
En esta charla, el actor y director nos cuenta sobre su relación con la actriz y cantante Viviana Sáez, los recuerdos de Uruguay natal, su faceta como creador de objetos y su compromiso humanitario
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Por meses, mientras protagonizaba casi en simultáneo la comedia dramática “Vamo’ los pibes” y el musical “Billy Elliot”, dos exitazos de la cartelera teatral porteña, Osvaldo Laport (70) llegaba a su casa y metía todo lo que había en ella en cajas para mudarse. “Fue un caos. Volvía del teatro y no sabía por dónde empezar: ¡había que desarmar 34 años de historia construidos en una quinta de 14 mil metros cuadrados! Soy bastante acumulador y cada objeto, desde la chaira y la caja de herramientas que usaba mi padre, hasta la cuna que yo mismo construí cuando nació mi hija Jazmín, pasando por una puerta de hierro y las tranqueras…, todas guardan una historia. Son historias que hablan de los orígenes, van tejiendo la vida y terminan armando un legado”, cuenta a ¡HOLA! Argentina el reconocido actor, evocando el vértigo de la mudanza que vivió junto a la cantante y actriz Viviana Sáez, su mujer desde hace casi cinco décadas.

“Si hacía semejante movida, para mí era importante que la nueva casa tuviera salida al río, como la casa de la infancia en Uruguay, cuyo fondo daba al Río de la Plata. Tras ver muchísimas propiedades, apareció esta casa. No bien entramos, con Viviana nos enamoramos de la energía y de la luz. ‘Es esta’, dijimos los dos sin dudar”, dice Laport de su nuevo hogar, sobre un terreno de 1600 metros cuadrados. Ubicado en Benavídez y con el río Luján de fondo, el lugar terminó por acomodar las necesidades de ambos: rincones generosos para guardar la historia familiar y recibir amigos, un jardín para Menta, Romero y Tomillo, sus tres perros, además de espacio de sobra para las plantas que Viviana, el amor de Osvaldo, cuida con esmero.

–¿Cómo se conocieron con Viviana?
–En 1978, mientras tomábamos clases de teatro con el maestro Luis Tasca. Yo tenía 23 años y ella, 18. A mí me encantaba…pero ¡había muchos pretendientes a su alrededor! Un día, fuimos a ver una función de El diluvio que viene con todo el grupo de teatro; y, durante el intervalo, Viviana preguntó si alguno podía acompañarla hasta un teléfono público para avisarles a sus padres que la obra terminaría tarde. ¡Y ahí salté yo!
–Y la conquistaste.
–Luché bastante: había muchos buitres revoloteando. [Se ríe]. Yo era de pueblo, pero… creo que era pícaro. Cuando salíamos de las clases de teatro, la acompañaba en colectivo hasta su casa, en La Boca. En el almacén de su padre, ella me preparaba unos sándwiches tremendos. Desde La Boca hasta mi pensión, en el centro, en la calle 25 de Mayo, me volvía caminando porque las monedas que tenía sólo me alcanzaban para el boleto de ida. ¡Llegaba cansadísimo, pero feliz! Los papás de Viviana me aceptaron lo más bien… Más rápido la mamá que el papá. [Dice en broma]. ¡Imaginate: Vivi era su primera hija! En 1989, cuando me convocaron para hacer Pobre diabla [con Jeannette Rodríguez] en Venezuela, les pedí permiso a los padres de Viviana para que viniera ella conmigo. Ellos me dieron su voto de confianza.
–¿Cuál es la fórmula para una pareja que ya lleva cuarenta y siete años?
–Mi respuesta rápida sería decir que no hay fórmula. Pero, creo que, por un lado, está la sensibilidad para con el otro. Con Vivi, aprendimos a reírnos; sabemos escucharnos y, al mismo tiempo, hacer silencio. Y, por el otro lado, diría que también tiene que ver lo heredado: tanto los padres de ella como los míos nos dejaron como herencia la tenacidad, la perseverancia, el respeto y la alegría del acompañamiento. Para transitar la vida juntos, a veces, es uno el que tironea; otras veces, es uno el tironeado. Y, para mí, eso siempre es de la mano. Es elegirse.

–Cuando pasaste a ser galán con exitazos como Más allá del horizonte [de 1994, con Grecia Colmenares], Campeones de la vida [de 1999, con Soledad Silveyra] o con Amor en custodia [2005, también con Silveyra], ¿hubo celos? Eras el ícono romántico del momento.
–Eso es parte del juego. En esa época de la televisión, fui un privilegiado. De parte de ella, no hubo nunca celos. Te digo más: en una de las cajas de la mudanza, apareció una pancarta que un grupo de fans me había hecho hace años atrás: ¡Vivi la había doblado y guardado! Para mí, que no haya habido celos tiene que ver con que los dos tuvimos siempre claro cómo era el juego. En el trabajo, nos hemos ido acompañando todo el tiempo. Y eso también pasó con nuestra intimidad.

