Julieta Cardinali, íntima: cómo es vivir con una adolescente, la pasión por el teatro, y su presente amoroso
Actriz y madre de Charo, la hija que tuvo con Andrés Calamaro, habla de la obra que protagoniza y reflexiona sobre la vida en pareja
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La chica que fue paquita de Xuxa y actriz indispensable de programas televisivos, hoy no puede ser más feliz vistiéndose de riguroso negro para dejarlo todo en No tiene un desgarrón, una obra de Thomas Bernhard adaptada por Rita Cortese (tendrá tres funciones este mes) que relata cómo el fascismo puede instalarse en la vida cotidiana, en los discursos y también en las personas.
Julieta Cardinali, que viene del exitazo de Envidiosa (ultima temporada) disfruta siendo la señorita Zittel, un ama de llaves austríaca que hipnotiza. Hace tiempo que elige los personajes, y queda demostrado que no busca lo ligero.
Hija de una madre que la marcó y a quien extraña cada día y madre, a su vez, de Charo, una adolescente que es el motor de su vida, cuenta que la conmueve especialmente el universo femenino. “Y eso que la adolescencia no es fácil. Pero Charo es especial. Con ella la pasamos bárbaro y nos entendemos con solo mirarnos. Casa de mujeres, la mía. Porque además tengo excelentes amigas”, dice.
-Y en el escenario también. Dos mujeres: vos y Vera Spinetta.
-Enorme actriz. Estoy muy feliz con la obra y esta situación de hacer teatro independiente, llenar la sala del Dumont. Resulta muy placentero hacer estoy hoy, es de una actualidad abrumadora. La obra tiene que ver con cómo volvemos a elegir cosas que están mal. Y es lo que se ve hoy en el mundo: cómo vuelve a colarse el fascismo, el nazismo, los discursos del odio que avanzan y se naturalizan.
-¿Y qué se hace?
-Hablar, explicar, educar. Es triste que los chicos crezcan naturalizando que se le pueda decir cualquier cosa a cualquier persona.
-Chavela Vargas cantaba aquello de caer en los mismos errores. ¿A vos te pasa o sos más de me quemo con leche, veo una vaca y lloro?
-Depende. Las dos cosas en realidad. Hay temas con los que me quemé con leche y me juré que no me agarraban más. ¡Y no me agarraron! Y otros con los que vuelvo a caer. Me pongo a pensar e inmediatamente vinculo esto con la pérdida de mi madre.
-¿Por qué?
-Ella falleció muy joven, a los 56 años. Cuando ya estaba muy grave, me dijo: “No te hagas problemas por las cosas que no son un problema real”. Es una frase común, tal vez. Hasta podría entrar en el grupo de las de autoayuda. Pero cuando te lo dice alguien que se está muriendo, hay algo que entendés. Yo en ese entonces ya era mamá, y ese consejo me quedó resonando. Cuando estoy en alguna situación que me amarga, vuelvo a ese momento. Y pienso: “¿Esto es un verdadero problema?" Es un ejercicio, desde ya. Porque después viene la vida y entrás en las mismas trampas.

-Pero tenés el arma, que es esa frase.
-Sí, hubo algo que me cambió, que me ayuda a no caer en los mismos errores. Porque la tengo a ella con el claro ejemplo de que la vida se puede terminar de un momento para el otro. Después de ser testigo de eso no podés pasar por este mundo papando moscas.
-¿Qué aprendiste de ella?
-Mi mamá se llamaba Norma y era ama de casa. Trabajó de joven, pero después no. Tuvo una vida hermosa que terminó abruptamente cuando apareció la enfermedad oncológica horrible. La vi sufrir mucho y por supuesto me cambió la vida porque éramos muy unidas.
-¿Quedaste con muchos miedos?
-No soy hipocondríaca ni hago espejo con nada. Pero además de sentir que tengo un duelo eterno, me cambió la perspectiva del tiempo. Eso de observar y ser consciente de la finitud. El entender que estamos de paso. Ser más consciente del tiempo hace que pierdas menos tiempo.

