
Ruinas de una batalla entre el temor y el frío
El avance inglés sobre el monte Harriet
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PUERTO ARGENTINO (De un enviado especial).- Seguramente alguien murió la noche del 11 de septiembre debajo del cobertizo de piedra cerca de la cima del monte Harriet donde alguien clavó una pequeña cruz de madera, sin nombre. Yacen a un lado una bota de un cuero carcomido por los años de intemperie, jirones de una manta delgada y esquirlas de varios proyectiles oxidados.
Son testigos inmóviles de una batalla que costó la vida de por lo menos 30 soldados argentinos y dos británicos, entre esta pila de rocas moldeadas por el viento, que se elevan apenas sobre una planicie amarillenta, interminable.
A menos de media hora por la ruta de ripio que se divisa desde la cima está la capital de las islas, el bastión que las fuerzas argentinas quisieron proteger hasta el final desde estas fortalezas naturales en el medio de la nada.
Aun en una tarde despejada de otoño cuesta caminar entre las piedras, con las ráfagas cortantes y una temperatura que se acerca peligrosamente a cero.
Pero cuando algún soldado desconocido dejó perdido aquí ese cepillo de dientes morado que resiste el paso del tiempo era de noche casi sobre el inicio del invierno, cuando los británicos iniciaron el avance final hacia Puerto Argentino con un ataque masivo a los montes Longdon, Harriet, Dos Hermanas y Kent.
Las secuelas del caos de esa noche de batalla cuerpo a cuerpo aparecen aquí y allá en el Harriet. Las posiciones argentinas llevaban casi dos meses allí cuando las sorprendió el avance del enemigo, en la oscuridad, imprevisiblemente desde el Este, sorteando los campos minados.
Detrás de uno de los bloques de piedras que usaban los soldados para dormir y guarecerse se ven una afeitadora Gillette blanca, cordones de zapatos, cables pelados y una lata demasiado oxidada en la que todavía se lee "mondongo".
Los restos de un espejo que ya refleja muy poco, tubos de dentífrico, retazos de pantalones, pilas (muchas pilas), trozos de un transmisor de radio y su antena, atada con alambre... Los recuerdos del horror se suceden sin pausa.
Nueve horas
Cinco zapatillas de lona blanca, sin marca, pero con la inscripción "industria argentina" quedaron juntas, dentro de un agujero en la tierra, provocado por la explosión de una carga de artillería.
Desde la cima se divisan con claridad los campos que atravesaron esa noche los británicos. Un mortero de 120 mm todavía apunta hacia ese terreno con aires de fin del mundo. Al lado, un pequeño calentador verde y un borceguí negro.
Quienes estaban en esa posición el 11 de junio divisaron al enemigo demasiado tarde para que semejante armamento, que dispara a cientos de metros, pudiera servirles.
La batalla empezó casi allí. Se extendió casi nueve horas por el camino a la cima. Hoy se puede desandar quizás en 15 minutos, si el viento lo permite. Esa noche los argentinos caían prisioneros o muertos, en una lucha lenta, casi cara a cara.
Frascos de remedios, una silla rota, cajas de cartuchos de ametralladora calibre 12,7 mm, carcasas de misiles livianos se mezclan con un desodorante a bolilla Odorono.
Eran casi las ocho cuando las posiciones argentinas se rindieron. Las ruinas del combate llegan casi hasta la última piedra que corona el Harriet, allí donde está la pequeña cruz sin nombre, y a un par de pasos de donde un ex combatiente inglés colocó una placa de bronce para sus compañeros muertos.






