
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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En plena ciudad, en huecos que permiten ver un horizonte bajo y mirar el cielo sin levantar la cabeza, suele sorprender la silueta perfectamente simétrica de un árbol. Se trata de una Araucaria heterophylla, una conífera de origen australiano que en nuestro país era popular cultivada en maceta como apreciada planta de interior. Imagino que esas plantas que vemos cumplían ese ornamental papel, hasta que su crecimiento obligó a liberarlas de la maceta. El nombre del género se debe a que algunas especies fueron halladas en la zona de Arauco, en Chile.
En este caso, se trata de la Araucaria heterophylla, a la que se conoce también como pino de Norfolk, ya que fue en esa isla perdida en el océano Pacífico donde el legendario capitán Cook -el marino inglés James Cook-, en su segundo viaje en 1774, descubrió los espléndidos bosques de esa especie e informó debidamente al Almirantazgo. Los troncos de la Araucaria heterophylla, rectos, fuertes, de hasta 50 metros de altura, fueron los mejores mástiles de la Real Armada inglesa.
Su mayor atractivo consiste en la exacta simetría del ramaje, ya que desde el recto tronco emite sus ramas casi horizontales o levemente oblicuas, en número de cinco, formando pisos. El plano de cada piso es un pentágono perfecto. El follaje está formado por hojas en forma de escamas, los frutos son conos globosos de hasta 12 cm de diámetro. La reproducción por semilla o por gajo de los ejes verticales asegura la conservación de su simetría. A quienes la descubren les recordamos: es una conífera, pero no es un pino.



