Demostrando la sutil diferencia entre lo simple y la simpleza, esta casa hecha al estilo de las más antiguas enamora a propios y ajenos.
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El escultor Auguste Rodin decía que es feo lo que es falso, lo que pretende ser bonito en lugar de ser expresivo. Ahí radica el encanto de la casa de Cristina, una fotógrafa argentina que veranea en La Pedrera desde hace 30 años y conoce bien de esa autenticidad tan propia del balneario uruguayo.

La vivienda fue proyectada y construida por Lacroze-Miguens-Prati como parte del complejo desarrollado por el estudio frente a la Playa del Barco, uno de los puntos más populares para los surfistas. Un paraíso de mar y campo, según aquellos que han tenido la suerte de encontrar un hueco para alquilarla. Ella, risueña, habla del fanatismo de su hijo por el surf, de las tardes cuidando sus plantas, de los perros corriendo a las gaviotas y, sin darse cuenta, se acerca mucho a la definición de belleza.

Antiguo mueble de almacén, mesa ratona (ambos de Lo de Álvaro, en San Carlos) y, en el fondo, una lámpara de pie comprada en un remate y acondicionada por la dueña. En la pared tras el sillón, dos ballenas de Elina Damiani sobre madera.
El living con la galería se abre hacia el sur para tener la mejor perspectiva del mar.

Entre los amigos de Cristina hay un chiste recurrente: le dicen que el estilo de la casa es “más allá del dinero”. Ella se ríe y arriesga una definición: “Así es cuando no querés impresionar a nadie. La Pedrera es eso”.


Los motivos del color
“¿Grecia? Me encanta. Pero en verdad elegí azul y blanco porque me parece muy marino, ideal para un lugar donde todo el tiempo escuchás el ruido de las olas”, dice Cristina, que para su dormitorio eligió un pie de cama hecho con la técnica artesanal de block print.




“Como no estoy en primera línea, tengo un jardín grande y una vista hermosa desde arriba. El camino hasta la playa atraviesa un cañadón muy silvestre. Para mí, el mejor plan es bajar temprano a la mañana con los perros”, comparte la dueña de casa.

El barrio fue un emprendimiento pionero en La Pedrera. Comprende 31 casas inspiradas en las antiguas construcciones de la zona con techo a cuatro aguas. La suya es la más apartada: en lugar de estar sobre la arena, se ubica en una loma con un jardín rebosante de hortensias y una intimidad envidiable.

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