
Cuando la diseñadora de interiores española María Santos pisó este departamento por primera vez, el panorama era un lienzo en blanco. “Está prácticamente enfrente de Central Park y tiene unas vistas maravillosas”, recuerda sobre el impacto de ese primer encuentro con la propiedad.

Las grandes ventanas del living enmarcan unas perspectivas que son, claramente, lo mejor de este piso.”
— María Santos, diseñadora a cargo del proyectoLa vivienda formaba parte de un edificio construido en los años 70 y contaba con una distribución compacta pero sumamente funcional. Un dormitorio con vestidor y baño en suite, un segundo dormitorio, cocina y un gran living-comedor con vistas únicas a la icónica ciudad.

Esas aberturas inmensas no solo recortan una de las postales más codiciadas del mundo, sino que se convirtieron en el eje central sobre el que se articuló todo el proyecto de interiorismo.
Hoja en blanco
La reforma estructural ya había sido ejecutada por una empresa constructora local en sintonía con un estudio de arquitectura neoyorquino.

La intención de los dueños –una pareja radicada en Madrid, aunque ella es estadounidense– era tener una base en Nueva York para disfrutar en vacaciones y momentos puntuales de reunión familiar. Al tener hijos pequeños y muchos perros, el desafío era lograr una casa muy limpia, fresca y excelentemente decorada.

“La idea fue una vivienda muy blanca, porque ellos son muy amantes del arte y querían un espacio flexible en el que poder incorporar piezas a lo largo del tiempo”, explica la interiorista sobre el hilo conductor que domina cada ambiente.

“Escogí una paleta de tonos blancos y cremas, y maderas claras para crear un escenario atractivo y que fuera un buen marco para coleccionar arte”, explica la interiorista.

Trabajo a distancia
“Cuando llegamos, la casa estaba totalmente terminada, pero completamente vacía”, recuerda María sobre el punto de partida. A la distancia, la interiorista ya venía asesorando a los clientes en las decisiones que le darían al departamento ese sello europeo tan buscado, tales como las molduras y un cambio de parquet.

Al principio, María intentó buscar el equipamiento en el mercado local, pero se topó con un obstáculo: las piezas antiguas neoyorquinas estaban tan restauradas que perdían su pátina original. La solución fue comprar joyas de los años 40 a los 60 en Madrid, diseñar sillones y alfombras crudas a medida, y embarcar todo rumbo a Estados Unidos.

Crisis, oportunidad
Sin embargo, lo que parecía una solución sencilla rápidamente se convirtió en un problema. Al llegar a Nueva York, el contenedor que transportaba todo el mobiliario quedó retenido por las autoridades aduaneras: “Tuvimos que pasar las semanas que habíamos organizado el montaje viviendo en el apartamento; pusimos unos colchones en el suelo y vivíamos ahí”.

La espera forzada en la ciudad se convirtió en una oportunidad para la inspiración. Acompañada por la anticuaria Carina Casanovas, María se dedicó a recorrer rincones de Brooklyn en busca de tesoros auténticos y sin restaurar para terminar de redondear el estilismo de la casa.

En ese recorrido dieron con austeras esculturas de los años 70, lámparas de cristal de la década del 30 y bancos de madera de los 50. Estas piezas hoy conviven con diseños icónicos.

Dulces esperas
“Cuando me encargaron el proyecto, yo estaba embarazada de mi primer hijo. Tuve que viajar a hacerlo de casi ocho meses de embarazo, con lo cual tuve que pedir permisos especiales para volar”, cuenta la diseñadora.

El dato no es menor, cuando relata lo que fue la entrega y sus complicaciones. Lo cierto es que, dos días antes de su pasaje de vuelta, les liberaron el contenedor y pudieron finalmente entregar el departamento listo.

Los muros entonces blancos hoy exhiben litografías en formato XXL de artistas de la talla de Francis Bacon y Anish Kapoor. El resultado de todo ese esfuerzo es un piso luminoso, despojado y sereno, pensado para recibir amigos y disfrutar del arte con la mejor postal de Manhattan de fondo.




