Los montes esconden el horror de la guerra
A pocos kilómetros de Puerto Argentino se encuentran restos de armas, ropa y elementos usados durante los enfrentamientos
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PUERTO ARGENTINO.- "¿Saben qué tienen que hacer ustedes, los argentinos? Subirse a uno de los montes, ver la isla y, en soledad y tranquilidad, reflexionar..."
La sugerencia de un inglés que vino a trabajar a las islas en una actividad que prefirió no revelar y que coincidió con La Nación en el pub del hotel Upland Goose no deja lugar a dobles interpretaciones. El hombre vive cerca de Londres y aún tiene fresco el recuerdo de la guerra de 1982. No le caen simpáticos los argentinos.
Inglés al fin, no lo deja trascender, salvo cuando la cerveza rubia comienza a hacer efecto. Es cuando pierde la línea y formula cargos: usa siempre la palabra "ustedes" para narrar los peores hechos, y "nosotros", cuando recuerda el desempeño de las tropas que comandó Jeremy Moore, a quien aquí consideran un héroe.
Tanto que una calle lleva su nombre, al igual que el de la ex primera ministra Margaret Thatcher.
El hombre, de unos cuarenta y pico de años, abandonó a su grupo de amigos en el pub y consideró más provechoso confrontar ideas. Habló de "invasión" y de "liberación"; recordó el episodio de Goose Green, cuando las tropas argentinas llegaron y encerraron en un galpón por más de 90 días al puñado de habitantes rurales de ese poblado. No se olvidó de nada.
Inquirió, retrucó y, cuando las palabras comenzaron a salirle con alguna dificultad, pidió explicaciones.
El campanazo final del barman Ray que ordena cerrar el local, a las 23, resultó mágico. Antes de despedirse con una sonrisa y una fórmula cordial y respetuosa, el inglés repitió: "Vayan al monte, ahí hay silencio para pensar". La sugerencia no era mala.
En las alturas
La rotura de una antena por parte de un avión de guerra llevó a La Nación al monte Williams, unos 8 kilómetros al sudoeste de Puerto Argentino. Allí hubo un combate.
Sólo se puede acceder en un vehículo de doble tracción y con un chofer experimentado. Hay piedras enormes, quebradas pronunciadas, una vegetación abundante y rasa, viento y mucho frío. También recuerdos de la guerra.
Fue el primer encuentro con rezagos de una batalla verdadera, con cosas que no se ven en los museos y que no están preparadas para el turismo. Un foso en la tierra húmeda de un metro de profundidad, alambre de púas, maderas... En fin, una trinchera.
Gastada por el tiempo, derruida, en jirones, una bolsa de dormir. "Es argentina", dijo el guía, conocedor de los pertrechos de una parte y de otra.
Unos 200 metros más atrás y siempre con el viento en los oídos, como si en el campo hubiera miles de millones de abejas, la estructura de una de las carpas de campaña, que, desde lo alto, vigilaba el camino a la capital de las islas y la bahía de Puerto Harriet.
Entre los pastos crecidos, detrás de una barrera natural de piedra, se podían ver varias zapatillas Pampero, y con el sello de Industria Argentina, desperdigadas, cantimploras, baterías de radio, vasos rotos, algunas botellas, un botón, un tubo de pasta dental Kolynos, trapos de una bolsa de dormir o quizá de un uniforme, cajones para transportar armamento... Una escenografía patética montada a una distancia lejana, que apenas deja ver una miniatura de la ciudad.
El viento y el frío pueden convertir cualquier abrigo en inservible.
En el Longdon
Desde la altura del monte The Camber, justo frente a Puerto Argentino, se ve perfectamente el movimiento de cada auto que anda por la ciudad. Allí también hubo tropas argentinas para defender el sitio tras el 2 de abril. En esa zona no hubo batallas, pero aún queda la estructura vieja y oxidada de una batería antiaérea.
A unos 10 kilómetros de esta ciudad, que ayer lucía quieta y soleada, está el monte Longdon, donde comenzó a definirse la Guerra de las Malvinas.
El acceso también es difícil, tanto que la 4x4 se quedó en un vado y no hubo manera de sacarla. Volver a pie fue la única solución.
En el monte Longdon se desarrolló una de las batallas más intensas. Fue durante la noche del 11 de junio.
