
Los votos en blanco no tendrán incidencia en los cómputos
En las elecciones de senador su alcance será nulo; sólo influirían en la provincia de Buenos Aires
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Los alcances del voto en blanco, que por estos días generan debates y despiertan no pocas dudas, guardan sus secretos a partir de la reforma constitucional de 1994 y difieren según los cargos que estén en juego.
Para una elección presidencial el cómputo de ese tipo de sufragios puede tener una influencia determinante, al punto de constituirse en la diferencia entre un triunfo en primera vuelta y un ballottage.
Distinto es el caso de los comicios legislativos nacionales, como los que tendrán lugar el 14 del actual. Su incidencia en la elección de los senadores es nula. Y en la de diputados tampoco influye, porque sólo podría tener una significación mínima ante una situación excepcional en la provincia de Buenos Aires.
Estos matices se dan por dos factores:
- A raíz de la reforma constitucional, los votos en blanco no se computan a la hora del escrutinio, lo que aumenta automáticamente el porcentaje obtenido por todas las listas de candidatos (porque el total de sufragios pasa a ser menor), sean cuales fueren los cargos en disputa.
- La elección de la fórmula presidencial, de los senadores y de los diputados se rige por criterios de recuento diferentes.
Suspicacia menemista
Embarcados en el proyecto reeleccionista del entonces presidente Carlos Menem, los convencionales justicialistas introdujeron en la letra de dos nuevos artículos de la Carta Magna (97 y 98) el concepto de "votos afirmativos válidamente emitidos".
En esta figura se basó el PJ en el Congreso para determinar de inmediato una reforma a la legislación electoral, mediante la cual, entre otros cambios, se dejó de considerar a los votos en blanco para el cómputo de los porcentajes que arrojan los escrutinios.
Se sostuvo que el voto afirmativo significa elegir expresamente a alguien y que, por lo tanto, el sufragio en blanco, si bien es válido, no debe considerarse en aquella categoría.
¿Cuál fue la suspicacia del menemismo? Buscó con ese sistema atemperar los efectos de la forma de elección del presidente de la Nación introducida en la Constitución por exigencia del radicalismo, como parte de lo acordado en el pacto de Olivos.
Esto es, que triunfa el candidato presidencial que obtenga más del 45% de los votos o más del 40% y una diferencia mayor de 10% respecto del segundo. De no alcanzarse los porcentajes de alguna de esas dos fórmulas se realiza una segunda vuelta electoral.
Las ecuaciones son claras: si sobre 100 electores, antes de la reforma constitucional, el más votado obtenía 44 sufragios y había 5 en blanco, el escrutinio le computaba al primero el 44%.
Tras el cambio, el cálculo ya no se hace sobre 100 sino sobre 95, porque se excluyen los votos en blanco. En ese caso, los 44 sufragios pasan a representar el 46,32 por ciento.
Minorías legislativas
Otra es la modalidad para elegir senadores, que el domingo próximo debutará en plenitud. En cada distrito deberán elegirse, por voto directo de la ciudadanía, tres representantes. Y la reforma constitucional determinó que dos bancas le corresponderán al partido que obtenga el mayor número de votos (mayoría) y la restante, al segundo (primera minoría).
Es decir, en este rango el voto en blanco, al igual que los nulos, no tiene incidencia.
Para la elección de diputados, el mecanismo que se aplica, denominado D´Hont, también determina la adjudicación de bancas sobre la base de la cantidad de sufragios obtenidos, no del porcentaje.
En consecuencia, el voto en blanco no influye en ese reparto, con una salvedad: el sistema D´Hont establece que entrarán en el cálculo para la distribución de escaños las listas que obtengan más del 3 %. Y para esta eventualidad vale el ejemplo citado de la elección presidencial, ya que los votos en blanco aumentan los porcentajes de todos los contendientes.
De ese modo, la exclusión en el conteo de esos sufragios sólo podría beneficiar a un partido minoritario para alcanzar aquel piso porcentual.
Un caso excepcional
Pero esto no significaría asegurarse una banca, porque cuantos menos escaños hay para distribuir mucho más remotas son las posibilidades para esas agrupaciones. Esto lleva a que en todos los distritos, salvo el bonaerense, las probabilidades sean nulas.
Sólo se daría el caso si en la provincia de Buenos Aires se registra un comportamiento extraordinario de los electores, que se traduzca en una combinación de altísimos porcentajes de votos en blanco o nulos, de una concentración mayoritaria de sufragios en una lista y de una gran dispersión de bajo caudal electoral en el resto de las nóminas.
El D´Hont, no obstante, no deja de ser considerado el sistema más imparcial para la distribución proporcional de cargos representativos.
Los cuestionamientos surgen al evaluar el régimen electoral al que se aplica: las listas sábana, que no permiten al elector conocer fehacientemente a la mayor parte de los candidatos que está votando.
Aumento del ausentismo
En rigor, lo que viene caracterizando a las elecciones nacionales, principalmente las legislativas, es un progresivo aumento del ausentismo.
En promedio, en los últimos comicios el 20% de los electores no ha concurrido a votar. Para las elecciones de pasado mañana hay unos 25 millones de empadronados: la repetición de ese porcentaje significaría que 5 millones no comparecerían a las urnas.
En los comicios de 1999 casi 4,4 millones no votaron, pero el ausentismo se acentúa en elecciones exclusivamente legislativas. Desde 1983, cuando no votó el 13,96% del padrón, el ausentismo fue creciendo paulatinamente hasta llegar al 20,31% en los comicios legislativos de 1997. Ese porcentaje sólo fue superado, desde la restauración democrática, en la jornada en que se eligieron convencionales constituyentes, en 1994. Entonces, el 22,18% no votó.
Una idea de la significación que tiene el ausentismo y los sufragios que no se computan puede darla una proyección del escrutinio de 1999: Fernando de la Rúa triunfó en la primera vuelta electoral con alrededor del 49% de los votos positivos.
Si el cálculo se hace sobre el padrón (incluye ausentes y votos en blanco y nulos), el porcentaje hubiera rondado el 38%. Guarismos similares surgen de una proyección equivalente de 1995, cuando fue reelegido Carlos Menem.