-¿Alguna vez te preguntaron cómo sobrevivir al divorcio con una pareja famosa y no caer en el escándalo? Porque siempre surfeaste bien en esas aguas...
-No creas. Hubo un momento, cuando me separé del papá de mi hija, que fue bastante pesado. Pero salí ilesa porque nunca hablé. Entendí que tenía que preservar a mi hija, además yo no me sentía cómoda en ese lugar. Así que me guardé como un avestruz. Metí la cabeza abajo de la tierra y dejé que pasara la tormenta. Era un momento doloroso y no quería que fuera público. Hubo un tema, sí. Pero no estuve yo activando el fuego.
-Gran ejercicio. Porque generalmente la furia es más fuerte.
-Bueno, pero nada como el amor que uno tiene por su hijo. En mi caso hija, hoy una mujercita de 19 años a la que siempre preservé de lo público para que pueda ser libre. Yo tengo un perfil bajo que me sale naturalmente y no me siento cómoda siendo noticia de nada. Y esa misma línea bajo para mi hija. Igual ella ya abrió sus redes, sube sus cosas. Ahora sí es su decisión. Y me parece espectacular.
-Le atrae tu mundo, ¿no?
-Estudia psicología y teatro. Dice que no es influencer pero trabaja con marcas, es divina. De repente hace cositas porque la buscan. Pero ahora está muy contenta estudiando. Tiene una vida de adolescente muy normal; un grupo de amigas hermoso.
-Casa de mujeres...
-Sí, casa de mujeres que vivimos solas, siempre muy unidas. No voy a hablar desde un término de amistad porque somos madre e hija, pero hay una complicidad y compatibilidad hermosa. Muy compañeras. Ella es increíble.
-¿Tanta armonía en casa hace que te de fiaca enamorarte, que surja la posibilidad de convivir?
-No, yo siempre creo en el amor. Pienso que es un motor positivo. Lo que digo es que no necesito a un hombre para lograr una vida feliz. Tengo una hija y un grupo de amigas increíbles. Me gusta lo que hago. Pero para compartir eso con alguien tiene que sumar. Siempre voy a creer en el amor porque me gustan las historias de amor, cómo se construyen. Pero no me definen.
-Tuviste novios no famosos. ¿Eso es más cómodo?
-No sé, tiene sus pro y contras. Porque también hay algo de más entendimiento cuando uno habita el mismo ambiente. A lo mejor hay menos roces con ciertos temas. Pero depende de la persona. Es difícil generalizar por profesión. O tribus. Lo importante es estar abierta al amor.
-Contabas sobre tu personaje en Envidiosa, una madre supuestamente mala madre. A vos te interesó especialmente contar esa historia.
-Sí. Fue una propuesta de la guionista, Carolina Aguirre. Quería que el espectador juzgue a esa madre, pero que después entienda por qué hace lo que hace. Tiene que ver con cómo medimos a las buenas o malas madres. Eso de que a simple vista alguien puede parecer de determinada manera, pero detrás hay otra historia. Esa madre de la serie crio a su hijo con sus equivocaciones, pero era presente a su manera. Lo deja con la vecina, porque ella está trabajando.
-Tiene que ver con la vara con la que se juzga a las madres.
-Claro, que es absolutamente distinta. Me gustó poder mostrar otras maternidades y empezar a bajar el dedito juzgón. Ponerse en el lugar del otro, que a lo mejor necesita una mano en lugar de una crítica.
-¿Vos sentiste muchos de esos dedos?
-No, la verdad es que no me fijo mucho en eso.
-¿Es cierto que sos una de las pocas en el medio que no le teme a las harinas?
-Lo deben decir porque me gusta coquetear con la cocina, especialmente con las cosas dulces. Me encanta hacerme mis tortas, el olorcito cuando preparo algún budín. Entiendo que no hay que abusar. Y a pesar de tener una buena genética, hay una edad en la que conviene cuidarse. Pero no soy talibana de eso, hago mis galletitas y soy feliz. En casa no hay obsesiones. ni yo ni mi hija, que el otro día me dijo sorprendida: “Mamá, ¿viste que en otras casas hay balanzas?" Y no. Jamás compraré una.
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