender, en el centro de la preocupación nacional: la falsa inclusión social que significa hoy una educación para todos, pero con pobres estándares de calidad, y que no prepara a la altura de las exigencias de la bien llamada sociedad del conocimiento. Una sociedad, por otra parte, cada vez más exigente con sus miembros más jóvenes.
“Yo me autodefino como escuelero”, dice Van Gelderen, como para dejar en claro la devoción que le inspira la tarea anónima y esforzada, en medio de todas las carencias, de esas 45.000 unidades educativas que tiene la República Argentina, las mismas que durante los últimos tres años se mantuvieron en pie en medio de lo que el especialista en historia económica Roberto Cortés Conde definió como "la peor crisis de la historia argentina".
Docente por vocación y por herencia -su bisabuelo, Adolfo van Gelderen, llegó al país desde Holanda a mediados del siglo XIX, se nacionalizó argentino, trabajó con Sarmiento, formó parte del primer Consejo Nacional de Educación y fundó la Escuela Normal Superior del Profesorado Mariano Acosta- sus opiniones sobre la pobreza, no sólo económica sino también educativa y cívica de los argentinos, llaman a la reflexión.
Durante los últimos cincuenta años, Alfredo van Gelderen ha ejercido la docencia en los niveles primario, secundario, terciario -no universitario y universitario- y de posgrado.
Es miembro de número de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Europea de Ciencias y Artes y autor de numerosos libros y ensayos sobre su especialidad.
Cuando las cifras de pobreza golpean sin piedad a los más jóvenes, Van Gelderen llama a renovar el pacto social entre la familia y la escuela, a retomar el compromiso de los padres argentinos con la educación integral de sus hijos y a compensar ausencias que hoy, en muchos casos, casi se parecen a una claudicación.
-Cuando se analizan los motivos de nuestra decadencia, una de las primeras razones que se señalan es la dramática caída en los niveles educacionales. ¿Cómo y cuándo se inició ese proceso?
-Creo que hay que remontarse a un período en que la Argentina empezó a sentirse satisfecha de los resultados del esfuerzo estatal en materia educativa, cuyo ejemplo más visible fue la incorporación de millones de inmigrantes, no sólo al sistema educativo, sino a la vida cívica. La sociedad asumió que la educación le correspondía al Estado y comenzó a desentenderse. El Estado, a su vez, tomó la totalidad de la responsabilidad en instituciones excesivamente conservadoras. Cuando llegó la reacción y los agentes no estatales empezaron a intervenir en el servicio público de la educación frente a la debilidad creciente de la oferta del Estado, se fue haciendo carne la idea de que las familias pagaban educación privada para desentenderse. Es decir, hubo acciones positivas que provocaron respuestas negativas. Llevamos más de medio siglo en estas condiciones. Hoy somos una sociedad despreocupada por lo educativo, en el momento en que más golpea la pobreza.
-Los datos oficiales revelan que en la franja que va de los 15 a los 29 años, seis de cada diez jóvenes viven en la pobreza. ¿Qué estamos haciendo por ellos?
-Los argentinos tenemos una deuda social, que es compensar la desigual distribución de los conocimientos en el país. A estos jóvenes hay que recuperarlos. Hay que salir a buscarlos, compensar las diferencias, brindarles su ración cultural, tengan la edad que tengan. Mañana es demasiado tarde.
-¿Cómo buscarlos?
-Con campañas de educación para adultos. Eso exige una prelación en nuestras políticas de Estado y el compromiso de las empresas, los partidos, las iglesias, la sociedad en su conjunto. Tener buenas estadísticas en la educación primaria en las edades correspondientes no nos tiene que tranquilizar. El analfabetismo, en términos de capacitación para el trabajo, es altísimo, y la no capacitación para la vida activa es sinónimo de exclusión. No hay inclusión social sin la resolución de los problemas educativos de todos los miembros de la sociedad. Los argentinos hablamos de crecimiento y no de desarrollo. Tenemos que hablar del desarrollo posible de todos los ciudadanos.
-Si algo caracterizó a la educación argentina durante muchas décadas fue la promesa de un futuro mejor. Esa esperanza se ha perdido, lo que resulta demoledor.
-Pensemos en nuestro proletariado profesional desocupado. Es un peso social monstruoso. Hoy el ideal democrático ya no es una educación para todos, sino educación de calidad para todos. Porque poner a los jóvenes en un sistema sin calidad es largarlos a la vida sin armas para defenderse. Es perpetuar la exclusión.
