La paisajista y jardinera Victoria Provenzano explica, a partir de su experiencia personal, qué conviene mirar antes de plantar y cómo organizar el jardín en zonas
5 minutos de lectura'

Desembarcar en un terreno puede generar incertidumbre. En medio de la ansiedad por el final de obra, muchas veces nos lanzamos a plantar sobre ejes medianeros o cercos de manera apresurada. También aparecen los árboles, que imaginamos desde el inicio por la sombra y el clima que aportan. Un poco de grama bahiana, algún arbolito y varias oleas texanas para cubrir la vista del vecino suelen ser los primeros recursos. En esos intentos iniciales buscamos construir un pequeño edén con pocos elementos.

Con el tiempo empecé a pensar el jardín de otra manera: como un organismo vivo, en permanente cambio, atravesado por procesos naturales que buscan su propio equilibrio. Mirado así, el jardín deja de ser una obra inmediata y pasa a ser un proceso integral que llevará años.
Al planificarlo me gusta detenerme a pensar qué quiero recibir de él, qué aspectos deseo cuidar, cuánto tiempo estoy dispuesta a dedicarle y qué paisaje me gustaría evocar. También aprendí a abordar el espacio como un todo. No siempre es necesario dividirlo de forma rígida entre flores, huerta, árboles o zonas de descanso. Cuando el diseño se vuelve más abierto aparece la posibilidad de que otros seres lo habiten y el jardín empieza a comportarse como un pequeño ecosistema.

A partir de mi experiencia personal, comparto una guía con algunos pasos que me resultaron útiles, junto con algunos desaciertos que se transformaron en aprendizaje.
Primer paso: observar el espacio. Antes de intervenir conviene dedicar tiempo a mirar el terreno en distintos momentos del día y bajo diferentes condiciones climáticas. Tomar notas ayuda a registrar lo que ocurre.
Segundo paso: elaborar un mapeo del jardín. En ese registro conviene identificar:
- sectores de sombra y de sol
- cómo incide el recorrido solar a lo largo del año
- reparos naturales frente al viento
- zonas bajas o inundables
- recorridos y caminos habituales dentro del terreno
Este mapa se vuelve la columna vertebral del proyecto y orienta las decisiones sector por sector.
Tercer paso: definir qué espacios queremos crear. Una vez reunida la información, resulta útil listar qué sectores imaginamos: cómo dialogarán con la arquitectura existente, qué visuales queremos integrar a la casa, qué fauna nos gustaría atraer o incluso qué sonidos naturales querríamos escuchar.

Con estas ideas llega el momento de trabajar en el papel.
Para organizar el jardín utilizo un sistema de zonas en relación con la vivienda, que funciona como punto central o “zona 0”. A partir de allí se diseñan sectores concéntricos según la frecuencia de uso y mantenimiento.
Zona 1: lo que requiere atención constante. Aquí ubico los espacios que necesito tener a mano o monitorear con frecuencia:
- huerta de aromáticas
- cultivos de cosecha diaria
- herramientas
- zona de propagación
- pequeño invernadero
- compostera
- frutales pequeños

Esta decisión surgió de errores propios. El primer año planté arándanos y frutillas lejos de la casa y las hormigas los dañaron rápidamente. También coloqué la compostera en el fondo del jardín y cada vez que tenía que llevar residuos orgánicos el recorrido se volvía poco práctico.
Zona 2: sectores de visita diaria. En esta área ubico espacios que reviso al menos una vez al día, como:
- gallinero y sector de verdeo
- frutales medianos (limoneros, mandarinas, quinotos)
- posibles huertas o viveros productivos

Aquí conviene acompañar los árboles con flores, medicinales u otras plantas que faciliten su implantación durante los primeros años. Para huertas y frutales es importante asegurar al menos seis horas de sol diario para lograr buenas cosechas.
También es un buen lugar para acopiar material vegetal destinado a compostajes mayores: restos de poda, cortes de pasto y biomasa en general. De esta forma el jardín empieza a funcionar como un sistema circular que reduce residuos.
Zona 3: árboles de mayor tamaño y protección del jardín. En esta área ubico frutales más voluminosos, como manzanos, nogales o higueras. También es un buen lugar para plantar barreras de viento que protejan el sector más cercano a la casa.
Si se trabaja con abejas, las colmenas pueden colocarse aquí para que tengan tranquilidad y espacio para su actividad.
El sistema de zonas puede complejizarse según las necesidades. Lo importante es entender que las áreas cercanas a la vivienda concentran mayor actividad y mantenimiento, mientras que a medida que nos alejamos podemos dejar mayor protagonismo a los procesos naturales.

Si el jardín se encuentra en un área periurbana y se desean crear sectores de vegetación libre o de menor intervención, recomiendo hacerlo a partir de la zona cuatro. Esto permite ofrecer refugio a flora y fauna silvestre sin que reptiles u otros animales queden cerca de los espacios de circulación cotidiana.
Estos principios también pueden aplicarse en jardines de escala media. En esos casos se trata de adaptarlos con creatividad utilizando contenedores, muros o medianeras.
Por último, hay un elemento que siempre intento incorporar cuando el terreno lo permite: un espacio acuático. Si se detecta un bajo inundable puede transformarse en un pequeño ambiente húmedo capaz de atraer libélulas, ranas, sapos y aves, que aportan vida y sonido al jardín.

Pensar el jardín de esta manera abre la posibilidad de diseñar un espacio productivo, dinámico y en transformación constante. En la próxima etapa el desafío será pasar del papel a la tierra y comenzar a poner en práctica estas ideas.
1El secreto mejor guardado de los estanques no está en el diseño
2Noruega inesperada: el jardín tropical que desafía el frío y rompe todas las reglas
3De la espera al fenómeno: cómo es el vivero-café de la familia Poggio que todos quieren visitar
4Plantar con intención: cómo crear escenas y no colecciones de plantas






