
Un símbolo de la cultura de los noventa
Cristalizó la alianza del liberalismo con el PJ y acumuló cargos en el poder
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"El miedo es una pasión que me es ajena", retrucó, inmutable, María Julia Alsogaray a los periodistas uno de los tantos días en que debió declarar como acusada en los tribunales federales de Comodoro Py.
Inmutable también escuchó ayer el veredicto de la primera condena que debe, ahora, comenzar a afrontar. Algo para lo que, si cabe, al menos ya estaba casi preparada, ya que lleva 10 meses detenida en la Unidad Antiterrorista de la Policía Federal por otra causa penal.
A los 60 años, la ex interventora en Entel y en Somisa, la ex diputada nacional, la ex secretaria de Recursos Naturales acumula ahora una condena de tres años de detención, seis procesamientos penales y decenas de escándalos.
Carga con las consecuencias de 10 años de exposición como aliada incondicional del presidente Carlos Menem, con quien alcanzó tan grandes cuotas de poder que se la llegó a calificar como "la dama de hierro" de ese gobierno.
Su salto al menemismo marcó el mayor giro en su vida. Pasó de ser una ingeniera recatada, liberal y antiperonista a bordear el vedettismo y protagonizar algunas de las principales operaciones económicas de los 90, entre ellas la privatización de Entel.
El fin de la década la encontró convertida por los medios y la opinión pública en una figura simbólica de la corrupción, pese a que aún ningún magistrado la había comprometido seriamente.
Controvertida y frontal, había cobrado notoriedad con la promesa de que limpiaría el Riachuelo en 1000 días, con sus inconvenientes para controlar los incendios forestales en el Sur y con sus fotos provocativas para una revista vestida con un tapado de piel. Las sospechas de un manejo irregular de los fondos se reprodujeron desde el inicio de su gestión.
La hija del militar, político y economista Alvaro Alsogaray, única entre varios hermanos varones, había empezado su carrera en el Servicio Exterior de la Nación hasta que, tras el regreso de la democracia, comenzó a militar en el partido de su padre, la Unión de Centro Democrático (Ucedé). El peso de su apellido le dio protagonismo y le permitió ganar una banca como diputada nacional.
El giro
Antes de las elecciones de 1989 todavía se mostraba como una acérrima antiperonista y llamaba a votar por la Ucedé. Llegó a calificar de "falaces, disparatadas y ridículas" las versiones sobre un supuesto pacto con el PJ de Menem.
Ese mismo año demostró que estaba dispuesta a tragarse sus palabras, cuando permitió con sus electores (salió tercera) que el peronista Eduardo Vaca se quedara con una banca de senador por la Capital Federal, tras las elecciones en las que había obtenido el primer lugar Fernando de la Rúa.
Menem estaba en el poder y el pacto quedó al descubierto. Poco después, el entonces presidente le encargó la privatización de Entel, una de las de mayor magnitud jamás encarada por el Estado. Después la destinaría en Somisa. Ambos encargos le reportaron denuncias por supuestas irregularidades.
Pero su poder creció exponencialmente en el gabinete. Las peleas que tuvo con algunas de las principales figuras del primer gobierno menemista se multiplicaron: los ministros José Luis Manzano (Interior), Roberto Dromi (Obras Públicas) y Domingo Cavallo (Economía) se contaron entre sus enemigos. Sólo ella se mantuvo hasta el final del mandato.
El ocaso le llegaría sin tiempo para acostumbrarse. Las causas por enriquecimiento ilícito (por la que ayer fue condenada) y por mal manejo de fondos la obligaron a infinidad de visitas a los tribunales desde 2000.
"Me aplicaron la Inquisición", dijo en su último intento por convencer al jurado. No sólo había perdido el miedo, sino la esperanza de salvarse.
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