-Sin embargo, el foco parece estar puesto más en una escuela contenedora, inclusiva, que dé respuestas a necesidades básicas insatisfechas, relegando a un segundo plano la transmisión de contenidos.
-Yo creo que en estos tiempos a la escuela nada de la persona le puede ser ajeno. La escuela no puede pretender enseñarles a chicos con hambre. Pero la opción no es comer o educarse: hay que atender ambas cosas. Los que han recibido menos necesitan recibir más para compensar su educación y salvar la inequidad. A la escuela hay que asistirla, darle recursos profesionales y materiales para que pueda ejecutar las políticas generales o las complemente de acuerdo con las necesidades de los alumnos. La escuela moderna es la escuela compensadora.
-¿Cómo se hace para retener a los chicos en el sistema aumentando los contenidos y las exigencias sobre esos contenidos?
-Hay que fijar estándares de calidad e interesar a los padres en el proceso educativo de sus hijos. La escuela sola no puede. LA NACION y las jurisdicciones educativas se están definiendo por una política de mayor exigencia, pero esta decisión tiene que ser acompañada por la sociedad. La desjerarquización de la educación y de los docentes se debe a que la familia argentina hace mucho tiempo que abandonó el respeto y la fe en la institución escolar. Por eso yo digo que hay que renovar el pacto social entre la familia y la escuela. La escuela en este momento está abandonada por el desinterés de los padres. No los vamos a juzgar: los padres están atravesando crisis de variadas características y cuesta creer que han abandonado muchas responsabilidades respecto de la educación de sus hijos por maldad. Lo han hecho, creo yo, por ignorancia. Nadie nos ha preparado para ser padres o madres. Vamos descubriendo lo que tenemos que hacer y en este momento de muchas preocupaciones, de tiempos alterados, las familias han tomado el salvavidas de la escuela y se han desligado. Delegan, compran tranquilidad.
-¿Se refiere a la educación privada?
-A ambas. En una porque no tienen comunicación y en la otra porque creen que pagan un seguro total, integral. Pero la familia necesita la orientación de la escuela y la escuela, a su vez, no puede avanzar sola. Indudablemente, el problema argentino pasa por que la sociedad se comprometa, tanto el Estado como los particulares. Todos los agentes que educamos en la sociedad tenemos que ponernos a trabajar, a hacer las cosas como se deben hacer, pues tenemos doctrina suficiente.
-¿También los medios de prensa?
-Para renovar el pacto entre la escuela y la familia necesitamos la colaboración de los medios de comunicación, porque es indudable que no se puede construir en cuatro horas lo que se destruye en las otras veinte. No se puede aceptar que la única evasión y la única diversión posible, sobre todo de los que tienen menos, sea la destrucción -particularmente, a través de la televisión- de lo que la escuela ha construido. Como ciudadanos, debemos lograr que los medios de comunicación sean sanos, constructivos, complementarios con el obrar de la escuela y, a su vez, que el Estado cumpla con las funciones que tiene que cumplir como garante del bien común, para orientar a esa escuela sin paredes que tiene una fuerza de transmisión cultural -o anticultural- impresionante.
-¿Por qué no podemos lograrlo?
-Porque hay una ciudadanía que no reclama. Como ciudadanos, deberíamos exigir que el Estado, los cuerpos ejecutivos, los cuerpos legislativos y de control hagan lo que tienen que hacer y que los particulares responsables de esos medios se autocontrolen. En España, el partido gobernante está buscando acuerdos con los particulares para la autorregulación de los medios de comunicación. Me parece ejemplar. Porque insisto en que la escuela no puede sola en la tarea educativa.
-¿Estaremos los argentinos a la altura cívica necesaria?
-Yo creo que tenemos un déficit. En Nueva York, en el Comité Jurídico Americano, en mayo, el doctor Kirchner puso en paralelo la pobreza económica y la pobreza cívica de los argentinos. Creo que fue la única vez que lo dijo.
-¿Cómo evalúa la apatía de los más jóvenes hacia la participación política?
-Yo no culpo a los jóvenes, sino a los partidos, que no son convocantes. El idealismo de los jóvenes no encuentra ubicación en las estructuras partidarias. Hoy discutimos a qué edad deben votar, pero no si están preparados para votar. Yo no conozco escuelas de civismo para los jóvenes y la institución educativa tampoco está cumpliendo esa función. Por eso, los jóvenes se deciden a participar a través de las ONG. Este es un fenómeno muy interesante. En la Argentina estamos con más de la mitad de los argentinos en la pobreza, pero no podemos medir lo que ha crecido la solidaridad. Somos una sociedad que ha descubierto al prójimo mientras temblaba el piso de la República, para usar términos de Natalio Botana. Eso nos está marcando que no todo ha fallado en la educación de las argentinas y de los argentinos. Yo veo que ahí hay reservas.
