
Un viento sur que despeinó a Estela
Habría sido preferible que nunca hubiésemos conocido a Estela de Carlotto.
Al menos, de la manera que la conocimos. Habría estado bueno simplemente cruzarla como en una de esas tantas casualidades que la vida nos depara a la vuelta de cualquier esquina. Tal vez nos hubiésemos topado como alumnos, amigos o simples vecinos con una Estela más distendida.
Ella tampoco dudaría en borrar por completo su trayectoria de reconocida luchadora si, a cambio, volviera a tener sentada a su mesa a Laura, su hija desaparecida.
La aparición de su nieto Guido nos reconcilia con la mejor Estela, la menos sectaria y más abierta.
Lo más revolucionario de Estela de Carlotto durante mucho tiempo fue, y sigue siendo, su sonrisa. En contraposición a otras señoras que como ella debieron salir a reclamar por los hijos que el Estado les arrancó, Carlotto jamás perdió el temple y las buenas maneras. Fue su sello característico. Más destacado, incluso, en contraste con la rispidez con la que Hebe de Bonafini metabolizó su propio dolor.
Frente a la tragedia argentina, las Abuelas de Plaza de Mayo se ubicaron en un lugar de mayor esperanza y serenidad que las Madres (que ellas mismas eran; seamos justos, además, con las Madres Línea Fundadora, que también evitaron el derrape).
Ante la certeza atroz de saber que nunca más verían a sus hijos, al menos, la posibilidad remota de recuperar a sus nietos, llenó a las abuelas de luz, paciencia y energía para ponerse manos a la obra.
La llegada de Carlotto a esa entidad terminó por darles mayor vuelo y sabiduría. Sintieron que lo de ellas no era la trinchera política ni, mucho menos, el reclamo resentido o con odio.
Fue una gran estrategia para que otros sectores de la sociedad, que no habían sido tocados por ese drama ni que todavía se habían sensibilizado, se sintiesen incluidos en esa búsqueda.
Carlotto no miraba para atrás. Y su principal bandera siguió siendo esa sonrisa tranquilizadora que nos indicaba que lo peor ya había pasado. Y que lo mejor estaba por venir.
Rompió con los rígidos cánones ideológicos que desaconsejaban compartir la tapa de los personajes del año de la revista Gente o la mesa de Mirtha Legrand. Tampoco fue triunfalista cuando Abuelas logró nada menos que la detención de Jorge Rafael Videla, precisamente, por el robo de niños.
Perseverante, discreta y diplomática logró mucho más que los que vociferaban. Una genia.
De pronto, un día se abrió una ventana y entró un viento del Sur que la despeinó. Su pelo ya no pareció tan acicalado, pero algo más se trastocó. Un rictus borroneó su sonrisa. Dejó de atender a Magdalena Ruiz Guiñazú (que había hecho el primer documental sobre ella) y a otros periodistas con los que hablaba cuando ningún poder la arropaba. Y se sumó a las diatribas oficiales contra los medios.
Ya no posó más para Gente y dejó de frecuentar los almuerzos televisivos. En cambio, tuvo asistencia perfecta a los encuentros aplaudidores de la Presidenta y se enredó en temas políticos desangelados (Milani, Boudou, etcétera).
Perdió su equidistancia cuando el kirchnerismo quiso probar que Marcela y Felipe Herrera Noble eran hijos de desaparecidos. No era un tema ajeno para ella, pero lo había tratado en gobiernos anteriores con la prudencia que el asunto requería. Un día dijo que el caso "quedó resuelto", pero no llegó a ser siquiera una disculpa.
Hace poco volvió a hablar con Magdalena y aceptó la invitación de La noche de Mirtha. Se había encontrado con la diva en el velatorio del actor Alfredo Alcón, en el Congreso. Ambas se sentaron juntas, cerca del féretro. Tal vez ninguna de las dos supo con certeza por qué se habían dejado de hablar. Pocas noches después, Estela volvió a comer frente a una cámara.
Ojalá que esté regresando aquella dirigente afable, la abuela de todos los argentinos, y no sólo de una parcialidad. La Estela que tiende puentes y que no permitió que el corazón se le endureciera. La luchadora respetada por todos que nunca debió dejar de ser.