–Has contado que duermen desnudos…
–Sí, y con las piernas entrelazadas y sintiendo la temperatura de la piel del otro. A ninguno se nos ocurriría dormir en cuartos separados porque ya tengamos arrugas o porque alguno ronca… ¡Eso es parte de la relación! Si alguna noche no le di la mano, al día siguiente Vivi me lo reclama. El amor va cambiando y el erotismo también. Se va reciclando. En esta etapa de nuestras vidas, también nos acompañamos en el erotismo: caminar de la mano es erotismo y también ir juntos a ver ropa.
–¿Te gusta la ropa?
–De toda la vida. Debo haber sido uno de los primeros que, en Juan Lacaze [la ciudad de Uruguay donde nació], tuvo un pantalón Oxford. Me lo hizo mi mamá, que era modista. Ella también me confeccionó un Montgomery y, a los botones de madera, los hice yo. Mis padres me enseñaron a trabajar la huerta, levantar paredes y a limpiar aljibes y también a cortar el pelo, planchar y a coser. Cuando empezamos a ir a estrenos con Vivi y no teníamos un mango, yo le hacía la ropa: le forraba carteras y hasta llegué a fabricarle aros con caireles. Me gusta revolver y buscar. No soy marquero: me gusta lo raro; ser transgresor. Me importa poco la crítica.

–Y en todos estos años de relación con Viviana, nunca abandonaste los pequeños detalles…
–Para mí, la vida es simple: se trata de compartir y acompañarse. Me encanta llevarle el mate a la cama. Y, para sus shows, siempre le regalo rosas; ella también lo hace conmigo. Regalar y recibir flores me encanta. Es algo que traigo desde los 8 años, cuando era canillita en mi pueblo. Un verano, una de mis clientas, que era la mujer del médico del pueblo, me invitó a tomar el té a su casa: y armó la mesa con un increíble mantel bordado y vajilla de porcelana. A partir de ahí dejé los diarios y pasé a trabajar en su casa haciendo los mandados: armar ramos de flores estaba entre mis tareas. En esa casa, aprendí el gusto por regalar flores y también a poner la mesa. Me encanta poner la mesa y agasajar a mis invitados. Creo que sería un gordito feliz –porque me encanta comer–, pero me cuido: entreno todos los días no sólo para sentirme bien y envejecer con dignidad. También lo hago para seducir a mi mujer.

-Le han dejado la vara muy alta a su hija Jazmín. ¿Ella les pide consejos de amor?
–Sólo si nos pide le damos nuestra opinión… a ella y también sus amigos que, para nosotros, son como nuestros hijos postizos. Compartimos nuestra experiencia y nada más. La nuestra es sólo una relación posible entre miles de parejas. Según Jazmín, somos el yin y el yang. [Se ríe]. Cuando ella nos pide una opinión, yo digo blanco y Vivi, negro. Somos diferentes y, al mismo tiempo, compatibles. Sí estuvimos de acuerdo en decirle que, si iba a dedicarse al arte, debía estudiar y autogestionarse; le insistimos que tuviera disciplina, perseverancia y equilibrio: si el ego se interpone, te limita y te impide evolucionar. Jazmín es una luchadora: todo lo que hace es a pulmón.

–Llevás dos décadas como embajador de buena voluntad de ACNUR [fue el primero de América Latina]. ¿En qué te cambió esa experiencia?
–Cada uno de los viajes forma parte de mi patrimonio de vida. Me han hecho reflexionar sobre la anestesia de un mundo que está tan distraído que ya no valora la paz ni la libertad. Hoy, entre guerras, crisis políticas y hambrunas, hay más de 117 millones de desplazados: la cifra más alta de la historia. Son familias despojadas de su tierra, de su identidad y de su futuro. Para Vivi y Jaz, a veces, es duro: he ido a lugares de nivel de riesgo cinco –los más altos por su conflictividad– y sufren cuando ven mi frustración al volver: para visibilizar este drama, toco la mayor cantidad de puertas que puedo y, muchas veces, no se abren. En noviembre, viajo a Sudán con “La Promesa”, una campaña en la que, embajadores como yo, reafirmamos nuestro compromiso. Nadie elige ser refugiado: nos puede pasar a cualquiera, en cualquier momento.

–¿Te imaginás como abuelo?
–Quizás con Vivi estemos cerquita de ese momento. Jazmín y Boro [así le dicen al actor Boris Bakst, que es pareja de su hija desde hace dos años] están viviendo juntos desde hace poco; con Vivi sentimos que son del mismo palo, que comparten la misma filosofía de vida. Nos da una alegría enorme verlos felices.

–¿Te impactó cumplir 70?
–Para nada. Las chicas querían armarme un gran festejo, y no quise. Para mí, fue un día más. Al mediodía, prendí el fuego para asado y, a la noche, vinieron los amigos. La torta fue una idea de Vivi y de Jazmín: una horma entera de dulce de batata y arriba una horma de queso. Amo el queso y dulce. No soy de hacer balances, pero diría que, en lo profesional, tuve el privilegio de haber sido convocado para hacer un boxeador, un indio, un gitano… personajes atípicos y que no se repitieron más. En este momento, mientras sigo generando propios, también estoy evaluando algunos junto con mi hija Jazmín y con Boro. Estoy en una etapa de elegir, pero también estoy para que me sorprendan.

–Quizás nos sorprendas vos con tu casamiento con Viviana, ¿no?
–[Se ríe]. Vivi, bromeando, dice que todavía no nos casamos porque yo no se lo pedí de la manera clásica: de rodillas y con anillo. Quizá un día de estos la sorprenda y venga a buscarla con un bote de madera y la lleve hasta la iglesia que está allá, enfrente, del otro lado del río.

Producción: Paola Reyes @paoreyesandaur
Agradecemos a Cardón Argentina

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