-¿Cómo analiza el descontrol de muchos adolescentes de clase media en las fiestas de egresados?
-El problema de las adicciones es el problema de los chicos abandonados, que se refugian donde pueden. En las adicciones hay mucho de abandono. A mí lo que me preocupa es que la escuela, como institución congregante, haya renunciado nada menos que al tiempo pedagógico del último año de la secundaria. Ningún sistema del mundo tiene como momento descartable el final de la escuela media, previa al ingreso a la universidad. Es disparatado. Por eso digo que somos inconscientes. Mientras tanto, países como Francia o, sin ir más lejos Chile, publican los resultados del bachillerato universitario, porque el que tiene el mejor promedio tiene derecho a elegir la universidad. Además, eso los compromete cívicamente. Mientras tanto, nosotros hemos decidido dar dos y tres fiestas por semana durante todo el año, ajenos a una verdad ineludible: la escuela no debe ser divertida ni fácil. Debe ser la que exige y logra que se superen las dificultades.
-¿Dónde están los padres?
-Lamentablemente, tengo la impresión de que los padres argentinos han claudicado. Por pobreza o por abandono, hoy muchos chicos no van a clase en condiciones de educabilidad. Van mal dormidos, mal desayunados, a veces mal higienizados. Después, en el primer recreo de la mañana, esos chicos se abalanzan sobre las máquinas de gaseosas y de chizitos. Son, tal vez, los mismos chicos que chatean hasta la madrugada encerrados en sus cuartos. Aquel aula que era el living familiar ya no existe. Ya no es más ese lugar en el que se vivía y se compartía. Hoy los chicos con recursos económicos se encierran y los padres no saben para qué usan Internet o qué ven en la televisión. La computadora y el televisor no tienen que estar en el cuarto de los chicos. Eso es lo menos educativo del mundo y desnuda la claudicación de los padres en poner horarios, límites, normas. A su vez, las escuelas tienen que superar el miedo a los padres. Hoy los padres ni siquiera miran los trabajos escolares de sus hijos. Se ha desintegrado la vida familiar. Uno ve en los jardines de infantes cómo cuesta que los chicos cumplan consignas, porque en la casa ya no se sientan a la mesa, no comen lo que comen los grandes, ven televisión a la hora de la reunión familiar. Esto se está transformando en un problema social.
-¿Cómo evalúa los resultados de la ley federal a diez años de su aplicación?
-Creo que la Argentina no comprendió la reforma, porque no la comprendieron, en primer término, o no quisieron comprenderla, los gremios docentes. El poder docente, que es real en el sistema, no cumplió el papel que tenía que cumplir en la responsabilidad de ser, como todo docente, promotor del cambio. Entonces, estamos en una especie de retorno. Lo que pasa es que en estos años de aplicación, que efectivamente no serán más de siete u ocho, estamos ansiosos de ver resultados y nos olvidamos del cuadro de deficiencias anteriores. Lo que había en el momento en que se empezó a aplicar la ley no era aceptable, porque entonces la UBA no hubiera tenido que crear el CBC ni hubiera tenido que poner temas de la escuela secundaria para suplir fallas. Acá hay una especie de nostalgia. Este presente que se ve malo empieza a endulzar el recuerdo del pasado, pero el pasado no era floreciente en el 93. Había un 40 por ciento de deserción en la escuela secundaria, que era histórico. En primero y segundo años de la secundaria, por falta de articulación con la escuela primaria se perdían cuatro de cada diez alumnos. No había una situación paradisíaca. Si no, hubiera sido un disparate dictar una legislación para el cambio. Ahora, ciertamente hubo defectos de aplicación, hubo errores en las políticas jurisdiccionales.
-¿La ley de transferencia de los servicios educativos a las provincias fue un acierto o un desacierto?
-La ley de transferencia significó poner en marcha la definición escolar de una república federal. Republicanamente, fue acertada. Ahora, creo que el federalismo educativo crecerá en función de lo que crezcan los equipos técnicos permanentes y en función de los aciertos de cada jurisdicción. En el país hay una desigual distribución de los conocimientos, lo que alimenta las desigualdades. Hay que encontrar los mecanismos para que las escuelas y los grupos escolares que hasta ahora recibieron menos, sean los que reciban más.


