
Cristina L. de Bugatti
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Pocas plantas son capaces de pasar el verano tan airosamente como las lavandas. Su follaje más o menos gris, formado por pequeñas hojas lineares, y las rígidas espiguitas florales no acusan los malos tratos que pueden producir el calor y la sequía: pueden llegar a secarse, pero con dignidad, sin marchitarse.
Es un pequeño arbusto que se ve en muchos jardines y los viveros ofrecen diferentes variedades: lavandula angustifolia, o con su nombre árabe de alhucema, llega a los 60 u 80 cm de altura y con flores color lila; lavandula angustifolia alba, con flores blancas, o lavandula angustifolia rosea, de flores color rosa. También están la L. spica, o espliego; L.dentata, de menor talla y follaje más verde, floración más abundante que la L. angustifolia, y la L. stoechas dentata, llamada en España cantueso, cuyas flores agrupadas tienen color púrpura oscuro. Todas tienen el follaje y, sobre todo, las flores, con el intenso y balsámico aroma que las caracteriza. En los cultivos comerciales destinados a la extracción de la esencia, el más apreciado sería el espliego. La reproducción más sencilla es por medio de estaquitas, al principio de la primavera o el otoño. El cultivo no ofrece dificultades en tierra común de jardín. Las podas regulares son necesarias para evitar que la planta brote sobre tallos leñosos, ya viejos. En esos casos, es imposible recuperarla; es mejor arrancar la planta y, con los brotes nuevos, hacer gajos. En cambio se debe mantener con podas cada vez que termina su floración, despuntando los tallos florales. Una manera clásica de guardar las flores para que perfumen la ropa es formar un ramito de espigas, atarlas en la base de las flores, doblar los tallos sobre las espigas, cubriéndolas, y atarlos nuevamente: queda como un huso.
El aceite de lavanda es antiséptico, tónico, antiespasmódico; el aroma, estimulante. "Huele a limpio", de ahí su nombre.




