
Los Martinengo cuentan su llegada hace 9 años a Mapuche, donde encontraron el clima de campo con el que habían soñado; nuevos hábitos y algunos costos
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Vivir la sencillez del campo fue la consigna de Analía Laxague y Enrique Martinengo cuando pensaron en la crianza de sus pequeños hijos en un ambiente natural, con total libertad. Villa La Angostura y Neuquén fueron las primeras opciones, aunque el country Mapuche los sedujo rápidamente por el entorno y la posibilidad de estar cerca de la ciudad, en pleno contacto con la naturaleza. En ese momento, hace nueve años, la ruta Panamericana aún carecía de trazado, y los barrios privados eran sólo proyectos. Este country aparecía como la alternativa ideal para el proyecto soñado.
"Recuerdo que cuando llegamos a esta casa -cuenta Enrique- consumíamos gas envasado. El señor de la ferretería de La Lonja me dio la bienvenida y me dijo que pagara el gas cuando pudiera. Nosotros no podíamos creerlo", se asombra. Y así abrió una cuenta corriente en el comercio que aún mantiene con la mayor garantía que es la palabra.
Tras destacar que el cambio le generó miedo al encontrarse sola durante las horas del día con tres niños, Ana asegura que se adaptó al lugar como si lo conociera desde siempre. En Mapuche había 40 residentes entre permanentes y los de fin de semana, sobre más de 600 lotes que componen el emprendimiento.
Durante el tiempo que los chicos fueron creciendo la zona de emprendimientos comenzó a extenderse, y esto de alguna manera desvirtuó la expectativa original de la pareja en busca de la tranquilidad con la que habían llegado. "En este momento tenemos la expectativa de irnos unos diez kilómetros más lejos, hacia la zona de Fátima, porque lo que nos brinda esto hoy no es lo que vinimos a buscar" comentan.
El tránsito de la ruta, casi pegado a la casa, es uno de los motivos de la pérdida de esa paz que decían tener hasta hace poco tiempo. "Buscábamos una vida en contacto con la naturaleza, más solidaria. Nosotros veníamos a buscar un pueblo y hoy nos encontramos con Punta del Este", comentan al destacar la decisión de mudarse a Fátima para recuperar esos espacios que este lugar ha transformado.
Los gastos
Según la experiencia de la familia uno de los argumentos que a veces se utilizan es el bajo costo de las expensas.
Pero en ese análisis hay variables que no se evalúan. "Trabajo todos los días en Capital y tengo una hora de viaje. Pero el costo ya no es 80 centavos como en la ciudad. Tengo 220 pesos fijos de traslado por ir en chárter. En auto por supuesto que el costo es mayor", destaca Ana.
"Es bueno advertir que hay gastos cotidianos que a fin de mes suman gastos extras cuando se vive en el lugar", agrega Enrique. Por ejemplo, al instalarse en la casa se tiene que cortar el pasto y es necesario contar con un jardinero que va a cobrar como mínimo 100 pesos por mes.
A esto habrá que sumarle otros 100 mensuales por mantener la pileta. Y cada cinco años pintar la casa por un costo no menor a los 5000 pesos.
Además del sistema de riego y el colegio de los chicos, con cuotas que promedian los 400 pesos. Por otra parte, la contratación del servicio de emergencias médicas es esencial, más allá de la cobertura de medicina privada en la ciudad.
Si bien revalorizan los años en Mapuche, la elección de Fátima es el nuevo objetivo para volver a recuperar los espacios y la posibilidad de disfrutar cada día el "asadito terapéutico" como les gusta llamarlo, que prepara Enrique para toda la familia a la vuelta del trabajo.
"El proyecto cumplió las expectativas. Si volviera el tiempo atrás haría lo mismo", concluye Ana.






