
Murió el líder de la UOM, Lorenzo Miguel
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Luego de padecer durante años una enfermedad que afectaba sus funciones pulmonares y renales, el líder histórico de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), Lorenzo Miguel, murió ayer a la mañana en el Sanatorio Mitre, a los 75 años.
Lorenzo Miguel encarnó el símbolo inconfundible del poder sindical peronista a través de décadas de historia política argentina y su gremio, la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), un punto de referencia inevitable tanto para asegurar el verticalismo del movimiento nacional justicialista como para condicionar con su poderosa estructura a cualquier gobierno, fuera éste militar o, muy particularmente, de origen constitucional.
Miguel padecía desde hacía tiempo graves problemas de salud por causa de su condición de diabético. El lunes pasado el sindicalista fue internado luego de sufrir una descompensación.
Su enfermedad se agravó durante el último año: debió someterse a tres sesiones de diálisis por semana. Este tratamiento le impidió concurrir durante todo 2002 a su despacho de la UOM.
La muerte de Miguel se produjo a primeras horas de la mañana. Su mujer, Elena Ramos; su hija, Mariana, y su secretaria, Lidia Vivona, se encontraban en el sanatorio junto a él.
Si bien sus compañeros de la UOM querían que el velatorio tuviese lugar en la sede Capital de la organización sindical, los familiares de Miguel decidieron hacerlo en la cochería Yarlori, Murguiondo 3356, en Villa Lugano, barrio en el que el gremialista vivió los últimos 30 años.
El velatorio comenzó ayer a las 15 y terminará hoy a la misma hora. Luego, sus restos serán trasladados al cementerio de Flores.
El cuerpo del mítico sindicalista fue sometido a un tratamiento denominado tanatopraxia, que consiste en el reemplazo de los fluidos corporales por conservantes. Mediante este proceso se le devuelve el color natural al rostro y se evita la emanación de olores. El encargado de realizar el tratamiento fue el subdirector de la morgue de la Universidad de Buenos Aires (de lo que se informa por separado).
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Lorenzo Miguel representó, como el que más, la continuidad de un gremialismo que de manera decisiva contribuyó a socavar las bases del gobierno del doctor Arturo Illia, hasta lograr su derrocamiento.
Sucedió como secretario general de los metalúrgicos a otro de los duros del gremialismo, Augusto Timoteo Vandor, el 20 de marzo de 1970, y desde entonces mantuvo una conducta dual que le permitió tanto ser idolatrado por sus pares como denostado por un amplio sector de la sociedad.
Fue él mismo quien defendió al gobierno de María Estela Martínez de Perón hasta su caída, el 24 de marzo de 1976, sin "borrarse" como el entonces jefe de la CGT, Casildo Herreras. Pero que no despreció la protección de su amigo el almirante Emilio Eduardo Massera (uno de los integrantes de la Junta Militar), según certifican testimonios de la época, para evitar que el Ejército tomara represalias contra él. Con Massera se ayudaron, según los tiempos, de manera mutua. Miguel había influido para que éste fuera designado, a fines de 1973, comandante en jefe de la Armada.
Para asegurarse el vital apoyo sindical al proyecto de las Fuerzas Armadas se lo mantuvo preso, pero nunca figuró en la lista de los desaparecidos, como ocurrió con otros sindicalistas.
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Con 75 años, casado y con dos hijos, Miguel vivió sin ostentaciones durante casi 50 años, primero en Villa Lugano y después en Caballito, y hasta pasaba sus vacaciones en Mar del Plata o Mar de Ajó, aunque realizaba incursiones a las islas Caimán y a Italia. Se supone que era poseedor de una apreciable fortuna personal.
Uno de sus sostenes, el empresario Julio Raele, mantiene vínculos comerciales con la UOM que aseguraron su permanencia en el poder, según describieron los periodistas de LA NACION Ricardo Carpena y Claudio A. Jacquelin, quienes en su libro "El Intocable" analizaron con minuciosidad esta vida polémica.
Llevó a la práctica el concepto sindical de "golpear para negociar" como forma de demostrar que una huelga era siempre el mejor camino de conseguir sus propósitos si la autoridad de turno no entendía razones.
Cuidándose de no figurar en primer plano pero siempre detrás de las decisiones, fue ya en la democracia el principal apoyo de Saúl Ubaldini al frente de la CGT. Con sus 13 paros generales, Ubaldini torció innumerables decisiones desde 1983 del entonces presidente radical Raúl Alfonsín. Y aunque éste alentó primero el proyecto de reordenamiento sindical, que tendía a democratizar la vida interna de las organizaciones y erradicar un modelo sindical de raíces autoritarias, como que está inspirado en el sistema que los fascistas instauraron en Italia, debió finalmente ceder ante Miguel y nombrar a un hombre de su confianza, el lucifuercista Carlos Alderete, al frente del Ministerio de Trabajo.
El destino hizo que fuera compañero de detención, entre 1976 y 1978, de quien había sido hasta el Proceso el gobernador de La Rioja y durante diez años presidente de la Nación, Carlos Menem, en el buque 33 Orientales.
Entonces Miguel criticó la aparente falta de valentía de Menem para superar la adversidad. Pero acorde con su acomodamiento, no tardó en elogiar su llegada a la Casa Rosada a partir de 1989.
Paradójicamente, fue un gobierno peronista -el de Menem- un determinante clave en la pérdida de poder del sindicalismo en general, y de los gremios industriales en particular. Fue la estrategia política para controlarlos. Por añadidura, la UOM fue perdiendo espacio político y sindical de manera correlativa con el retroceso de la industria metalúrgica en relación con otras actividades productivas del país.
A pesar de que Menem ayudó económicamente a la UOM -con el argumento de compensar el dinero que el último gobierno militar no había aportado a las obras sociales-, los metalúrgicos recuerdan con nostalgia a sus otrora 400.000 afiliados. Ahora cuentan, según cálculos oficiosos, con sólo 60.000 miembros. Una merma generalizada no sólo producto de la desocupación y del retroceso metalúrgico, sino también de deficiencias en la conducción gremial.
Alejado de la actividad permanente por la agudización de su diabetes y las extensas sesiones de diálisis a las que se veía sometido, igualmente recibió este año a los precandidatos del PJ Adolfo Rodríguez Saá y Carlos Menem. Esos hechos dieron lugar a especulaciones sobre un respaldo político que nunca se concretó.
Aun en decadencia, los políticos seguían golpeando a su puerta. Más cerca del mito que del poder real, la lucha por quién será su sucesor se ha iniciado aunque en la UOM sólo haya dificultades y un tiempo de inimaginable retorno al papel dominante de décadas atrás.




