
Cristina L. de Bugatti
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En los Valles Calchaquíes, en Catamarca, Salta y Jujuy, todavía se cultiva una amplia gama de primitivos maíces andinos, que dan origen a diversos alimentos y bebidas heredados de culturas milenarias. En la cátedra de Botánica Agrícola, de la Facultad de Agronomía de la UBA, Julián Cámara Hernández trabaja desde hace 40 años en el estudio y rescate de esos maíces, junto con Hugo Cetrángolo, de la cátedra de Sistemas Agroalimentarios; la coordinación de trabajos en los mismos cultivos está a cargo de Juan Cáceres. En aquellos lejanos lugares, los campesinos trabajan sus pequeñas parcelas de maíz y cuidan celosamente la pureza de la variedad, ya que con cada una se obtiene una comida diferente. La variedad es muy grande; hasta se manifiesta en los colores y la forma de sus espigas, pero sobre todo en la composición de los granos, lo que es la base de la variación de las comidas. Los distintos ambientes de los valles andinos condicionan estas plantas, en su reacción ante el ataque de plagas, resistencia a la sequía y duración del período vegetativo.
El maíz es fundamental para la alimentación humana y se ha ido modificando para lograr variedades más comerciales, de mayor rendimiento, pero con pérdida de la biodiversidad. Los maíces andinos constituyen un patrimonio de recursos genéticos para afrontar el mejoramiento futuro de la especie.
La organización Slow Food ha elegido estos maíces en su programa de Baluartes, para representar a la Argentina, y ha logrado con la principal cadena de supermercados de Italia la posibilidad de su comercialización. Según expresa Cámara Hernández, esta experiencia "integra el desarrollo rural, la conservación de la biodiversidad y los negocios".





