Los cambios, un viejo vicio en el alto tribunal

Se cambió un juez cada 488 días
Adrián Ventura
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29 de septiembre de 2005  

Antonio Boggiano llegó a la Corte con la era menemista y se tuvo que ir con su finalización. Pero en el origen de los nombramientos y de las remociones no están los pecados que pudieron cometer él u otros jueces que lo precedieron. Los sucesivos cambios en la composición del tribunal son un acendrado vicio de la forma argentina de hacer política: en nuestra historia tuvimos 106 jueces de la Corte, a razón de uno cada 488 días.

El ahora ex juez Boggiano tiene alguna razón cuando dice que el Senado no le garantizó su más amplia defensa y cuando afirma que la Cámara alta no fue completamente imparcial: en definitiva, el presidente Néstor Kirchner impulsó el enjuiciamiento de la Corte en 2003 y su esposa, la senadora Cristina Fernández de Kirchner, lo motorizó de modo inocultable. También se queja de que el Gobierno le envió mensajes en favor de su estabilidad y que, a la larga, lo destituyó.

Hay en él y en otros jueces responsabilidades. Algunos asumieron su cargo dispuestos a obedecer; otros, con la ilusión de ser independientes, y no muchos lo lograron.

Pero no busquemos en la actitud de los jueces la causa de los hechos. Para ser sinceros, debe admitirse que muchos abogados alguna vez soñaron con acceder a un sitial de la Corte de la mano del presidente que les ofreciera esa única oportunidad.

Por supuesto, tampoco se trata de eximir de sus culpas a Boggiano ni mucho menos a los otros magistrados que formaron la mayoría automática de la Corte menemista, grupo del que, en realidad, Boggiano se separó en 1998.

En no pocas ocasiones, esos magistrados sostuvieron en sus sentencias criterios jurídicos harto discutibles, tan sólo entendibles a la luz de alguna soterrada finalidad política ajena a toda noción de justicia. Pero no eran esos vicios lo que estaba juzgando ayer el Senado.

El problema no pasa exclusivamente por allí. Reside, en cambio, en la utilización que pretende hacer de la Corte cada presidente de la Nación que llega al poder.

Por eso, durante nuestra corta historia como país, en una Corte de cinco, siete o nueve sitiales -según las épocas- tuvimos tantos jueces. Demasiados magistrados para un tribunal relativamente pequeño.

Un tribunal estable

Casi todos los presidentes argentinos del siglo XX, con el argumento de construir una mejor Corte, pretendieron hacer un tribunal nuevo, removiendo a sus anteriores integrantes por vía del juicio político (como lo hizo Juan Domingo Perón), invitándolos a retirarse o, directamente, modificando el número de integrantes del alto tribunal (como lo hizo Carlos Menem). El ex presidente Raúl Alfonsín intentó esto último y Menem lo hizo.

Cuando prometió una renovación de la Corte menemista, el presidente Néstor Kirchner hizo más de lo mismo: oxigenó, sí, el alto tribunal, como reclamaba la ciudadanía, pero también eliminó de su seno a varios jueces que, por haber atravesado diversas gestiones presidenciales, no tenían ningún vínculo político o ideológico con él.

Esto no implica que los cuatro magistrados que nombró Kirchner -Elena Highton de Nolasco, Ricardo Lorenzetti, Eugenio Zaffaroni y Carmen Argibay- sean dependientes del Presidente: todos ellos son juristas valiosos, pero tienen el mismo pecado de origen que los jueces nombrados por Menem. Deben demostrar que son independientes del presidente que los nombró.

La experiencia política y jurídica argentina indica que, durante casi un siglo, la gran mayoría de los presidentes argentinos gobernó el país mediante medidas de emergencia, con escaso control del Congreso o de la Corte.

La Corte se resiente con demasiados cambios juntos. Kirchner ya nombró cuatro ministros y ahora tiene la oportunidad de designar los reemplazantes de Boggiano y de Augusto Belluscio. Y tendrá otras oportunidades.

De una vez por todas es necesario construir una Corte no sólo mejor, sino también más estable.

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