Hijo de una leyenda del automovilismo, fue el primer modelo argentino que triunfó en París y Milán
Oscar “Pelito” Gálvez desfiló para Kenzo y Dior, hizo retiros espirituales en la India y luego se instaló en Capilla del Monte, donde hoy se dedica a la pintura
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El hombre que impacta por su sencillez pero, al mismo tiempo, es dueño de un estilo único, es hijo de una de las leyendas del automovilismo argentino. Pocos saben que Oscar “Pelito” Gálvez ya pasó los 70 y que su padre fue el célebre Oscar Gálvez, cinco veces campeón de Turismo Carretera y protagonista de grandes premios internacionales. Instalado en Capilla del Monte (Córdoba) y rodeado de sus pinturas, dice que suele sorprender a sus vecinos cuando cuenta que fue el primer modelo argentino en triunfar en Milán y París desfilando para Saint Laurent, Dior, Issey Miyake, Moschino o Trussardi. Íntimo amigo de Kenzo Takada, fotógrafo del mundo y artista.
Como sus collages, Pelito Gálvez es un universo de imágenes y anécdotas. Rodeado de calma luego de haber vivido en Europa codeándose con celebridades, diseñadores, modelos y artistas de todas las áreas, acaba de publicar un libro, profundiza en su camino espiritual y no deja de regalar máximas. “El mejor momento de un hombre es cuando madura”, asegura el artista que visitó la India a sus 18 años y que, por si fuera poco, lo hizo a dedo.

–¿Cómo surgió semejante audacia?
–Cuando vivía en Milano tenía una amiga italiana que se llamaba Egidia, que ya lo había hecho de esa forma. Yo estaba fascinado, muy impresionado con el cuento. Entonces un día le dije: “Te pago el viaje, pero llevame”. Y arrancamos en una autoestrada de Milano rumbo a Brindisi, hacia el sur. Al mes llegamos a Nueva Delhi vía tierra. Agotadísmos, pero felices. Atravesamos Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán. Fue una experiencia increíble. Estuve nueve meses en los ashrams hinduistas, budistas y cristianos.
–¿Nunca tuviste miedo? ¿Atravesaste situaciones de peligro?
–Bueno, en ese primer viaje pasó de todo, incluida la pérdida del pasaporte. Recuerdo el peliculón que vivimos en Ankara. Estábamos en un micro en el medio de la nada con gente local y de repente notamos un ambiente muy raro, incómodo. Por su aspecto europeo y a la moda, pensaron que mi amiga era una libertina. La cosa es que tuvimos que bajar y nos empezaron a rodear. Ahí sentí mucho miedo, fue un momento horrible, con gente que solo hablaba turco. Por suerte nos terminó salvando el chofer.
–El hijo del ídolo, el que se crio entre fierros, en un contexto absolutamente diferente. ¿Qué decía tu padre?
–Calculo que le hubiera gustado que le prestara atención a su mundo. Pero eso debe llevarse en el alma. Correr no es una profesión, sino un impulso. Yo me crie en Flores. El taller mecánico quedaba detrás de la casa. Siempre había seis autos y recuerdo que cuando los probaban el ruido era terrible. Finalmente terminé pupilo.

–¿Cómo fue esa experiencia?
–No muy agradable. Viví en un colegio marista en Zona Norte. Yo era muy chiquito. Estar pupilo a los 9 años es una cosa que te marca mucho.

