Inmunidad psíquica, la clave ante el fin de nuestras costumbres
La pandemia se impone al ser humano con toda su violencia disruptiva, no sólo por sus formas extremas que conlleva a la enfermedad y eventual muerte, sino aún en ausencia de covid positivo, al alejamiento que venimos padeciendo respecto a nuestros seres queridos y hacia el otro en general como medidas preventivas.
Ante la dificultad de combatir la pandemia en nuestro país en ausencia o escasez manifiesta de vacunas, la única herramienta que se dispone es la distancia social asociada a todas las medidas que conocemos. Los gestos “barrera”, es decir mantener una distancia de contacto con el otro. No son decisiones fáciles de tomar por parte de las autoridades ni evidentes de respetar por parte de la ciudadanía. A la vez por agotamiento psíquico y por las consecuencias económicas. A veces se presenta lo sanitario y lo económico como antagonistas, cuando en realidad están indisolublemente ligados. No hay economía sin salud, no hay salud sin economía.
Las medidas restrictivas no son contra nadie, sino en pos del bienestar colectivo, algo difícil de aceptar. La vida en nuestro planeta ha tomado un giro inédito que requiere una adaptación vertiginosa que no es sin sufrimiento. Se habla de la inmunidad de rebaño pero las variantes nuevas que van apareciendo cuestionan esta noción, ilusoriamente alcanzable sin vacunas eficaces.
Algunos sostienen que se cercenan las libertades individuales. Pero si la libertad es la posibilidad de elegir, el bien social exige responsabilidad individual con respeto del bien colectivo. No hay una isla en la peste sostenía Camus. La inmunidad no es individual, es colectiva o no es. Si algunas medidas cambian nuestras costumbres y nuestro modo de concebir el mundo que conocíamos antes de la pandemia, será necesario adaptarlas y configurarlas para proteger la salud con el menor daño posible a la economía individual y colectiva.
Pero más allá del impacto económico, sí me parece un grave cuestionamiento del futuro de los niños y jóvenes, suspender una vez más la escolaridad.
La situación extra-ordinaria exige de cada uno de nosotros un cambio en nuestro psiquismo, acudiendo a la plasticidad psíquica, fuente de otra protección que es la inmunidad psíquica. Forma de inmunidad descripta por Moty Benyakar, tan necesaria como los anticuerpos para confrontarse a procesos disruptivos. La confrontación con el dolor, con el aislamiento, la depresión y a veces la desesperanza más profunda, con esos momentos en que todo parece desintegrarse, es a menudo el paso previo a dimensionar aquello que privilegiamos, con la esperanza de una renovada energía y placer de vivir.
No será sin atravesar el desierto del aislamiento y de las medidas precautorias de un tiempo indefinido.