"Al anochecer, el enemigo mandó paracaidistas a todos los frentes. Los buques Avenger, Glamorgan y Yarmouth brindaban apoyo de fuego naval. En Longdon, la primera sección, empeñada en el combate cuerpo a cuerpo, debió ceder la cresta de la altura. Dejó varios muertos." La narración pertenece al libro "Operaciones terrestres en las islas Malvinas", editado por el Círculo Militar Buenos Aires, en 1985.
Hay placas que recuerdan el saldo de la batalla. Todas inglesas, incluso una cruz grande de metal que, cuando cae la noche, tiene un brillo que impresiona.
El príncipe Carlos estuvo en este lugar cuando visitó las islas. Dejó una corona de flores.
La batalla final
Tras intensos bombardeos durante la madrugada, los argentinos se replegaron hacia Wireless Ridge, dos kilómetros hacia Puerto Argentino. Era el 12 de junio de 1982.
El libro antes citado cuenta que "en 10 horas de combate continuo murieron 200 de los 278 que tenía a cargo el jefe del sector". Todavía están en las ondulaciones de la loma cañones argentinos y restos de batería antiaérea.
La historia estableció luego que, a eso de las 21 del 13 de junio, los británicos avanzaron hacia el sector replegado y ocuparon las estribaciones de las alturas. Para evitar el aniquilamiento de las fuerzas de tierra, hubo un nuevo repliegue hasta la ciudad. Se hablaba de rendición.
Ayer, cuando caía la noche en Wireless Ridge, la ciudad volvió a verse pequeña. Otro vado impidió por un buen rato el regreso. Hacía mucho frío; había un gran silencio.
Tenía razón el inglés del pub. En los montes, en soledad y tranquilidad, se puede reflexionar.
Tumbas argentinas con claveles de plástico
El gobierno local cuida el cementerio
PUERTO ARGENTINO (De un enviado especial).- Cada una de las tumbas identificadas de los soldados muertos durante la Guerra de las Malvinas tiene claveles de plástico de colores. De cada cruz pende un rosario. Cada una tiene el nombre y el grado del muerto en combate.
En medio de la nada, en una loma desde donde no se alcanza a ver el pequeño poblado de Darwin, el cementerio donde yacen los argentinos está tan cuidado y prolijo que parece que los familiares pasaran por allí todos los días.
Pero no es así. Un cuidador pagado por el gobierno de las islas se encarga de que cada cosa esté en su lugar exacto, que el pasto entre las tumbas luzca siempre al ras, que cada piedrita que forma el camino esté bien ubicada y que las 252 cruces luzcan impecables.
La prolija cerca de madera, la puertita y la cruz grande que representa a los soldados que no pudieron ser identificados también están inmaculadas.
Visitas y restricciones
Pero los familiares de los soldados caídos no pueden ir todos los días al cementerio. Sólo tienen permitidas las visitas en contingentes de 20 personas, una vez cada tanto. Por eso las flores son de plástico, para que se mantengan a pesar del clima.
No está permitido colocar insignias argentinas ni banderas. De algunas de las cruces cuelgan rosarios pintados de celeste y blanco; en algunas placas se lee la palabra "Malvinas". Es la máxima transgresión tolerada por el gobierno de las islas.
Por hacer flamear una bandera argentina, un joven argentino, familiar de uno de los caídos en combate, fue detenido y apercibido por las autoridades locales.
El camino desde Puerto Argentino hasta Darwin no es malo, pero es sinuoso, tiene partes de ripio y conviene hacerlo con un baquiano: en los alrededores abundan los campos minados, como advierten decenas de carteles. Se tarda algo más de una hora y media.
Está un poco antes de llegar a Goose Green (Pradera del Ganso). Allí, entre el 27 y el 29 de mayo de 1982 se produjo el primer combate de magnitud durante la Guerra de las Malvinas. Chocaron más de 700 hombres de cada bando y todavía no se sabe con certeza cuál fue el número de muertos.
Es un lugar donde no quieren a los argentinos. Los pobladores de la pequeña aldea rural son hostiles porque recuerdan los días que pasaron encerrados en un galpón al comenzar la guerra.
Un desvencijado garaje de chapas que tenía la inscripción "Depósito Fuerza Aérea" pagó las consecuencias de la bronca acumulada. Alguien con una brocha gorda trató de tapar las letras. Tal vez para forzar el olvido.
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