Rodríguez Saá, de la euforia a la inquietud

El candidato a presidente transitorio ofreció cargos y redactó el discurso de su asunción, que todavía no está asegurada
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23 de diciembre de 2001  

Nada iba cambiar ayer el ánimo del exultante Adolfo Rodríguez Saá. A metros del despacho que ocuparía desde hoy hasta marzo, él elegía a sus futuros ministros (el plan lo había terminado de definir en la madrugada) y preparaba su discurso cuando su futuro, de golpe, pareció peligrar.

Los gobernadores y los legisladores peronistas que invadieron ayer otra vez la Casa Rosada le contaban que no había acuerdo para votarlo como presidente transitorio ni para convocar a elecciones anticipadas para completar el mandato de Fernando de la Rúa. De la excitación por la vuelta al poder habían pasado a una cierta preocupación y hasta indignación.

Para "El Adolfo", como le dicen todos los peronistas, estaba más la convicción de que su futuro estaba sellado. Se reía, caminaba y saludaba como si ya fuese presidente.

Después de almorzar con varios gobernadores, y cuando nada estaba definido, él igual se fue al departamento de un amigo. Quería repasar cada párrafo del discurso que daría hoy si Puerta le pone la banda presidencial en el Salón Blanco. "Va a ser un discurso importante para la Argentina, en un momento histórico como el que me toca asumir", dijo anoche a LA NACION Rodríguez Saá mientras esperaba en el Senado que la Asamblea Legislativa lo eligiera presidente.

Anticipó que anunciará la creación de un millón de puestos de trabajo.

Las negociaciones para conseguir su nominación y las elecciones anticipadas por la ley de lemas se hicieron ayer en la sede del poder, desde el mediodía hasta pasadas las 22. Fue un día en el que la tensión apareció de a poco y se reflejó en una escena: un importante gobernador mostró su pulgar hacia abajo pasadas las 16 como señal de que todo estaba "inesperadamente" complicado para el peronismo.

Amenaza en la Rosada

"Esto es así: si los radicales y los frepasistas traban la votación en la Asamblea Legislativa, que vengan y que arreglen el tremendo caos que dejaron", dijo terminante Ramón Puerta, que hasta hoy es presidente.

"Cuando se cumplan las 48 horas que me corresponden estar a cargo del poder, me voy", amenazó el misionero, que casi ni se movió durante todo el día del despachó que ocupó De la Rúa en los últimos 740 días.

En toda el área presidencial de la Casa Rosada (donde están las oficinas clave) se respiraba preocupación en la medida en que pasaban las horas. LA NACION fue testigo de las negociaciones previas para conseguir que Rodríguez Saá fuera el presidente de la transición postulado por el PJ.

Casi no quedaban rastros de los funcionarios que se fueron; tampoco estaban los paquetes con cuadros, adornos y regalos etiquetados con la frase "Propiedad de De la Rúa". Sólo hubo un momento de tensión mínima cuando colaboradores de los gobernadores descubrieron oficinas cerradas con llave. "Esto es el colmo", se quejó desolado un colaborador que ni siquiera encontraba un baño.

José Luis Manzano, sonriente y apurado, con una corbata amarilla furiosa, salía del despacho de Puerta. Estuvo en el diseño de la estrategia de las 48 horas de Puerta en la presidencia. Esto causó cierto malestar entre algunos gobernadores del PJ que decían que el misionero designe ministros con el consejo de Manzano.

Los peronistas se pasaron las últimas 48 horas denunciando presiones del mundo empresarial (que ninguna fuente identificaba) para que no hubiera elecciones anticipadas. A esto se sumaron dos cuestiones que amenazaban la elección de Rodríguez Saá: los reclamos del menemismo para ocupar lugares en el gabinete y el rechazo de los partidos provinciales.

El mensaje menemista lo llevó el gobernador de La Rioja, Angel Maza: pedían dos ministerios y el PAMI. Pero Rodríguez Saá tenía decidido que la obra social de los jubilados sería provincializada. Les dio el Ministerio de Turismo y Deportes, que ocuparía Daniel Scioli, amigo del ex presidente Carlos Menem, y, según fuentes que estaban en el comedor presidencial, eso habría resuelto el voto menemista para la asamblea de anoche.

El problema a esa hora, cerca de las 18.30, era la resistencia de los legisladores provinciales a acompañar la propuesta peronista. Puerta llamó a varios legisladores y los citó en el despacho presidencial. Mientras los esperaba (la oposición de la UCR y el Frepaso era inmodificable), el gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner resumió la situación: "Vamos a elecciones. Si no quieren, nosotros nos vamos de acá y que vengan ellos".

Un puntano confiado

El gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, daba instrucciones a su secretaria. "Copiá en un disquete lo que te dejé, pero modificá donde dice 31 y poné 5, y donde dice 17 poné 31", dijo el hombre que redacta todo los documentos del PJ. Se refería al proyecto de ley de lemas para modificar el Código Electoral y esos números eran la fecha de convocatoria a elecciones y la fecha probable de ballottage para el caso de que el ganador de las elecciones de marzo triunfe con menos del 45 por ciento.

"Y bueno... si no aceptan, que vuelvan", dijo el gobernador cordobés, mirando de reojo a LA NACION. El acuerdo para nombrar presidente a Rodríguez Saá y convocar a elecciones estaba hecho y anunciado, y el PJ no estaba dispuesto a retroceder.

Carlos Reutemann, gobernador de Santa Fe, hizo una mueca con su cara (la de siempre: con los labios para abajo) y se fue caminando despacio porque se había torcido un pie. Las reuniones entre los gobernadores seguían. Los presidentes de los bloques legislativos, Humberto Roggero y José Luis Gioja, y el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, llegaron a la Casa Rosada con cara de preocupación.

Pero se fueron con la instrucción de defender el acuerdo que se había anunciado anteanoche en el Senado, cuando Puerta dijo que el peronismo llevaría a Rodríguez Saá a la presidencia transitoria. La mayoría de los gobernadores se quedaron casi hasta las 20.30. Sólo el bonaerense Carlos Ruckauf se fue antes. Parecía despreocupado: "Me voy a ver a mis nietos", dijo. La actitud sólo mostraba que el PJ no iba a ceder.

El Salón Blanco estaba listo para la ceremonia de asunción del nuevo presidente. Pero todo se demoraba.

Rodríguez Saá decía que iba a jurar horas después y que presentaría su gabinete y su plan. "Me voy a casa a buscar a mi familia y esperar", dijo. Puerta intentaba convencer cerca de las 22 a los legisladores provinciales que llegaron y se fueron con la negativa. El fotógrafo presidencial esperaba en un sillón alguna definición.

Todos, menos Puerta, se fueron a esperar el resultado de la Asamblea Legislativa, que no estaba asegurado. Rodríguez Saá no aguantó y se fue al Congreso. "Me siento rebien . Estoy preparado para este momento histórico", dijo pasada la medianoche a LA NACION.

Nada estaba seguro y el PJ jugaba a fondo: o se quedaban con todo o les dejaban el poder a los otros.

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