–¿Tu mamá estaba de acuerdo?
–Sí, mi mamá era una mujer muy sensible, pero mi casa era una cosa muy rara. Todos los días había 10 mecánicos almorzando. Ella, pobre, cocinaba para todos. Recuerdo su hit: la cazuela de mariscos. Todavía veo esa olla de hierro negra, imponente, donde cocinaba tan rico. Era todo atípico porque mi papá los fines de semana no estaba, se iba a correr. Tuve una familia y una vida totalmente atípicas. Igual agradezco, porque todo eso hizo que a los 18 años decidiera partir y así pude conocer el mundo.
–¿No guardás rencor?
–No, para nada. A papá le decían Tito, como el emperador. El vivía completamente concentrado en los motores. Era disciplinado al extremo. Venía los domingos de las carreras y desarmaba todo el auto. Recuerdo verlo en invierno, sin calefacción. Lo desarmaba y lo volvía a armar para dejarlo intacto para la próxima carrera. Vivía con esa pasión. Y yo respeto las pasiones.

–Decías que ese mundo, tan lejano, te invitó a volar...
–Sí. Era un chico especial, con mucha información religiosa. Crecí haciendo vida monástica, rezando el rosario de rodillas todas las tardes. Y mientras, mi padre salía en las revistas. Cuando paseábamos era como estar con Frank Sinatra. La gente lo volvía loco.
–¿Cuándo te fuiste?
–Cuando terminé la secundaria. Primero Munich, luego Milano. Lo del modelaje surgió antes de irme. Yo estaba en un boliche famoso, Cocodrile, y apareció un señor ofreciéndome hacer un comercial para televisión. Obviamente, acepté. Así que viajé sabiendo que podía trabajar de eso. El primer año me morí de hambre y de frío, pero no me volví. Apliqué la disciplina que heredé de mi padre, esperé, y de pronto empezaron a salir un montón de trabajos.

–¿Cómo se fue dando?
–Después de la experiencia en la India me fui a París. Yo soy morocho de ojos verdes, tengo la piel oscura. Y eso me diferenció del resto, que eran muy blanquitos de ojos celestes. Había mucho alemán y americano en ese entonces. Estoy hablando de 1971. Pero yo, que tenía mi ego bien puesto, empecé moverme. Al tiempo, cuando fui a Saint Tropez, conocí a Kenzo. Él en ese entonces solo tenía una pequeña boutique en una galería parisina. De ahí en adelante todo se dio mágicamente. Kenzo se transformó en el genio que todos conocemos, lo conocí a Saint Laurent... Viví la época de oro de París con todos ellos.
–¿Qué otros personajes llegaste a considerar amigos?
–Lo quise mucho a Karl Lagerfeld. Isabella Rossellini es el ser más encantador que uno pueda imaginarse. Traté con mucha gente fabulosa, pero no me quedaba ahí metido. Yo seguía yendo a la India. No todos entendían cómo pasaba de Saint Laurent a la Madre Teresa de Calcuta, a quien conocí y veneré. Mi vida es así. Yo todo el dinero que gané como modelo me lo gasté viajando.
–¿Nunca quisiste tener tu propia familia?
–No. Podría haberlo hecho porque estuve en relación con varias modelos divinas y buena gente, pero no quise. Y hoy pienso que fue lo mejor, porque estoy en un viaje de introspección muy profundo. Por eso me vine a vivir a Córdoba, en plena naturaleza. Me hice una casa con un lugar para meditar, donde escribo y hago lo que me hace bien.
–También sos fotógrafo y artista plástico.
–Sí, después de mi etapa de modelo me pasé del otro lado de la cámara. Y me fue bárbaro. Estuve en Londres trabajando para la revista Nineteen. Y después me contrataron para Vogue. La carrera de fotógrafo fue creciendo y al tiempo empecé a pintar. Imprimía, pegaba. Y como tengo un archivo de fotos increíble, nacieron los collage.
–¿Estás pensando en hacer una muestra?
–Sí, por suerte tengo un montón de proyectos. Y está mi libro, Los 21 códigos, que es una especie de síntesis de todo lo que acumulé durante mi vida. Porque yo soy profesor de yoga y renacedor. Entonces hice una sumatoria de todo lo que había acumulado: información esotérica, metafísica. Creo que la vida es un rompecabezas. Uno no actúa, sino que se ve llevado a actuar.

