
La naturaleza no termina de sorprendernos, ya sea por el casi milagroso nacimiento de una planta en las rendijas del pavimento como por los logros de la ciencia descubriendo nuevas y benéficas aplicaciones de plantas conocidas. Eso sería lo que está pasando en Misiones con un árbol tropical, llamado Jacaratiá spinosa o yacaratiá, que crece en el interior de la selva, donde el resto de la vegetación lo protege de las heladas a las que es muy sensible.
Las condiciones imprescindibles para su desarrollo son humedad y calor, y prefiere bajas y húmedas elevaciones en bosques húmedos y nubosos. Es un árbol que puede alcanzar los 30 metros, de tronco liso, ramitas terminales con espinas, hojas compuestas de hasta 20 centímetros formadas por cinco a nueve foliolos, que florece con modestas flores blancas y fructifica durante todo el año. Cualquier herida o desprendimiento de alguna parte de la planta produce el flujo abundante de un exudado lechoso porque sus tejidos están formados por células que actúan como minúsculos depósitos de agua y nutrientes. Esta especie no es valorada, y en la tala de bosques se la descarta porque no provee de celulosa para la fabricación de papel.
Esa circunstancia fue advertida por el ingeniero agrónomo Roberto Pascutti (ya fallecido), investigador que, estudiando las costumbres de los antepasados de los aborígenes de la región, guardadas en testimonios de los jesuitas, supo que utilizaban trozos de madera de yacaratiá para nutrirse y aplacar la sed. También hacían con él una golosina colocando un trozo de su madera en el extremo de una caña que impregnaban con miel, y la hacían rotar sobre el fuego obteniendo un rústico y delicioso caramelo. Después de numerosas gestiones, Pascutti logró convencer a las autoridades, y pudo patentar su proyecto de que se considerara al árbol como potencialmente comestible, y que le permitieran sacar y trozar el árbol antes de que lo talaran porque a las tres horas de talado el material empieza a deteriorarse y echarse a perder, debido a la cantidad de agua que poseen los tejidos. Una vez trozado en listones se los hierve para que desprendan todo el concentrado de nutrientes que poseen.



