
Por Adriana B. Anzillotti De la Redacción de LA NACION
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La esperada ley de colegiación fue sancionada en la Capital Federal. Llevó años llegar a esta instancia y es meritorio el esfuerzo realizado para que finalmente se considerara este tema. Para estar colegiado habrá que cumplir con algunos requisitos y es otro peldaño más en este camino hacia la profesionalización de la actividad inmobiliaria. Ahora deberá llegar la etapa de cómo se legisla y se organiza esta sanción, que incluirá, obviamente, un tribunal de ética que informe y castigue las irregularidades que pueda cometer alguna empresa.
Sin embargo, esta ley no regula, no es su carácter, el comportamiento de algunos operadores con los clientes. Cuántas veces el comentario de algún lector revela conductas inapropiadas como la falta de interés a la hora de asistir a quien le solicita un servicio (y autoriza un acuerdo para que esa firma se encargue de la comercialización de su propiedad), la falta de información sobre los temas estrictamente vinculados con su especialidad, el tiempo que transcurre sin que el cliente sea informado acerca de cómo evoluciona la gestión, la falta de idoneidad de sus empleados para responder las dudas e inquietudes de la gente.
Quienes ya quedaron atrapados en una larga etapa de negociación poco pueden hacer al respecto. Hastiados de lidiar con tantos problemas, no quieren correr más riesgos que aquellos propios de una operación inmobiliaria. Sólo esperan una rápida definición del bien en cuestión para mudarse y comenzar así una nueva etapa, especialmente en el caso de los más jóvenes que se van a vivir solos o los recién casados. ¿A qué se puede atribuir semejante comportamiento de algunas empresas? ¿Deberían estos operadores ocuparse de otra profesión? Tal vez sí, porque no sólo se trata de comprar o vender un bien, sino de asesorar, de contemplar la problemática de cada familia o individuo, de las razones o necesidades de una mudanza, altamente estresante. No comprender estos aspectos básicos, que forman parte de los ciclos de la vida de la gente, es desconocer en profundidad el ejercicio de esta profesión, que cada vez es más exigente en todos los rubros. Un profesional que conoce al dedillo su menester sabe acompañar a sus clientes no sólo para adquirir una propiedad, sino para tomar decisiones que, equivocadas, pueden poner en riesgo a veces el ahorro de toda una vida.



