Seamos Uno: cómo es la colecta que conectó a las empresas top con la pobreza más profunda

Yeny y José, vecinos de José C. Paz, al recibir la caja de alimentos; los dos se quedaron sin trabajo
Yeny y José, vecinos de José C. Paz, al recibir la caja de alimentos; los dos se quedaron sin trabajo Crédito: Santiago Filipuzzi
Para distribuir un millón de cajas de alimentos se utilizan procesos propios del sector privado, pero son entregadas por organizaciones con llegada territorial
Agustina López
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26 de abril de 2020  

El depósito es inmenso, similar a un hangar. En el centro hay dos líneas de montaje, con unos quince operarios en cada una. Todos tienen guantes , máscaras y barbijos . Casi mecánicamente, uno ensambla una caja de cartón, la encinta y arranca la cadena. Se la van pasando unos a otros, a medida que la van llenando: abajo van las latas más pesadas junto con cartones de leche; luego las más pequeñas y finalmente, arriba, los paquetes de arroz, fideos y porotos. El último hombre cierra las solapas de la caja y la engrapa. La coloca sobre un pallet y en pocos minutos se arma una pila cuadrada. Luego un montacargas la llevará a un camión. El depósito está en la localidad bonaerense de General Rodríguez y hay otro similar en Esteban Echeverría.

Para el ojo desatento, la imagen podría ser la de cualquier empresa de supermercado que se prepara para despachar mercadería. Los productos son de primera marca y el ensamblado es preciso y prolijo. Sin embargo, impresas en cada caja están las palabras #SeamosUno . Se trata de una iniciativa solidaria en donde empresas de primera línea del país se unieron con referentes religiosos y territoriales, en un ensamble absolutamente inédito. El objetivo material es repartir un millón de cajas de 15 kilos con alimentos y elementos de higiene en los barrios más vulnerables del conurbano y la ciudad de Buenos Aires. El objetivo conceptual: no quedarse mirando cómo la crisis se devora a una porción de la sociedad y pasar a la acción.

La iniciativa comenzó el 17 de marzo, tres días antes de que se decrete la cuarentena, a través de una conversación de WhatsApp que tuvieron Gastón Remy, presidente del Instituto para el Desarrollo Empresarial (IDEA), con el sacerdote jesuita y politólogo Rodrigo Zarazaga, un conocedor profundo de las dificultades de las barriadas más pobres. "¿Propuestas? Estamos armando reuniones de equipo pero por ahora solo ideas generales", reportó Remy. Hacía días que venían pensando iniciativas con distintas empresas. Inicialmente se les había ocurrido que podrían confeccionar equipos sanitarios para asistir durante la pandemia.

La respuesta de Zarazaga fue contundente: "Morfi y logística para repartirlo. La otra opción es sentarse a esperar los saqueos. Ya han optado con anterioridad por la segunda en un par de ocasiones". Casi un ultimátum.

A partir de ese intercambio ocurrió algo inédito: el empresariado más poderoso del país puso sus mejores recursos para asistir a los más necesitados y tratar de contener un posible desborde social que recuerde a lo ocurrido en 2001, una crisis que Zarazaga recuerda bien después de que entraran a saquear la parroquia que estaba a su cargo.

Con el aval de los ministerios de Desarrollo Social de la provincia y de la ciudad de Buenos Aires, y apoyándose en la territorialidad que tienen distintas organizaciones religiosas y sociales nació Seamos Uno. Quince días después de esa primera conversación partieron las primeras cajas, un tiempo récord para una iniciativa de esta dimensión. "Somos una startup", describe uno de los empresarios detrás del proyecto con analogías propias de su universo. Actualmente ya se entregaron más de 100.000 cajas y se recolectaron los alimentos para otras 400.000. Pero admiten que necesitan seguir sumando aportes y fondos porque originalmente se proyectó una iniciativa para dos meses y ahora, con la extensión de la cuarentena, creen que deberán llegar hasta junio. "Hoy llenamos la mitad del tanque, nos falta el resto", grafican.

En tiempo récord

La cadena para la producción y distribución de las cajas también se configuró en tiempo récord. Distintas cámaras empresarias –IDEA, Cedol, AmCham, ACDE y ABA– se agruparon tanto para conseguir donaciones o ventas al costo de alimentos y productos de higiene como para luego empaquetarlos y trasladarlos a los barrios más humildes. Entre los CEO de las principales empresas del país se sorprendieron a sí mismos, en plena cuarentena, cruzando mensajes y compartiendo reuniones remotas para resolver problemas operativos.

La pata gubernamental aportó las recomendaciones nutricionales que debían cumplir las cajas y los sitios en donde deberían entregarse.

