Sangre indígena y una insaciable vocación de alcanzar el gobierno

Adolfo Rodríguez Saá intenta ser presidente desde 1987; fue acusado de corrupción Es gobernador de San Luis desde 1983, sin interrupción Tiene altos porcentajes de adhesión, pero fue cuestionado por manipular la Justicia Fue impulsor del Frente Federal
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22 de diciembre de 2001  

Si por algo sufrió reproche (hasta la burla) el perdido presidente Fernando de la Rúa fue por su indecisión.

Su anunciado sucesor, por ahora sólo electo entre un grupo de dirigentes peronistas, podrá (y ha sido) acusado de muchas cosas, pero no de aquélla.

Adolfo Rodríguez Saá llegará al puesto al que se siente destinado por una voluntad de poder que heredó con el apellido y que aguzó como una lanza desde la tierna edad de 15 años, al punto de no vacilar ahora en aferrar el timón del país en medio de la tormenta, pese a que deberá bajar a puerto, le guste o no, dentro de tres meses.

Probablemente no imagine alternativa posible cuando es el más alto sitio de poder lo que se ofrece.

Juan Saá, su primer antecesor puntano, guerreó contra el brigadier don Juan Manuel de Rosas y las huestes porteñas hasta hacerse con la gobernación de San Luis, en 1860. Desde entonces, su linaje, producto de su unión con la india Feliciana, se ha turnado en la conducción de la provincia.

El abuelo del próximo presidente, un homónimo Adolfo “Pampa” Rodríguez Saá, se distinguió como gobernador entre 1902 y 1908. La familia era conservadora (Demócrata Liberal) y de su nieto Adolfo, nacido el 25 de julio de 1847, no se esperaba otra cosa.

A los 15 años, Adolfo fundó la revista La Voz de San Luis para atacar al peronismo y partió a la Capital a estudiar abogacía. Pero regresó otro: en 1969 se hizo peronista con su hermano Alberto, actual senador nacional, y en 1971, logrado el título de la Universidad de Buenos Aires, apoderado del PJ local. Dos años después era diputado provincial y jefe de bloque; un año más y ya enfrentaba al gobernador Elías Adre.

Al regreso de la democracia, en 1983, se alzó con la gobernación y ya no la dejó, como si viniera con el apellido. Parece haber convencido a sus comprovincianos de que es así. Ganó en 1983 con el 40,49% de los votos; fue reelegido en 1987 con el 52,12% y el 50,51% en 1991; revalidó el título con un impresionante 71,75% en 1995 y un todavía contundente 54,9% en 1999.

El secreto de su éxito

Este año, sus candidatos a senadores y diputados nacionales obtuvieron un 67,3% contra la Alianza en retroceso. ¿El secreto de su éxito? El mismo lo atribuyó hace años a las famosas Actas de Reparación Histórica con que el entonces presidente Juan Perón benefició a San Luis, San Juan, Catamarca y La Rioja.

Era el inicio de un régimen de promoción industrial que permitía a las empresas nacionales y extranjeras instalar fábricas en la zona con una mínima inversión y descontar el resto de los impuestos. Desde entonces, sus planes de obras públicas, su impulso del empleo, su asistencia social a desocupados y jóvenes y hasta su oferta de financiar actividades culturales deslumbran al más opositor.

Si uno lo escucha, parece extranjero en tierra política: no cesa de abogar por la modernización del país, se queja de las viejas generaciones y sostiene que sólo los menores de 40 años pueden administrar los gobiernos con buenos resultados (se excluye de la regla, por supuesto).

El lado oscuro de la Luna: sus opositores le achacan todo defecto imaginable. Su ex secretario general de la Gobernación, Arturo Petrino, recordó que en 1983 el todavía no gobernador tendría dos autos y una propiedad hipotecada y ahora decenas de bienes. Se le adjudicaron mansiones millonarias. Respuesta: “Como no pueden ganarme ni criticar el extraordinario crecimiento de San Luis inventan todo esto”.

Con los años se ha vuelto aún más impermeable. En 1992, cuando introdujo en las escuelas el libro “San Luis. Sus hombres, su historia, su cultura”, que contenía 17 imágenes de sí mismo y frases como “El gobernador aceptó gustoso el desafío de hacer grande a la provincia y feliz a su pueblo” y estalló el escándalo, lo retiró y aceptó que había sido un error.

Pero en la noche del 21 de octubre de 1993, cuando su ex amante Esther “La Turca” Sesín complotó con otros para secuestrarlo y obligarlo a posar para un videotape en contorsiones sexuales, no se amilanó. Lo contó a su esposa, la profesora de inglés María (Marita) Alicia Mazzarino, a los notables de su provincia, al entonces presidente Carlos Menem y al mundo entero, que incluía a sus cinco hijos, sin temor ni pudores, decidido a ganarle a la banda que creyó que podía chantajear al descendiente de Juan Saá y de Feliciana. Serían condenados en 1995: la ingrata Sesín purga desde entonces 12 años de prisión.

Tal vez se endureció. No aceptó disidencias ni en el Poder Judicial, a cuyo frente puso a su apoderado, Carlos Sergnese, como titular de la Corte Suprema. Cuando dos juezas protestaron, en 1998, las hizo destituir.

Objetivo

Ha querido ser presidente desde siempre. Fue precandidato sin éxito en 1987, 1993 y 1999. Ante la falta de líderes (o su multiplicidad) del peronismo posmenemista, tuvo la clarividencia de impulsar el Frente Federal de las provincias chicas, del que es coordinador. El Frente, defensivo y ofensivo ante el trío gubernativo de las “grandes” (Carlos Ruckauf, Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota), ha impuesto al presidente provisional y al presidente de transición.

Tal vez a ellos les dijo “gracias por todo” cuando concluyó su conferencia de prensa de ayer; tal vez a los miles de pobres que salieron a saquear tiendas a riesgo de sus vidas; tal vez a la clase media porteña y sus cacerolas; tal vez a los jóvenes que enfrentaron a la policía en la Plaza de Mayo.

¿Se sentirán igualmente agradecidos?

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