
Después de varias décadas, Magdalena Malbrán de López Basavilbaso, a los 89 años bajó el martillo por última vez en la sede de la Corporación de Rematadores
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Cuando a mediados de la década del 60 Magdalena Malbrán de López Basavilbaso bajó por primera vez el martillo en su nuevo oficio de rematadora, se consagró seguramente pionera en el arte de los remates. Y sin proponérselo abrió un camino a las mujeres en un ámbito considerado exclusivo bastión masculino.
Pero ese paso no resultó complicado. Conocía de memoria una rutina que incorporó al comienzo de la mano de su tío Marcos Malbrán; después, de su esposo, Juan Angel López Basavilbaso.
Etapa plena
Camino a la sala de directorio, en el segundo piso de la Corporación de Rematadores y Corredores Inmobiliarios, en pleno centro porteño, la figura de Magdalena se anticipa unos pasos.
Distinguida, erguida y locuaz, admite sin vueltas: "Es tiempo de retirarme. Cumplí una etapa plena en la actividad a la que me incorporé hace décadas, gracias a todo el conocimiento que me transmitió mi esposo".
La entrevista se acelera porque, a las 11.30, comienza puntualmente el remate. La mujer de ojos claros y paso firme se convierte nuevamente en protagonista. Y baja el martillo por última vez.
Escoltada por dos de sus hijos Jacinto y Patricio (tiene siete), las palabras surgen espontáneas: "Es un gran cambio, pero pronto cumpliré 90 años. Es momento de dejar el camino a otros". Y enseguida detalla: "También mis hijos son rematadores: Jacinto, Patricio, Juan, Magdelana y Rosa. Se podría decir que es una tradición familiar; incluso una de mis nietas está estudiando para ejercer esta profesión".
Velozmente repasa algunos momentos de su vida: "Recuerdo cuando íbamos con Juan Angel a los remates, a los loteos, que se realizaban en el mismo lugar. A veces pasaba las noches sin dormir leyendo minuciosamente toda la información. Fue un aprendizaje intensivo, continuo. Pero confieso que me gustaba el tema. Así que cuando me propusieron efectuar los remates, no tardé en tomar la decisión".
Entonces, después del pertinente trámite, obtuvo la matrícula. Y subió al estrado.
Final de juego
En algo menos de veinte minutos la subasta llegó a su fin. Los presentes sabían muy bien que se trataba de un momento especial. Muy emotivo, merecido, con aplausos, fotos y elogios para Magdalena.
Rodeada del afecto de su familia y de los integrantes de la Corporación, sus hijos definen: "De algún modo todos somos continuadores de la trayectoria de nuestro padre. El nos formó a todos y supo transmitir su legado, su conocimiento. Pero no sólo a su familia, sino a tantos martilleros de prestigio, que siguieron fielmente sus pasos".





