Este edificio de 60 pisos ofrece un ejemplo icónico de cómo la arquitectura contemporánea puede dialogar con el arte, el lujo y la innovación
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El juego es simple: apilar bloques de madera y retirarlos sin que la estructura colapse. Pero en el número 56 de Leonard Street, en el corazón de Tribeca, Nueva York, ese principio lúdico se convirtió en arte habitable. Conocido mundialmente como la “torre Jenga”, este rascacielos de 60 pisos rompe con la lógica de las estructuras convencionales. No se trata de una simple excentricidad visual, sino de una crítica explícita al anonimato arquitectónico de las torres residenciales modernas, proponiendo una nueva forma de vivir en las alturas: única, expresiva y profundamente humana.
Diseñada por el estudio suizo Herzog & de Meuron, ganador del premio Pritzker, la torre 56 Leonard alcanza los 250 metros de altura en el sur de Manhattan. A diferencia de las torres convencionales que repiten una planta tipo, El edificio está conformado por volúmenes escalonados que se desplazan de forma asimétrica entre los distintos niveles, lo que genera salientes, terrazas y retranqueos —es decir, retrocesos parciales en la fachada que permiten sumar espacios abiertos y visuales más dinámicas-.

El proyecto busca proponer una alternativa al diseño repetitivo de muchas torres residenciales contemporáneas, que suelen priorizar la densidad y la eficiencia por sobre la identidad. En lugar de replicar una planta tipo en todos los niveles, 56 Leonard está concebido como una serie de unidades diferenciadas, apiladas de forma irregular. Cada vivienda presenta una configuración particular, con terrazas, salientes y vistas propias, en línea con la idea de recrear una experiencia de vivienda similar a la de los barrios tradicionales, pero en altura.

La base del edificio fue diseñada para integrarse con la escala peatonal del barrio de Tribeca, e incluye espacios de acceso, servicios comunes y una escultura del artista Anish Kapoor. En contraste, los niveles superiores se caracterizan por volúmenes desplazados que generan una silueta fragmentada y permiten visuales abiertas hacia distintos puntos de la ciudad.
Desde su concepción, el diseño se desarrolló a partir de espacios individuales, trabajados como unidades modulares que luego se agruparon para formar el volumen total del edificio. Esta lógica permitió multiplicar los espacios al aire libre y asegurar privacidad entre vecinos, sin perder conexión visual con el entorno.
Las 145 residencias, que van desde los 130 m² hasta los 500 m², fueron pensadas con estándares de alta gama, incluyendo ventanales de piso a techo, techos altos, mobiliario de cocina europeo, pisos de roble blanco y baños revestidos en mármol. Los penthouses ubicados en los últimos pisos se destacan por sus amplias terrazas y vistas panorámicas del río Hudson, el centro financiero y el puente de Brooklyn. Algunas unidades alcanzan precios superiores a los US$50 millones.

Desde el punto de vista estructural, la torre requirió un diseño complejo para mantener la estabilidad de los distintos volúmenes desplazados, especialmente en los niveles más altos, donde las condiciones de viento son más exigentes. Esta complejidad responde a una intención clara: ofrecer configuraciones únicas que combinen privacidad, apertura y diversidad espacial.
En una ciudad marcada por el vértigo vertical y la eficiencia del metro cuadrado, 56 Leonard Street ofrece una alternativa arquitectónica que prioriza la singularidad y la relación con el entorno. Su diseño desafía las convenciones formales de las torres residenciales y propone una experiencia de vivienda más diversa, abierta y conectada con la ciudad.
A más de una década de su inauguración, el edificio se mantiene como uno de los ejemplos más reconocidos de diseño residencial contemporáneo en altura, tanto por su impacto visual como por la innovación en la organización de sus unidades.








