El lado B de las fiestas. Cuando los preparativos ponen a prueba el espíritu navideño
Cuestiones cotidianas pueden convertir al mes más festivo del año en un cóctel de emociones difícil de digerir y generar estrés estacional
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El bajón de fin de año existe. Y tiene nombre científico: los psicólogos lo llaman “depresión blanca” o “blues de Navidad”. No es un trastorno, si no más bien un estado de ánimo negativo y temporal. Tiene una característica muy particular: es estacional, está directamente asociada al mes de diciembre, época de fiestas, de “memoria y balance”. Se manifiesta a través del insomnio, la ansiedad, la angustia, la pérdida de apetito y el mal humor.
Las fiestas de Navidad y Año Nuevo suponen un viaje a través de las emociones. En una misma noche podemos pasar por la nostalgia, la tristeza, la alegría y la ilusión. Todo junto. No existe un momento en el año en el que se sientan tanto las ausencias. Al mismo tiempo, Noche Buena y Noche Vieja, cada una con sus rituales, nos dan la posibilidad de sentirnos niños otra vez.
Existe también un estrés estacional, de las fiestas, marcado por los conflictos familiares. Los preparativos para Navidad y Año Nuevo requieren el acuerdo de varios integrantes de la familia. Y, muchas veces, de dos o más familias: la de crianza, la propia, la política...
“¿Dónde nos juntamos el 24?”
Los chats familiares de whatsapp explotan. “¿Dónde nos juntamos el 24?”, es la inocente pregunta que enciende la conversación. En cada pareja, dentro de cada familia, se renueva el debate: “¿Con los tuyos o con los míos?”. Algunos resuelven la cuestión sobre la marcha, mientras que otros prefieren una solución salomónica y optan por un sistema rotativo: “un año con cada familia”. También están quienes acuerdan pasar la Navidad siempre con una familia y el Año Nuevo con la otra.
Cualquier detalle, aún el más trivial, puede generar una catarata de mensajes. El menú, por ejemplo. Puede haber debate entre los que prefieren las comidas típicas de la fecha (fanáticos del vitel toné) y los hinchas del asado. Ahora wathsapp ofrece la posibilidad de hacer encuestas en los grupos, lo que puede ayudar a resolver este y muchos otros problemas. Una pregunta repetida: ¿qué lleva cada uno? En algún momento, más cerca del 24, alguien aclarará que hay un nuevo vegetariano en la familia y otro recordará que es alérgico a los frutos secos para que no falte pan dulce “sin nada”.
Un punto central de la Noche Buena son los regalos. También acá hay que conciliar: ¿para todos o solo para los chicos?, ¿entre los grandes jugamos al “amigo invisible”?, ¿le ponemos un valor máximo a cada regalo? Y días antes de las fiestas aparece la duda que mortifica: ¿Qué se le regala al que nunca le complacen los obsequios?

Los que tienen hijos pequeños se desesperan por mantener la ilusión de que Papá Noel realmente existe y vive en el Polo Norte. Pero necesitan el compromiso de todos: un comentario fuera de sintonía puede destruir para siempre la fantasía de la Navidad en un niño. Entonces, ¿alguien se va a disfrazar de Papá Noel? El movimiento de distracción de los menores mientras los padres colocan los regalos debajo del arbolito debe ser perfecto.
Marilin Tauterys (48) es madre de tres hijos. Es médica clínica y vive en San Pedro, y cuenta su experiencia en las fiestas como una comediante experta: a toda velocidad y con mucha gracia. “Diciembre es el mes de la tortura. Todos estamos agotados, los chicos con los exámenes, los encuentros de fin de año, uno tras otro, y los terminás odiando... Tenés el estómago hecho torta y el bolsillo que resiste a duras penas. ¿Qué más hay que comprar? Nos peleamos para decidir dónde pasamos la Noche Buena, y están los suegros que quedan dando vueltas viendo a qué casa van. El 24 a la tarde terminamos corriendo, con la sensación de que siempre llegás tarde... Hay un momento en el que no das más. Ese día, yo quiero ese día apagar la luz y acostarme a dormir. Sin embargo, después se produce el milagro y terminamos todos felices, destacando la emoción de los chicos”, cuenta.

Marisa Russomando, psicóloga especialista en Crianza y Familia (MN 23189), ensaya una explicación para el estrés de fin de año: “Las fiestas generan combinaciones de diferentes emociones. En principio, hay un cierto empuje u obligación a estar bien, a estar alegres y pasarla bien. Ojalá que eso sucediera para todas personas y en todas las familias, pero a veces, algo esa obligación se vuelve en contra. Hay mucho de compromiso y obligatoriedad, por lo tanto hay poca gente que de verdad hace lo que tenía ganas de hacer, poca gente se encuentra con quien de verdad querría encontrarse y esto genera el contacto con emociones que no son tan positivas. Es muy bueno tratar de ser honesto con nosotros y tratar de compartir esos momentos con los que de verdad queremos y de la manera que deseamos y no repetir solo ritos y costumbres, sino el poder incluir la impronta personal. Y si nos encontramos con otros, tratar de hacer una pausa, dejar de lado las diferencias para que el buen encuentro sea posible. No se resuelve todo en una noche y conviene dejar los temas complicados para otro momento si es que nos proponemos celebrar en las fiestas”.
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