
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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En amplias regiones del país hay robles. Esta hermosa especie originaria del hemisferio norte se ha aclimatado generosamente, y diría que se la ama: es como un símbolo de fortaleza y rectitud. Su nombre botánico es quercus, de origen celta, ya que en aquella civilización eran sagrados.
Entre las numerosas especies de quercus, hay una poco común en nuestro país, pese a que se la nombre mucho. Se trata de Quercus suber o alcornoque, de madera tan dura que decirle a alguien cabeza de alcornoque es resaltar aquella cualidad. Son árboles de la región mediterránea, que crecen en el norte de Africa, España, Cerdeña y Portugal.
Su característica saliente es que la corteza exterior, liviana y porosa por su contenido de moléculas de aire y agua, crece hasta alcanzar varios centímetros de espesor: es el corcho, de amplias e importantes aplicaciones.
El alcornoque puede vivir hasta 150 años, tiene copa amplia y muy ramificada, hojas verde oscuro, permanentes, sus semillas son las bellotas, elemento importante para alimentar los cerdos y obtener el delicioso jamón ibérico, además forma bosques.
Pero lo verdaderamente importante es la corteza, el corcho, que desde la época de los romanos se usa para proteger y tapar los recipientes con vino. Esta corteza, que se considera una reacción de la especie ante el fuego que podría dañarlo, crece lentamente: la primera extracción se hace a los 25 años, y luego con intervalos de 9 años. La extracción, llamada saca , es una operación delicada ya que no se debe dañar la corteza interna, que es la verdadera protección del tallo. La corteza extraída pasa a un proceso industrial a cargo de una corchera , empresa que fabrica corchos.
En Mendoza pude certificar estos datos: en el parque San Martín encontré dos viejos ejemplares de alcornoques, nunca descortezados, que sin duda datan de plantaciones antiguas, y visitar Cork Supply Argentina, una corchera en la que comprobé la complejidad de operaciones necesarias para llegar al producto final, el tapón, que se desecha desaprensivamente, aunque se trate de un corcho que tapa vinos de calidad.
Y me pregunto por qué, en este clima andino, seco y luminoso, no se han implantado cultivos de alcornoques. En la zona de Buenos Aires, sólo he visto un ejemplar en el Jardín Botánico Arturo Ragonese, del INTA Castelar.




