Uno permanece oculto para evitar vandalismo y otro tiene acceso restringido por ley. Las historias detrás de los gigantes más famosos de la Tierra
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Hay árboles que son, simplemente, árboles. Y hay árboles que son templos, archivos, dioses, enigmas. Los cuatro que siguen pertenecen a esa segunda categoría: uno recibió la iluminación de Buda bajo su copa; otro lleva más de cinco mil años vivo en un desierto de roca; un tercero tiene el tronco tan ancho que treinta personas no alcanzan a rodearlo; el último es tan alto que las autoridades lo protegen con multa. Cada uno ostenta un récord planetario. Cada uno, también, guarda una historia que la botánica sola no alcanza a explicar.

El más venerado
En el estado indio de Bihar, a un centenar de kilómetros de Patna, existe una ciudad pequeña y poco frecuentada por el turismo convencional que, sin embargo, es uno de los lugares más sagrados de la Tierra. Se llama Bodh Gaya y lo que la hace única no es ningún palacio ni ninguna ruina: es una higuera.

Hace aproximadamente veinticinco siglos, un príncipe llamado Siddhartha Gautama llegó hasta allí después de años de ser un errante espiritual. Se sentó bajo esa higuera, un Ficus religiosa de hojas en forma de corazón, con una sola determinación: no moverse hasta comprender la naturaleza del sufrimiento humano. Lo que ocurrió bajo esas ramas aquella noche fue, para los budistas, el nacimiento de una religión. Siddhartha se convirtió en Buda. El árbol se convirtió en el Árbol Bodhi: el más venerado del mundo.

La historia del ejemplar que hoy crece junto al Templo Mahabodhi, declarado Patrimonio de la Humanidad, es en realidad una historia de destrucciones y resurrecciones. Fanatismos religiosos, tormentas y siglos de descuido conspiraron contra él en distintos momentos. Pero el árbol, o sus descendientes directos, propagados por esquejes que viajaron hasta Sri Lanka, Japón, Tailandia y más allá, volvió cada vez. La tradición budista interpreta esa resiliencia como algo más que botánica: la llama, sin más rodeos, milagro. Cada 8 de diciembre, el Día del Bodhi, miles de peregrinos de todo el mundo se sientan bajo sus ramas a meditar, en el mismo gesto que su maestro repitió hace veinticinco siglos.

El más longevo
A doce mil kilómetros de distancia, en las Montañas Blancas de California, no hay templos ni multitudes. Hay silencio, roca calcárea, viento seco y un pino retorcido que germinó cuando el Imperio Acadio, el primero de la humanidad, todavía existía.

El árbol más antiguo del mundo no tiene cartel ni camino señalizado. Su ubicación es un secreto que solo manejan unos pocos científicos y guardaparques y hay buenas razones para ese sigilo: ya hubo intentos de vandalismo contra otros ejemplares de la misma especie, el Pinus longaeva o pino bristlecone, una conífera que parece diseñada por la adversidad. Crece a más de tres mil metros de altitud, en suelos tan pobres y pedregosos que ninguna otra planta quiere competir en ese territorio. El frío es extremo, las lluvias casi inexistentes, los vientos implacables. Todo eso es lo que lo mantiene vivo: al crecer muy despacio, su madera se vuelve tan densa y tan cargada de resina que los hongos, los parásitos y la putrefacción no encuentran por dónde entrar.
El árbol en cuestión tiene unos 5.067 años. No es el famoso Matusalén -otro pino bristlecone de la misma zona, de casi 4.900 años, que durante décadas ostentó el récord- sino un ejemplar identificado más recientemente y aún sin nombre propio. Sus anillos de crecimiento no son solo un registro de su edad: son un archivo climático de una precisión que ningún instrumento humano puede igualar. En esas capas concéntricas está escrita la historia de las sequías, las erupciones volcánicas y los inviernos anómalos que atravesó la humanidad desde antes de que existiera la escritura.
El más ancho
En Oaxaca, México, hay un árbol que no se esconde. Al contrario: está en el centro de un pueblo que lleva su nombre, junto a una iglesia colonial, a doce kilómetros de la capital del estado, sobre la carretera que va a Mitla. Cualquiera puede verlo. El problema es abarcarlo.

El Árbol del Tule es un ahuehuete o ciprés de Montezuma, Taxodium mucronatum, árbol nacional de México, con el tronco más ancho del mundo. Su diámetro roza los nueve metros y su circunferencia supera los cuarenta y dos. Para rodearlo hace falta una cadena humana de al menos treinta personas con los brazos extendidos. Su peso se calcula en más de seiscientas toneladas. Tiene entre 1.400 y 2.000 años de vida -los estudios no coinciden del todo- y sus raíces beben de un acuífero subterráneo que, a mediados de los noventa, estuvo a punto de secarse por el avance urbano y la agricultura intensiva de la zona. La comunidad reaccionó, se tomaron medidas de emergencia y el gigante sobrevivió.

Los zapotecas lo llamaban Yaga Guichiciña o árbol resplandeciente. La leyenda dice que lo plantó hace catorce siglos un sacerdote del dios del viento. Otra versión atribuye su origen al bastón de un rey mixe que, clavado en tierra durante un descanso, echó raíces. Lo cierto es que su tronco lleno de protuberancias y pliegues genera formas que los lugareños conocen de memoria: un cocodrilo, un delfín, la cabeza de un venado, la casita de un duende. Los niños del pueblo las señalan con el dedo a los turistas como si leyeran un libro tallado por el tiempo. Los botánicos, por su parte, dicen algo sorprendente: según el estado de su madera, el Tule todavía no llegó a su plena madurez. Puede seguir creciendo.
El más alto
En algún punto del Parque Nacional Redwood, al norte de California, crece el ser vivo más alto del planeta. No se sabe exactamente dónde. No hay señal, no hay sendero oficial, no hay coordenadas públicas. Y desde 2022, acercarse demasiado implica una multa de cinco mil dólares.

Hyperion es una secuoya costera -Sequoia sempervirens- que mide 115,92 metros. El equivalente a un edificio de treinta y cinco pisos. Lo encontraron en 2006 dos excursionistas que recorrían el parque sin ningún propósito científico particular: simplemente miraron hacia arriba y notaron que un árbol superaba por mucho la altura del dosel forestal que los rodeaba. Las mediciones posteriores, realizadas con tecnología láser y cinta métrica desde la copa hasta la base, confirmaron el récord. El árbol recibió el nombre de Hyperion, el titán griego que miraba desde lo alto, y desde entonces no ha parado de crecer.

Tiene entre setecientos y ochocientos años, lo que lo convierte en un adolescente para los estándares de su especie: las secuoyas costeras pueden vivir más de dos mil años. Su corteza, que llega a los treinta centímetros de espesor, lo protege de los incendios forestales con la eficacia de un escudo. La niebla del Pacífico que envuelve esa franja de California durante buena parte del año es la clave de su crecimiento extraordinario: le provee humedad constante, reduce la pérdida de agua por transpiración y mantiene el suelo saturado. Helios e Ícaro, dos secuoyas vecinas que superan los ciento trece metros, son su compañía más cercana. Un barrio de gigantes en medio del bosque, sin dirección conocida.