Finalmente, las múltiples organizaciones religiosas y sociales –Cáritas, Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), Banco de Alimentos, Alianza de Iglesias Evangélicas, Consejo de Pastores de CABA y AMIA– desplegaron su capilaridad territorial y sus recursos para confeccionar las listas con las familias que serían beneficiadas y entregar las cajas. Tampoco esas organizaciones habían encarado nunca un trabajo conjunto.

Todo el proceso apuesta por la eficiencia y la transparencia, como se si tratara de una empresa. Se desarrolló una página web para mostrar la iniciativa y recibir donaciones, se creó una aplicación para hacer el seguimiento de los camiones y entregas y las principales empresas auditoras que componen la alianza llevan la contabilidad y el registro de Seamos Uno. Los empresarios locales no solo quieren aportar, sino mostrar que puede hacerlo de manera transparente. Saben que arrastran una imagen social que no siempre es la mejor.

La entrega de las cajas

Es viernes por la mañana. Los camiones que recogieron las cajas del centro logístico de General Rodríguez descargaron las cajas en la capilla de San Pantaleón, en San Miguel. Sin embargo, la entrega a las familias en el barrio Néstor Kirchner, a unas cuadras de allí, se hará casi casa por casa.

Pero la eficiencia empresaria encontró su límite en las calles embarradas y con cables bajos del conurbano profundo. Por allí no hay camión que pueda circular. Ese trabajo final, en cambio, lo hacen algunas voluntarias de la capilla junto a Paulo, el cura del lugar, y Zarazaga. No hay punteros políticos. Cierran la comitiva Remy, que es una suerte de coordinador general del proyecto, y Hernán Sánchez, presidente de Cedol y a cargo de la logística de Seamos Uno. Van prácticamente en calidad de oyentes: quieren ver si las cajas necesitan algún cambio o ajuste.

Las casas que recibirán su caja, con alimentos para una semana, ya fueron seleccionadas. Delia, una de las voluntarias, conoce la zona y sabe quiénes son los más necesitados. Entre las calles de tierra, los únicos que circulan son los perros, que alegremente se suman a la procesión. Delia lleva la caja con dificultad y la apoya en el piso cuando llega a su primer destino. Aplaude y espera. Algunos vecinos salen en cuanto la ven llegar, miran con desconfianza. Quien le abre el portón improvisado con alambre es Yeny. Hace dos años que vive allí con sus dos hijas y su casa la construyó ella misma con ayuda de su pareja, José, que es albañil. Tiene una sola pieza y está aún sin revocar.

La caja la apoyan en la mesada de la cocina. Yeny está conforme: lo primero que saca es un detergente. "Es multiuso", dice, y se ríe. También encontró dos paquetes de harina que le servirán para hacer pan. Es el pequeño emprendimiento que armó para subsistir durante los tiempos de cuarentena. Antes ella vendía productos cosméticos en la Capital y su marido estaba trabajando en una obra como albañil. Los dos se quedaron sin trabajo en cuanto comenzó la pandemia.

"Agarré la plata de los últimos días de venta y compré comida con eso. También cuando me dieron la asignación de $10.000. Me llegaron facturas, pero no pagué nada", cuenta Yeny, y llora. Le da vergüenza, pero se recompone cuando le preguntan por los panes que se enfrían en la mesada. "Ahora hago estos pancitos y los vendo acá por el barrio. Saco $300 por día. Con eso trato de tirar y comprar harina y levadura para poder cocinar más. Es la primera vez que voy a pedir comida, nunca había necesitado".

La historia de Yeny se repetirá en cada casa a la que lleguen las cajas ese viernes. El barrio Néstor Kirchner, al que sus vecinos llaman La Base, porque los terrenos correspondían a la base aérea cercana, es un barrio de albañiles, empleadas domésticas y niñeras. Es un barrio de trabajadores en negro, al que la cuarentena agarró con poco más que el pago del día en el bolsillo. Ahora, muchos subsisten gracias a algunas asignaciones y a las donaciones. La caja de Seamos Uno conecta polos opuestos del país: a los que más tienen y a los que más sufren.

Sobre el final de la recorrida Zarazaga sintetiza con gracia el espíritu que motorizó la iniciativa. "A muchos de ellos es la primera vez que los veo lagrimear", dice, refiriéndose a los empresarios que, tanto participando de las recorridas como a través de fotos o videos, pudieron ver el destino de las cajas y conmoverse con las historias. "Es muy emotivo, nunca viví una cosa así", admite uno de los hombres de negocios detrás del proyecto. Es el mismo empresario que reconoce que varias veces en las recorridas de distribución les dicen: "Llegaron justo, estábamos muy mal, comíamos una vez por día". Por eso Zarazaga repite su mensaje a los responsables de las compañías: "Les dije que estamos todos en el mismo barco y que si esto estalla, a ellos también los va a afectar".

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