Un compás de espera que alimenta el fuego amigo y los errores no forzados

Fuente: Archivo - Crédito: UESLEI MARCELINO/REUTERS
Gabriel Sued
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11 de febrero de 2020  • 20:52

Alberto Fernández y Cristina Kirchner hablan todos los días. Muchas veces discuten. Pero no están peleados ni encabezan dos facciones en pugna dentro del oficialismo. Juegan en equipo, coinciden fuentes numerosas y diversas del Frente de Todos. Entonces, ¿cómo hay que entender la disputa abierta entre los ministerios de seguridad de Nación y provincia de Buenos Aires? ¿De qué forma debe interpretarse la discusión sobre la denominación de los exfuncionarios detenidos?

En las respuestas no hay tantas coincidencias. Pero las lecturas que se hacen a uno y otro lado de las fronteras de esas microbatallas dan cuenta de un territorio frágil, sobre el que llueven bombas de una realidad económica que no da tregua y explosivos de fabricación casera, lanzados en formato de fuego amigo por integrantes de un espacio político con menos de un año de vida.

Obsesionado con resolver el desafío de la deuda externa, Alberto Fernández no puede ocultar su enojo por lo que considera errores no forzados. "No seamos tontos", imploró al interior de las filas del oficialismo esta semana, cuando lo consultaron sobre la polémica por los "presos políticos".

La cumbre entre el Presidente y Axel Kicillof duró casi dos horas y media, y recorrió todos los temas de gestión, ministerio por ministerio. Fue, de parte de los dos, un intento serio por evitar teléfonos descompuestos y alinear intereses. La discusión por el despliegue de efectivos federales en la provincia de Buenos Aires no es atribuible solamente a las extravagancias de Sergio Berni. El reclamo que llegó por carta a Sabina Frederic se escuchó también ayer en el despacho presidencial. El culpable de la crisis, sugirió el gobernador, no fue el autor de la carta, sino el que la filtró a la prensa.

A punto de regresar de Cuba, Cristina Kirchner no protagoniza los conflictos, pero tampoco los ordena. En su entorno aseguran que no está en la conducción diaria del espacio y que con Berni no habla hace mucho tiempo. "Tiene un pie en el presente y otro en la historia", grafica un dirigente de La Cámpora.

Al salir de la Casa Rosada, Kicillof eludió la polémica sobre los exfuncionarios detenidos, cosa que no había hecho el domingo, cuando denunció la existencia de " presos políticos". Pero insistió en que debe haber mayor coordinación para el despliegue de las fuerzas federales en la provincia. Como hacen tarde o temprano todos los dirigentes que se sientan en ese sillón, Kicillof dejó en claro que como gobernador tiene intereses propios, no siempre alineados con los del gobierno nacional.

Hizo lo mismo durante el viaje a Israel, en el que tuvo largas conversaciones con el Presidente, sobre la estrategia a seguir en la negociación de los bonos de deuda provincial que vencieron el 5 de febrero. El gobernador insistió en que, en caso de no lograr una postergación de los pagos, debía evitar el default. El Presidente aceptó sus argumentos y monitoreó todo el proceso, en contacto permanente con el gobernador. Los dos saben que sus suertes están atadas.

Alberto Fernández tiene sus propios problemas. Transita sobre un camino de cornisa, con dos mochilas a cuesta. Es un presidente con un liderazgo en construcción de una coalición de espacios diversos, unificados al calor de una campaña electoral en la que el principal objetivo era derrotar a Mauricio Macri. Para colmo, su gobierno atraviesa un largo compás de espera hasta fines de marzo, el plazo que se autoimpuso para renegociar la deuda externa. Hasta entonces, no habrá hoja de ruta ni presupuesto.

Con todas las fichas puestas en ese objetivo, al Gobierno le cuesta mantener la iniciativa política. En la espera, la pelota se comparte y todo tema es un conflicto en potencia. Las diferencias que existen entre los diversos sectores que integran el Frente de Todos quedan a la vista y las peleas suman nuevos capítulos.

Artífice de la unidad del peronismo, Fernández necesita de triunfos en la gestión para consolidar un liderazgo propio. En simultáneo, los cuadros kirchneristas se acomodan a la nueva realidad. Saben que no es mismo resistir que gobernar, pero piden paciencia. La cuenta regresiva ya empezó.

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