
Una mujer dijo que vio a Hagelin en la ESMA
Por su testimonio en Lima, reabren la causa de la joven sueca.
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El lunes y el martes últimos, en Lima, Perú, la vocal de la Cámara en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal, Luisa Riva Aramayo, le tomó declaración a Mercedes Inés Carazo, ex detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), por la desaparición de la joven sueca Dagmar Hagelin.
La decisión de tomarle testimonio a Carazo surgió de las declaraciones que ésta realizó a la televisión sueca, a mediados de 1996, en las que afirmaba que había visto a Dagmar durante su detención en la ESMA. A raíz de sus dichos, el padre de la joven, Ragmar Hagelin, logró la reapertura de la causa apoyado en el derecho a la verdad.
Mercedes Carazo, de 56 años, vive desde hace 18 años en Lima. Tiene una hija, Mariana, de su primer matrimonio, está casada con un profesor universitario peruano, es física, vive en Pueblo Libre (un barrio de la capital) y, según testigos que la vieron luego de la declaración en la embajada, "quedó afectada emocionalmente por haber tenido que recordar el pasado".
La testigo dijo que vio a Dagmar en la ESMA luego de su detención, el 27 de enero de 1977. Según explicó, la versión entre los detenidos era que la habían confundido con María Antonia Berger. Tres meses después de ser detenida, Mercedes fue llevada a la habitación donde estaba Dagmar. Según cree, los marinos pensaban que se conocían.
Mercedes vio que Dagmar estaba de pie y tenía una venda en la cabeza. No sabía que la joven de 17 años había recibido un disparo que le rozó la sien izquierda cuando intentó escapar.
Según su relato, debido al estado de salud de Dagmar, los marinos no querían mantenerla con vida. Ese día fue la última vez que la vio.
En la década del 70, Carazo era integrante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y, luego, de Montoneros junto con quien era su marido, Marcelo Kurlat. Estaba encargada de la propaganda y del movimiento estudiantil universitario. También estuvo en la toma del pueblo bonaerense de Garín y en la operación Pilar, donde hicieron trabajos de propaganda. En 1975 fue ascendida a "oficial mayor".
Entre torturas y viajes a París
El 21 de octubre de 1976, en el barrio de Caballito, fue detenida por personal de la Armada. La llevaron a la ESMA, a un cuarto que tenía una cama de hierro con una colchoneta y una mesa de luz. Según su declaración, ingresaron varios hombres, entre los que estaba Jorge "El Tigre" Acosta. Poco después, la llevaron al cuarto contiguo.
La desvistieron y la ataron a una cama de hierro. No sabe por cuánto tiempo la torturaron con una picana. Lo único que sí sabe es que el encargado de hacerlo fue un hombre apodado El Duque. Según el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), El Duque era, en realidad, el capitán de corbeta Francis Williams Whamond, que, cuando fue beneficiado por la ley de obediencia debida del gobierno de Raúl Alfonsín, tenía prisión preventiva rigurosa por la tortura, entre otros, de Graciela Daleo, Silvia Labayrú y Lisandro Cubas. Las torturas cedieron cuando les dio una carta referida a las imprentas. Fue devuelta al primer cuarto, donde la tuvieron por más de un mes con los pies y las manos encadenados.
Un día, Acosta le dijo que escribiera la historia de la FAR. Aceptó. Su situación mejoró, por lo que tenía más posibilidades de moverse dentro de la ESMA. Así, además de Dagmar, vio, entre otros, a Graciela Daleo, a Norma Arrostito (de quien se dijo que había muerto en un tiroteo) y a Silvia Labayrú. El 10 de diciembre de 1977 los marinos le pidieron que los ayudara en la detención de su marido; ella se negó. Más tarde la trasladaron a un lugar en donde lo vio agonizando. El le dijo que creía que Mariana, la hija de ambos, había sido llevada a la casa de los padres de ella. La sacaron del cuarto y, poco después, otra detenida le informó que él había muerto. Luego, Acosta le dijo que su marido había sido cremado.
Por su insistencia, logró convencer a los marinos de que la dejaran hablar con su padre para saber acerca de Mariana. Tiempo después, supo que fue interrogada en la ESMA. Mariana tenía diez años. Un mes después de este episodio, le permitieron ver a la pequeña.
Le dijeron que sería llevada a París, junto a otra detenida, para que leyeran y clasificaran información, ya que buscaban la visión de la Argentina en el exterior y la comparación con otros grupos violentos del mundo. Allí vio a Elena Holmberg, que, por pedido de los marinos, las acompañó a comprarse ropa. Al mes, la trajeron de vuelta a la ESMA y, luego de un tiempo, la volvieron a llevar a Francia, pero con su hija, por lo que le dijeron que la niña era un reaseguro para ellos. Sin poder precisar la fecha, fueron llevados a España.
A comienzos de 1979, se disolvió el grupo y ella regresó a Buenos Aires con su hija, donde la mantuvieron en una suerte de arresto domiciliario. Ese año, otros detenidos que viajaron a Europa hicieron declaraciones públicas de lo que ocurría en la ESMA, por lo que ella fue acusada de ser cómplice de las declaraciones. La desesperación la llevó a intentar salir del país, lo que logró sólo en abril de 1980. Desde entonces, vive en el Perú.
Audiencias en La Plata
LA PLATA.- El miércoles comenzarán en la Cámara Federal local las audiencias públicas vinculadas con la causa en la que se investiga la desaparición de personas durante la dictadura militar, y el destino final de sus restos.
La gigantesca investigación iniciada por el tribunal (integrado por Leopoldo Schiffrin, Julio Víctor Reboredo y Alberto Durán) comenzó con la remisión de 2000 expedientes de distintos juzgados y recibió del Ministerio del Interior un listado de los centros de detención clandestinos que funcionaron en la región y de los organismos de seguridad afectados a la represión. Requirió también los legajos de jefes, funcionarios y efectivos que se desempeñaron entre 1976 y 1978 en organismos de seguridad.
En esa época funcionaron aquí centros de detención clandestinos que dependían de Ejército, de la Marina y de la policía bonaerense.
Entre ellos, figuraba el área operacional 113, instalada por el Ejército, que dependía del Comando del Primer Cuerpo, cuya jefatura ejercía el general Guillermo Suárez Mason. La policía, subordinada a la misma conducción, estaba al mando del general Juan Ramón Camps, quien tenía en el comisario Miguel Etchecolatz a su brazo ejecutor.




